“La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2,16).  

En busca de la interioridad, donde la vida se unifica y se hace fuerte. Como los nudos de la caña de bambú que la hacen fuerte para afrontar los vendavales y las tormentas.  Este camino se ha de andar con libertad y alegría, acallando todo runrún que dificulte la siembra. Algunas actitudes para el camino de Cuaresma:  

 

Estar abiertos

La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?” (Cardenal Ratzinger, 2000).

Está abierto el nómada, que se compromete, entrega su vida, parte su pan en una eucaristía. Está cerrado el sedentario, que guarda su vida, la defiende, la aísla de los demás.

Tener la confianza de un niño

Para toda crisis, para toda situación difícil, hay salida. Pactar con la fragilidad es falta de fe, porque se absolutiza la debilidad. Cuando solo Dios es Dios, no hay nada irremediable. Podemos ser roca áspera, cerrados a todo, pero podemos ser arena suave, obediente al aire del Espíritu; entonces confiamos.

Dios está abierto a nosotros; la Cuaresma es un camino abierto hacia la alegría de la Pascua. Por lo tanto, “no te pongas en menos” (San Juan de la Cruz), no pienses mal de ti ni de los demás, no des por terminada la esperanza. 

Querer saber quiénes somos y quiénes son los demás, encontrar quien nos entienda

No saberlo es la primera razón por la que sufrimos. Esto requiere prestarnos atención, acercarnos con delicadeza a nosotros mismos, escuchar las preguntas que llevamos dentro, dar con lo más vital…

A estas tareas nos invita el Espíritu cuando nos dice: “Te llevaré al desierto… y te hablaré al corazón”. Los vientos de la gracia están siempre soplando; somos nosotros los que tenemos que izar nuestras velas.

Hacer un camino solidario

Este camino hacia el desierto es un camino personal, pero a la vez está abierto a la Iglesia y a la humanidad. Hoy, la conciencia eclesial es conciencia de humanidad. “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (G S 1).

Nuestra vida puede ser el lugar de la compasión y de la esperanza; sin ellas, ¿qué son nuestros caminos?. Ante las grandes cuestiones del mundo, de la humanidad de hoy, no somos neutrales ni ausentes. “Mías son las gentes… porque Cristo es mío y todo para mí” (Juan de la Cruz).  

Dejarnos ayudar por las preguntas, que puedan romper la corteza y ayudarnos a penetrar en los adentros.

En concreto, por dos preguntas que tienen lugar en los inicios: comienzo del libro del Génesis y primeros pasos del evangelio de Juan.

“Oyeron los pasos del Señor que se paseaba por el jardín al fresco de la tarde y el hombre y su mujer se escondieron de su vista entre los árboles del huerto. Pero el Señor Dios llamó al hombre diciéndole: ¿Dónde estás?” (Gn 3,8-9). Jesús pregunta a los primeros discípulos: “¿Qué buscáis? (Jn 1,38).

Como el niño que jugaba al escondite y se escondió tan bien que su amigo se cansó de buscarlo, así le pasa a Dios, que se ha escondido en nuestro corazón y a veces nos cansamos de buscarle y miramos para otra parte.  

Dejarnos ayudar por iconos de nuestros días

Un icono: los miles de peregrinos, en largas caminatas de silencio y soledad, de desierto, buscándose en el Camino de Santiago. Otro icono: la Iglesia, entrando decidida en el tiempo de cuaresma como un tiempo de verdad y de gracia.

¿Nos quedaremos nosotros al margen de ese movimiento del Espíritu? ¿Nos quedaremos atascados con el sofisma de las razones? “Huya mil leguas de razón tuve, hiciéronme sin razón, no hubo razón quien esto hizo” (Camino de Perfección 13,1).  

Contar con una presencia alentadora para toda la travesía, la de Jesús

El, con la conciencia de vivir siempre dentro del misterio de su Abbá, promete: “Me voy a prepararos un lugar” (Jn 14,2).

Jesús va al desierto para rumiar asombrado el amor que el Padre le ha comunicado y para abrir caminos de vida para todos. Como a la esposa de los Cantares, “después que me miró, el alma se me ha salido en su seguimiento” (Cant 5,6), también a nosotros una mirada suya nos ha puesto en camino.