El perfil más preocupante del hombre de hoy es el déficit de esperanza. Algunos ven el mundo como “un inmenso cementerio de esperanzas” y dudan que el futuro traiga nada bueno.

Las noches que caen sobre la humanidad impiden ver lo nuevo que está brotando y hacen que muchos añoren y se agarren a lo viejo o se evadan atraídos por una futurología que deja prisionera la esperanza. Pero a la noche le sale al paso la esperanza.  

Ahí estamos los orantes, en tensión, con una historia de esperanza en el corazón, aunque a menudo sea muy humilde y se esconda en lo cotidiano de la vida. 

Ahí estamos, enormemente sorprendidos de que Dios nos ofrezca participar de su misma vida y de que, para ello, quiera soltar los manantiales retenidos en nuestro corazón. 

Ahí estamos, percibiendo cómo el Espíritu nos propone la cultura de la verdad, del bien y de la belleza, fuentes inagotables de alegría verdadera; escuchando en toda circunstancia el final anticipado de la historia: “Mirad que hago todo nuevo” (Ap 21,5). 

Ahí estamos, sabedores de que “el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (GS 31). 

 Dios, prometiéndose, despierta nuestra esperanza, abre nuestras vidas, rompe nuestros límites. “Aquello que me diste el otro día” nos atrae con fuerza y nos pone en camino.

La esperanza nos hace pobres, nos desviste de riquezas que ocupan nuestro corazón; nos adentra en la novedad. “Claro está que este caminante no podría venir a nuevas tierras, ni saber más de lo que sabía antes, si no fuera por caminos nuevos nunca sabidos, y dejados los que sabía” (San Juan de la Cruz).

Todo el camino es ruptura de un presente siempre insatisfactorio, por insuficiente, “me dejaste con gemido”, y tensión hacia un futuro, con sabor a verdad y belleza, que se quiere “ya”. Somos seres en esperanza.

Nosotros gemimos en nuestro interior. El Espíritu nos enseña a formular nuestra esperanza: que se manifieste en plenitud lo que es ser hijos de Dios (cf Rom 8,23). En un mundo confuso, donde no siempre vemos claro lo que conduce al reino de Dios, vivir la esperanza se parece a un parto difícil. En muchos momentos sólo tenemos a nuestro favor la fidelidad de Dios.

La esperanza nos hace escuchar y acoger los gemidos de todos los tiempos, la historia dolorosa de la humanidad, la esperanza de los sin esperanza, para saltar con ellos toda barrera; de este modo, el gesto esperanzado recorre todos los vericuetos de lo humano. Tanto el dolor, como la felicidad, los momentos de plenitud, como los de hundimiento y fracaso, pueden contener gérmenes de esperanza.  

 

Nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo. La esperanza es el estilo de vida de los que se enfrentan a la realidad “enraizados y edificados” en Jesucristo (cf Col 2,6). Mío es todo, “porque Cristo es mío y todo para mí… No te pongas en menos ni repares en migajas, sal fuera y gloríate en tu gloria” (San Juan de la Cruz).

Jesucristo es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y, también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad. Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, y la verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano” (Pablo VI).

“El Señor es nuestra esperanza” (Col 1,27). “Es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad… Nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia… Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida” (Juan Pablo II).  

 

La esperanza no tiene nada que ver con la pasividad, ni con una cómoda resignación; por el contrario infunde en nosotros un dinamismo impresionante por alcanzar lo que la fe nos propone.

Además, la esperanza no es únicamente una cuestión de mirada, de ojos nuevos, sino también de manos nuevas y trabajo adecuado y eficaz: “La esperanza ha de escuchar con sentido casi musical el movimiento de la realidad y preguntar en qué dirección hay que trocar la melodía” (E. Bloch). “La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación por perfeccionar esta tierra” (GS 39).

La esperanza nos afirma incluso allí donde ronda el fracaso y las tendencias de los futurólogos sólo pronostican el derrumbe. Porque su posibilidad no radica en las experiencias óptimas de los triunfadores, sino en la promesa del Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Cuando somos creativos se asoma la esperanza a nuestro mundo; cuando confiamos en el ser humano a pesar de todos los fracasos y decepciones; cuando defendemos la dignidad de todo ser humano, llamado a la igualdad de amor con Dios; cuando frente al individualismo, ofrecemos solidaridad, y frente a insensibilidad, misericordia. 

Yo creo en las sorpresas del Espíritu Santo. ¿Quién se atrevería a decir que la imaginación y el amor de Dios se han agotado? Soy un hombre de esperanza, porque creo que el Espíritu Santo es siempre Espíritu Creador. Cada mañana da, al que lo sabe acoger, una libertad fresca y una nueva provisión de gozo y confianza” (Suenens).