Cristo San Fco Murillo

Yo me sé sostenida y este sostén me da calma y seguridad. Ciertamente no es la confianza segura de sí mismo del hombre que, con su propia fuerza, se mantiene de pie sobre el suelo firme, sino la seguridad suave y alegre del niño que reposa sobre un brazo fuerte, es decir, una seguridad que, vista objetivamente, no es menos razonable”.

Edith Stein. De Ser finito y ser eterno.

Seguridad, ésta es una palabra importantísima para el mundo de hoy. Nos sentimos amenazados por mil y una realidades, pero también por numerosos fantasmas que sirven a intereses poderosos. Una sociedad bajo amenaza es siempre susceptible de vender su libertad a cambio de “seguridad”. Pero ¿qué seguridad nos venden?

En medio de esta complejidad, encontramos demasiadas veces personas que se sienten incapaces de sostenerse sobre sus propios pies: mantener sus convicciones, apostar por algo en la vida, emprender nuevos retos, descubrir otros horizontes… en resumen, vivir convencidos de que pueden mantenerse en pie en medio de los cambios, la inseguridad y las incertidumbres de la vida.

Entre una sociedad blindada y unas personas frágiles, parece que no se puede encontrar una salida. Edith Stein, con su peculiar sensibilidad ante lo oscuro de nuestra humanidad, nos ayuda a volver la mirada hacia la fuente de la Vida. Hay muchas ofertas: para nuestras necesidades, para nuestros deseos; ofertas de sentido y de amor, de metas y de proyectos. La que nos ofrece Edith está más allá de nuestras manos y se encuentra en las manos de Otro que nos sale al encuentro desde el interior de nuestra propia debilidad.

Edith Stein

Edith Stein (+ 1942)

Edith Stein no fue una mujer falta de recursos. Su capacidad personal podía hacerla especialmente vulnerable ante esa seducción de la seguridad de lo humano en sí mismo. Sin embargo, su mayor riqueza está en la hondura de su experiencia del Espíritu. Desde ella, su voz nos devuelve con serenidad a la verdad reconciliada de nuestra propia fragilidad. Somos frágiles y en esa nuestra debilidad podemos hallar también la realidad luminosa de Dios.

Libres de la autoafirmación destructiva y opresora con los demás, la experiencia del Espíritu nos ayuda a descubrir que el Amor trinitario nos envuelve y sostiene. No controla la vida, no somete la realidad, ni siquiera nos pone al amparo de las tormentas y oscuridades que acompañan la historia. Por el contrario, nos invita con Jesús a entrar en ellas con todas las consecuencias, a no evitar el camino de la Pascua ni los trabajos por el Reino de Dios en la tierra. Y en el fondo de esa experiencia, la de vivirnos frágiles en  medio de la inseguridad, Dios se  nos acerca como el Amor insondable que sostiene nuestro ser.

Somos eternamente amados por Él. ¿Podemos encontrar mayor seguridad? ¿Qué importan las vicisitudes del camino y las amenazas reales contra los seguidores de Cristo? La última palabra sobre nuestra vida la tiene el Amor de la Trinidad: del Padre que nos sostiene, del Hijo a quienes estamos unidos porque Él es carne de nuestra carne, del Espíritu que nos habita con el amor de los Tres. Ese es el brazo fuerte, la seguridad de  nuestra vida capaz de superar nuestros miedos reales y fantasmas, de lanzarnos por los caminos de la tierra tras las huellas de Jesús sin temor a nada porque siempre, en todo momento, pase lo que pase, “nos sabemos sostenidos y ese sostén nos da calma y seguridad”.