“Que no sabemos lo que nos pasa. Eso es lo que nos pasa” (Ortega y Gasset)

En esta época de cambio o cambio de época necesitamos entendernos, lo que requiere una forma de vivir más abierta y reflexiva, y encontrar quien nos dé luz para entendernos y nos enseñe el arte de vivir y a manejarnos bien en las situaciones que nos toca vivir aquí y ahora. Pensar que nos entendemos sin entender a los demás, es desatino, porque nos pertenecemos los unos a los otros.

La cultura que nos rodea, centrada fuertemente sobre el sujeto, ha contribuido a difundir el valor y la dignidad de la persona humana; esto es un gran avance. Pero cuando la libertad se hace arbitraria y la autonomía de la persona se entiende como independencia de los demás hermanos, entonces nos encontramos ante formas de idolatría, que no solo no nos dan libertad sino que nos esclavizan.

“No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto. Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios” (Sal 80). 

De la conciencia de la dignidad de la persona no podemos pasar a la cultura del “cada uno a lo suyo” si prestar atención a los demás.

Muchos tenemos conciencia de haber perdido muchos puntos de seguridad que teníamos en un pasado cercano. Nos sucede como al pueblo de Israel, en su desconcierto al haber perdido el rey, la tierra y el templo. Se ha abierto paso la búsqueda, la incertidumbre, la pluriformidad, el desconcierto, la pérdida de sentido…

“Tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país” (Jr 14,18).

Pero este tiempo, también éste, puede ser el tiempo para vivir una profunda experiencia teologal, que nos lleve a vivir y decir: “Sólo Tú. Solo Dios. Solo El es mi seguridad y mi alegría”. Centrar la mirada en Cristo y vivir en su obsequio, puede darnos la experiencia de perdidos a encontrados.

La crisis, en la escritura ideográfica china, se dice con dos signos: uno significa peligro y otro, posibilidad. Esta situación que nos toca vivir, rumiada cada día, nos puede llevar a la desilusión, a afrontar las cosas desde el lamento. Pero es también la nuestra una oportunidad para ahondar hasta profundidades insospechadas de la Palabra y llegar a ser una fortaleza inexpugnable. Nos habita una bienaventuranza, que puede hacernos vibrar:

¡Dichosos vosotros porque “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21); nos espera un nombre nuevo.  

De estorbo de los otros, al gozo de descubrirlos como aliados en el camino. Para aprender a vivir nos necesitamos los unos a los otros. La santidad y la misión pasan por la comunidad, por los hermanos. La fraternidad es determinante para el futuro de nuestra vida. La escucha significa dar espacio al hermano, acoger la gracia que lleva dentro. Quien no sabe escuchar al hermano, no sabe escuchar a Dios. El orgullo y la soberbia se disipan cuando pedimos humildemente a los hermanos:

“Ayudadme a caminar en la verdad”.