¿Qué hacer entonces? Salir… ponernos en éxodo (el Éxodo es el libro que la Iglesia nos propone leer en la Cuaresma), adentrarnos en nuevos caminos, no sabidos ni experimentados, recorrer geografías inexploradas.

El éxodo hacia nuestros centros vitales, hacia la propia vocación, hacia una profunda espiritualidad, nos capacitará para afrontar los nuevos confines y fronteras. Esto no es fácil, pero es necesario, si queremos vivir. Si no lo hacemos, no solo se desmoronarán las obras que antaño levantamos, sino que se desmoronará nuestra propia vida personal y comunitaria y crecerá el malestar en la convivencia de unos con otros.

El éxodo al desierto puede ser ocasión de retomar el camino con esperanza. Dedicar un día a hacerlo más consciente no es pérdida de tiempo, es un momento vocacional. La vocación auténtica es más necesaria que nunca: aquella vocación que ha escuchado y respondido y, por tanto, está dispuesta a caminar, en todos los sentidos, en medio de la noche.    

El desierto es tiempo de prueba. La infidelidad y la idolatría, el egoísmo y la desesperanza, la crítica y la rebeldía, la pérdida de horizonte y la nostalgia del ayer son tentaciones que se imponen al ánimo. En el desierto probamos el tramo desesperanzado, la duda, la oscuridad más recia, con riesgo de infidelidad. Con frecuencia, la prueba más dura en el desierto es la experiencia del propio límite, de la fragilidad y falta de fuerzas para continuar el camino.

Pero también: “En el desierto saciará tu hambre, harás fuertes tus huesos, serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña; reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre cimientos de antaño; te llamarán reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas” (Is 58,11-12).    

En el desierto surgen las preguntas fuertes: ¿Por qué si Tú eres la fuente de aguas vivas, “te me has vuelto ahora un espejismo, aguas no verdaderas?” (Jr 15,18) Si Tú, Señor, te me has manifestado con abundantes dones en lo más duro del camino, ¿por qué ahora mi imaginación solo traza hipótesis negativas? ¿Por qué si el desierto es el tiempo para estar a solas contigo, mi Dios, me dan ahora ganas de huir, de escapar lejos de tu mirada? (cf Sal 138,7). ¿Por qué se impone en mí el pensamiento escéptico y negativo aun sabiendo que Tú, Señor, eres un futuro fecundo 

El Espíritu acompaña. El orden no es: desierto-tentación-Espíritu, sino: Espíritu-desierto-tentación. Solo desde la obediencia al Espíritu Santo es posible la travesía del desierto sin perecer. Los propósitos inventados tienen un final amargo, decepcionante, que conduce al escepticismo.

¡Qué difícil es vivir y pasar las jornadas por empeño, por disciplina, para no deteriorar la propia imagen, por coincidencia con el papel que se debe asumir! ¡Qué distinto es sentirse relacionado, querido, estimulado por un tú amigo! ¿Merece la pena empezar sin haber descubierto la sed?

De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente solo la sed nos alumbra” (San Juan de la Cruz).