Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (Jn 19,40-42). 

Tras la muerte la vida se detiene.

Todo queda en silencio, a la espera de la última palabra. ¿Sabré callar en este día santo?

¿Sabré acallar el ruido impetuoso de mis culpas que se me han echado impidiéndome la huida?

¿Sabré acallar mis palabras fáciles y falsas, que tantas veces han cubierto de apariencia mis caminos?

¿Sabré acallar mis pensamientos, que entretienen mi vida en las afueras?

¿Sabré acallar mi amor, para que crezca, libre, en los adentros?

¿Sabré acallar mis triunfos, con los que he presumido, con orgullo, en las alturas?

¿Sabré acallar mis dudas, mis besos traicioneros?

¿Sabré acallar todos mis cuidados, dejándolos entre las azucenas olvidados?

 

Un grupo de mujeres se ponen en camino hacia la vida. La muerte no tiene la última palabra. El corazón enamorado les hace barruntar lo que no ven. Parecen locas, pero son pioneras de la vida.

En el silencio les ha crecido el amor, ¡el callado amor! El callado amor, que vela por no poder olvidar al Amado. El callado amor, que grita, el que más, contra la muerte. El callado amor, que es el más solidario con las víctimas.

 

Ya se oyen las palabras del Amado, incapaz el sepulcro de esconderlas. Mi Amado mete la mano en la hendidura y hace que se estremezcan mis entrañas.

“Levántate, amada mía, esposa mía. Ven a mí”. Que la alegría rompa tu silencio en Aleluyas.