“¿Qué otra cosa nos enseñó Jesús sino esta humildad? En esta humildad nos podemos acercar a Dios” (San Agustín).

Contemplando la escena del bautismo del Señor, podemos hablar con propiedad de la humildad de Dios pues,”si humildad significa bajar desde sí mismo por amor, Dios es humildad porque, desde la posición en que se encuentra, Dios no puede hacer otra cosa más que bajar; por encima de Él no hay nada; por tanto Él no puede subir, enaltecerse. Cuando hace algo fuera de sí mismo, Dios no puede sino abajarse, humillarse…La historia de la Salvación no es sino la historia de las sucesivas humillaciones de Dios…Dios es humildad” (P. R. Cantalamesa).

Este es el verdadero motivo por el que debemos ser humildes. Debemos ser humildes para ser hijos del Padre Dios, para aprender de Él. Pero debemos tener claro qué significa la humildad. Ante todo lo que no significa la humildad.

No es humildad tener un bajo concepto de sí mismo. La humildad no prohíbe tener conciencia de los talentos recibidos, ni disfrutarlos con corazón recto. Dice Santa Teresa: “No hagan caso de esas humildades, que les parece humildad no aceptar que el Señor les va dando dones. Entendamos bien que nos los da Dios sin ningún merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su Majestad; porque si no conocemos que recibimos, no despertamos al amor”. 

Y tampoco consiste en las apariencias externas que pueden manifestarse mediante palabras, gestos, formas de decir, o mediante una actitud servil que intentan causar la falsa sensación de persona humilde ante quien está viendo u oyendo.

La verdadera humildad va por otro camino. Es la virtud que modera los deseos desordenados de la propia excelencia, humildad es tener un conocimiento de sí mismo, verdadero ante Dios y ante los hombres. Así lo define Santa Teresa: “Humildad es andar en la verdad”.

En definitiva, Jesús es el prototipo de la humildad. En Él se manifiesta de modo absoluto la humildad de Dios y la humildad del hombre. San Pablo, para hablarnos de la humildad de Jesús usa un término técnico al afirmar que Cristo se ha “anonadado“.

“Jesús es el hombre bueno por excelencia y por esto ha descendido también al nivel más bajo de la escala humana: se ha hecho niño, se ha hecho pobre, se ha hecho paciente, se ha hecho víctima, para que ninguno de los hombres, sus hermanos, pudiese considerarse superior y lejano, se ha puesto a los pies de todos” (Pablo VI).

Cristo con sus enseñanzas y su ejemplo se mostró el ideal perfecto de la humildad. Por el humilde descenso de Cristo “los cielos se abren; se rompe la barrera que nos separa de la bienaventurada intimidad de Dios en el cielo” (R. Guardini). El hombre caído en el exilio, imposibilitado de llegar a Dios, había arrastrado con él al mundo “sometido a la vanidad”. Por Cristo desaparece todo obstáculo y tiene lugar el inconmensurable encuentro con Dios y “la plenitud del Padre se ofrece al corazón humano de Jesús”  y por Él a todos los hombres.

Jesús, por el bautismo nos abre las puertas del cielo y así Dios mismo se determina a ser el Tú del hombre, así deja de vivir en el exilio para ser ciudadano del cielo. La Iglesia, con fidelidad continúa haciendo presente la teofanía del bautismo y por este sacramento sigue renovando a la humanidad, renovación como dice Pablo “por el Espíritu Santo, derramado copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo”. La vida de la Iglesia ha de ser una manifestación consoladora de la  presencia de Dios entre los hombres.

 

Evangelio según san Lucas (3,15-16.21-22):

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»