Ahora vemos los frutos de este tiempo de Cuaresma: comienzan a tomar color todos los sacrificios, ayunos y limosnas que has elegido como medio de purificar la vida y las intenciones.

No habéis perdido el tiempo dándole primacía al silencio fecundo y a la vida interior. Está dando resultado la conversión cotidiana, como respuesta a la llamada de Jesús, a nuestra identidad, a contemplar aquello que somos y a trabajar en lo que debemos llegar a ser.

Es posible que alguno necesite oír que Dios le acompaña, que no está solo en esta aventura, que está cerca, para estar seguro. Pues abrid bien los oídos, que eso mismo escucharéis en el Evangelio de este domingo.

El texto tiene dos diálogos muy definidos y fáciles de identificar: el primero es el diálogo con la ley, al menos es lo que representan los fariseos y escribas, que andaban presentándole casos a Jesús, para tratar de cazarle y poder acusarle de ser mal observante de lo prescrito. Con este modo de pensar se les escapa la sensibilidad humana; no parece que les importe la persona, sino si cumple o no la ley.

Es curiosa la reacción del Señor: se desentiende de ese planteamiento; pero, como insisten, Él reacciona y les aplica su mismo argumento, les pone el espejo delante de sus ojos y, naturalmente, no pueden resistirlo, hasta que se fueron escabullendo uno a uno, comenzando por los más viejos, dice el evangelista.

El segundo diálogo es más dulce y esperanzador, los protagonistas son: Jesús y la pecadora, es el diálogo de la misericordia. Ha sido Jesús quien lleva la iniciativa, se ha puesto en pie, muestra interés por la persona, y le hacer ver que ya nadie la acusa.

El momento siguiente es precioso, para guardarlo en lo más hondo del ser: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». El Señor es misericordioso y le abre las puertas de la salvación.

La mirada que Jesús deja sobre la mujer pecadora, y sobre cada uno de nosotros, es una mirada de compasión y de misericordia. Jesús no abruma, no condena, ni humilla; le pide la conversión, empezar de nuevo a descubrir un amor mayor. Es una mirada que rehabilita, que reconcilia.

Véte en paz es como concluye estas situaciones de perdón, cosa que no nos extraña, porque este llamamiento a la paz lo encontramos a todo lo largo del evangelio. Jesús desea que vivamos siempre en paz con Dios, con nuestros semejantes, con nosotros mismos. Abrid vuestro corazón cada día al Señor misericordioso, sin oponer resistencia, y creceréis en santidad y gracia.

Mons. José Manuel Lorca Planes 

 

Evangelio según san Juan (8,1-11):

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»