En toda la Iglesia, con la solemnidad de Cristo Rey, concluimos el año litúrgico. Dentro de ocho días, iniciaremos un nuevo ciclo litúrgico, el tiempo de Adviento, cuyo objetivo es prepararnos a la Navidad.

A Jesucristo corresponde, por pleno derecho, el título y la prerrogativa de Rey. Es el dueño absoluto de todo y de todos. Por él fueron creadas todas las cosas, las visibles y las invisibles. Dios Padre puso en sus manos la creación, los seres animados y los inanimados. Nada escapa de su mano y estamos bajo su dominio. En él se encuentra la plenitud de la verdad y de la vida. Todo le pertenece. ¡En verdad, él es Rey!

Sin embargo, su reino no es como los reinados de este mundo, que con frecuencia se imponen a base del poderío económico, militar o político. El no viene a reinar con ejércitos, con armas, con dinero, con alianzas estratégicas. Su reino es de servicio, de entrega generosa y desinteresada al bienestar de la humanidad. Reina dando la vida por nosotros desde la cruz. Sin su sacrificio en la cruz, no se entiende su reino.

Cristo, que es dueño y señor de todas las cosas, que podría haber nacido entre lujos y esclavos, reina naciendo en un pesebre, a orillas de una pequeña población, lejos de Jerusalén y sus palacios, acompañado solo de María y José, más los animales del establo. Con esto, nos enseña que lo que nos hace valer en la vida no es tener todas las cosas materiales a nuestra disposición, sino las actitudes y los comportamientos que tengamos. La felicidad, nos dice, no depende de la abundancia de bienes que alguien posea, sino de su capacidad de servir y de hacer algo por los demás.

Cristo reina haciendo el bien a todos, con un amor preferente hacia los pobres. Por ellos, hace hasta milagros; es decir, pone su poder divino al servicio de los marginados. Su reinado es de amor; por eso, libera de sus males a los enfermos y multiplica los panes para los hambrientos; perdona los pecados y ordena al demonio salir de las personas; da órdenes a los elementos de la naturaleza y éstos le obedecen; defiende a las mujeres y a los niños; habla como quien tiene autoridad.

Cristo reina siendo dueño de sí mismo. No se deja atar por los instintos y vence las tentaciones del enemigo; supera los límites de la ley judía, cuando ésta impide hacer el bien a quien lo necesita; con libertad se enfrenta a fariseos, saduceos, sumos sacerdotes y autoridades civiles, cuando tiene que defender los derechos de Dios, la verdad y el amor al prójimo. Deja desconcertado al mismo Pilato, quien no puede menos que reconocer no haber encontrado en él culpa alguna.

Cristo reina desde la cruz. No acepta que las multitudes lo proclamen rey, porque eso se prestaría a confusión, ya que lo considerarían como un líder político o militar, que venía a liberar a los judíos de la opresión de los romanos. Desde la cruz, no hay duda de que su reino es de otro estilo. Su vida y su Evangelio cambiaron el rumbo de la historia, pero fue a partir de la cruz, que es “su hora”.

Jesús nos libera de muchas cadenas, pero no tiene un proyecto político o económico, que pretendiera imponer a judíos, romanos y al resto del mundo. Tampoco quiere reinar por medio de las armas, a pesar de que algunos de sus propios apóstoles con ellas lo querían defender. Reina asumiendo el dolor, la injusticia, la burla, la incomprensión y la muerte, sin resentimiento y sin odio; reina por medio del amor, perdonando y haciendo el bien incluso a sus enemigos.

Este es el cambio que trajo al mundo. Esta es su forma de transformar la sociedad. Esto es reinar, al estilo de Jesús. Este es el camino que deberíamos seguir, para triunfar en la vida. ¡Que Jesucristo sea nuestro Rey y centro de gravitación de todos los corazones!

Mons. Felipe Aguirre

 

Evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»