Cristo sufre más que nosotros por la humillación de sus sacerdotes y por la aflicción de su Iglesia; si la permite, es porque conoce el bien que puede brotar de ella, de cara a una mayor pureza de su Iglesia.

¡Si hay humildad, la Iglesia saldrá más resplandeciente que nunca de esta guerra! El encarnizamiento de los medios de comunicación – lo vemos también en otros casos – a la larga obtiene el efecto contrario al deseado por ellos.

La invitación de Cristo: “Venid a mi, vosotros todos que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”, estaba dirigido, en primer lugar, a quienes tenía alrededor suyo y hoy a sus sacerdotes.

“Venid a mi y encontraréis descanso”: el fruto más bello de este Año Sacerdotal será una vuelta a Cristo, una renovación de nuestra amistad con él. En su amor, el sacerdote encontrará todo aquello de lo que humanamente se ha privado, y “cien veces más”, según su promesa.

¡Fidelidad! El Santo Padre ha puesto esta palabra como título y programa del año sacerdotal: “Fidelidad de Cristo y fidelidad del sacerdote”.

La palabra fidelidad tiene dos significados fundamentales. El primero es el de la constancia y la perseverancia; el segundo, es el de la lealtad, el respeto a las normas, lo opuesto a la fidelidad, el engaño y la traición.

A esta fidelidad se opone la traición de la confianza de Cristo y de la Iglesia, la doble vida, el descuido de los deberes del propio estado, sobre todo en lo que respecta al celibato y la castidad.

Sabemos por dolorosa experiencia cuánto daño puede venir a la Iglesia y a las almas por este tipo de infidelidad. Es la prueba quizás más dura que la Iglesia está atravesando en este momento.

Lo que es necesario en este momento es un salto de esperanza.

Rainiero Cantalamessa