bendecido

“Cuando uno reconoce su pecado, Jesús puede actuar y perdonar. Desde que Jesús sufrió nuestra debilidad y murió para resucitar, el poder de Dios está oculto en el fondo de la debilidad humana como una semilla que germinará a través de la fe y del abandono. Mientras nos opongamos de mil maneras a nuestra debilidad, el poder de Dios no podrá obrar en nosotros.

Pablo era confrontado de manera aguda con su debilidad, hasta el punto que buscaba un refugio en la oración y suplicaba al Señor que le librase de ella. Jesús no cede sin embargo. No se le suprime la tentación a Pablo, porque le es mucho más provechoso permanecer en ella para que aprenda lo que el poder de Dios es capaz de hacer en el corazón de la debilidad. Ni la fuerza de Pablo, ni su victoria personal tienen importancia, únicamente su perseverancia en la tentación, y al mismo tiempo en la gracia. La gracia no viene a injertarse en nuestra fuerza o nuestra virtud, sino sólo en nuestra debilidad. Somos fuerte cuando nuestra debilidad se nos hace evidente. Es el lugar bendito en el que la gracia de Jesús puede sorprendernos e invadirnos.

Cuando se nos da a conocer nuestra debilidad, algunos huyen. Es preciso tener cierta experiencia del amor de Dios para atreverse a permanecer en la debilidad, y reconciliarse con el pecado.

La santidad no se encuentra en el extremo opuesto de la tentación, sino en el corazón mismo de la tentación. Escapar de la debilidad sería escapar del poder de Dios que sólo actúa en ella. Tenemos que aprender a permanecer en nuestra debilidad al mismo tiempo que entregados a la misericordia de Dios. Sólo en nuestra debilidad somos vulnerables al amor de Dios y a su poder. Permanecer en la tentación y en la debilidad es el único camino para entrar en contacto con la gracia y para convertirse en milagro de la misericordia de Dios”.

 

A MERCED DE SU GRACIA. ANDRÉ LOUF

a merced de su gracia andre louf¿Cómo conocer el camino que lleva a Dios? ¿Cómo tener la seguridad de ir hacia él sin ser víctima de ilusiones? ¿Qué criterios permiten apreciar en su justo valor una experiencia personal de oración?

El autor responde a estas preguntas partiendo de la experiencia de su propia vida contemplativa. A través de las páginas de este libro, describe y aclara cada uno de los caminos fundamentales de la búsqueda de Dios, a la luz del Evangelio y bajo la mirada de Cristo. El autor llega a una reconfortante conclusión: el hombre que ora está a merced de la gracia de Dios capaz de hacer de él una criatura nueva y posibilitarle el encuentro cara a cara con la divinidad.

andre loufDom André Louf es un monje cisterciense de estricta observancia que vive en un eremitorio, después de haber desempeñado el ministerio de abad durante treinta y cinco años en su comunidad de Notre-Dame de Mont-des-Cats, en Francia, guiándola en el seguimiento de Jesucristo desde los años del Concilio Vaticano II hasta los umbrales del tercer milenio. 

Un monje arraigado en la Escritura gracias a la práctica cotidiana de la lectio divina, amante de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos y de los místicos flamencos; un padre de monjes capaz de acompañar a los hermanos en la vida espiritual y en la búsqueda cotidiana de “un solo corazón y una sola alma” que caracterizaba la comunidad apostólica de Jerusalén. Un monje cenobita, pues, para el cual soledad y comunión están en constante dialéctica existencial: soledad ante a Dios y comunión fraterna, unificación interior y unidad comunitaria, reducción a la «simplicitas» de lo esencial y apertura a la pluralidad de las expresiones de la vivencia de la fe.

André Louf escribió por encargo de Juan Pablo II las meditaciones del Via Crucis del Viernes Santo de 2004.