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Más vale estar cargado junto al fuerte que aliviado junto al flaco. Cuando estás cargado estás junto a Dios, que es tu fortaleza, el cual está con los atribulados. Cuando estás aliviado estás junto a ti, que eres tu misma flaqueza; porque la virtud y fuerza del alma en los trabajos de paciencia crece y se confirma.

S. Juan de la Cruz, Dichos de Luz y Amor, 4

 

Extrañas palabras, las de Juan de la Cruz. Porque ¿acaso alguien puede preferir la tribulación al descanso? Y, paradójicamente, tribulación es fortaleza y descanso debilidad. Entonces ¿preferiremos ser débiles a ser fuertes? Estamos ante un dilema que desaparece en cuanto abrimos nuestra mirada al fondo de las cosas.

Ahí es donde nos hallamos frente a nuestra propia realidad y la verdad de nuestra opción por Cristo y el Evangelio. La pregunta se convierte en ¿qué es lo más importante? Quizá prefiera mi tranquilidad, que nadie ni nada perturben mi existencia, quizá buena, pero acomodada. Ahí preferimos nuestra propia flaqueza, lo más superficial de lo que somos, la periferia de la vida. Juan nos anima a elegir “meternos en líos”, complicarnos la vida, no huir del dolor y de la cruz que lleva el ser cristiano.

No se trata de “desear” el malestar. Se trata de querer quererle a Él por encima de todas las cosas, querer seguirle hasta el final, ese final que no es el calvario, sino la resurrección que nace de la pasión. La coherencia con el Evangelio resulta con frecuencia carga y tribulación. Pero lo importante en ese momento es la certeza de vivir acompañados y sostenidos por el único Fuerte, el Compasivo que se inclina tiernamente sobre el corazón apesadumbrado y dolorido. Junto a Él se hace llevadero el camino y en Él, la oscuridad no es retroceso, sino crecer y confirmar “la virtud y fuerza del alma”. Los “trabajos del Evangelio”, que nos diría Pablo, son “trabajos de paciencia”, de padecer y esperar en el Crucificado.