Espero que no queden en un recuerdo apagado las fiestas de la Navidad, la fiesta de la Sagrada Familia, el Año Nuevo, Epifanía y Bautismo de Jesús, porque significaría que no nos dejaron huella y el dueño de la tierra, el viento, pudo más.

Pero no, eso no puede suceder así, sólo guardamos los signos que nos recuerdan lo esencial: las figuras del Nacimiento, las luces y adornos navideños…, pero nos quedamos con la esperanza, la vida que nos ofrece el Señor, la alegría del corazón y los impulsos a la caridad… Nos quedamos con el amor de Dios.

Lo admirable es que caminamos, que la vida sigue, con la oferta de gracia del mismo Dios. Nos ha tocado un tiempo privilegiado y fuerte para disfrutar de la fidelidad de Dios y para perseverar.

En esta nueva etapa, el fiel cristiano dispone de un tiempo sosegado y podrá profundizar en Cristo, a lo largo de todo el año, reposando la Palabra de Dios, interiorizándola y revisando sus respuestas, actualizando su vida y acomodándola al misterio del amor de Dios, porque en lo ordinario es donde acontece lo extraordinario.

El evangelista san Juan nos presenta este domingo un acontecimiento de la vida ordinaria, una boda, a la que asisten María, Jesús y sus discípulos. El relato tiene una carga teológica inmensa, aunque esté descrito de una forma sencilla, modesta y discreta, casi de pasada.

Parece que todo está centrado en la falta de vino, pero no es éste el centro de la atención. Tampoco hay que quedarse en los diálogos cortos entre Jesús y su Madre, o entre el mayordomo y el novio, aunque tienen su importancia.

A propósito de éstos, observamos el papel de la Virgen, que no parece dudar que su Hijo va a intervenir, aunque le haya dicho que no ha llegado su hora. Ella sabe que lo hará, aunque ignore de qué forma va a hacerlo. Muestra confianza en la soberanía de Jesús.

Fijen su atención en el final del texto del evangelio de este domingo, que ofrece la clave para la reflexión: En Caná, Jesús comenzó sus signos y manifestó su gloria. En Caná se realiza la revelación de la persona de Jesús.

Lo que brilla a través del milagro de la conversión del agua en vino, es su gloria, y en lo que se insiste es en la fe de sus discípulos en Él: todo lo demás pasa rápido. A san Juan le interesa destacar que la fe de los discípulos creció y que seguir a Jesús es un proceso que termina en la fe.

Dejen que cale hondo la Palabra y confíen; podrán comprobar, como Natanael, que, si te fías, se cumplirá la promesa: «¿Es porque te dije que te vi debajo de la higuera por lo que crees? Pues cosas mayores verás» (Jn 1, 50).

 Mons. José Manuel Lorca

 

 

Evangelio según san Juan (2,1-11):

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: «No les queda vino.» Jesús le contestó: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.»Su madre dijo a los sirvientes: «Haced lo que él diga.»

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les mandó: «Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.» Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.»

Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él.

II Domingo del Tiempo Ordinario