Nos construimos una imagen de Dios. Pero si Dios se nos presenta distinto a nuestra imagen, no lo conocemos ni lo acogemos.

 Buscamos a Dios por fuera, pero Él está presente en nuestra vida. Lo creemos a Dios lejano, pero resulta que está muy cerca, que pasa a nuestro lado. Nos lo imaginamos por las nubes, pero nos cruzamos con Él por las calles. Estamos siempre aguardando un milagro, algo extraordinario, pero Él se nos revela con un sencillo rostro de hombre.

Cuántas veces nos tropezamos con Cristo sin darnos cuenta. No lo reconocemos. Tiene una cara demasiada conocida: la cara del pobre, del compañero de trabajo, el marido, la esposa, el enfermo, del que sufre…

Y nosotros que conocemos esas caras, no sabemos reconocer a Cristo en ellas. ¡Una nueva desilusión para el Señor! Una vez más que no ha sido reconocido. Una vez más que ha venido a llamar a la puerta de su casa, pero los suyos no lo han recibido.

Tomemos en serio la invitación que el Señor nos hace hoy: verlo a Él, reconocerlo a Él en cada hermano, sobre todo en los más sencillos, los más humildes, los más cercanos. Pidámosle al Señor que nos regale esta gracia que es el distintivo del verdadero cristiano.

 

Evangelio según san Lucas (4,21-30):

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»
Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel habla muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.