El presente es gracia y llamada, por tanto, también ocasión de encuentro y posibilidad de respuesta. Entre nuestro pasado, siempre imperfecto, y el futuro de Dios, siempre absoluto, el hoy queda como puente y camino de la salvación. Y si Dios nos sale al paso ahora, ahora es mi oportunidad de responder. Cada instante, aun el más olvidado y anodino, puede ser tiempo lleno de vida, de amor, de Dios. De su particular vivencia del presente nace, en San Juan de la Cruz, uno de sus profundos Dichos de luz y amor (32):

“El que la ocasión pierde es como el que soltó el ave de la mano,  que no la volverá a cobrar”.

Esta certeza, el hoy como momento de gracia, lleva un modo muy concreto de vivir. No hay que esperar grandes oportunidades ni acontecimientos extraordinarios. La historia de amor con el Señor se labra en el hoy, sea éste como sea. Aquí se juega nuestra vida. Se trata de algo tan simple como el  acoger el presente como regalo y hacerlo con los ojos y el corazón abiertos, atentos a cada rostro, cada palabra, cada realidad que nos sale al paso: podemos descubrir ahí el paso y la invitación del Señor. Es un vivir reconciliado que sabe su pasado en manos de la misericordia y su mañana en manos de la promesa. Misericordia y promesa que el Padre nos hace hoy en su Hijo. Es un hoy liberado de sus angustias, pero henchido de posibilidades porque es parte de la historia de salvación. Hoy es tiempo de gracia, hoy llega la salvación.