Tras ocho días continuados de vivencia única de la Pascua del Señor Resucitado, empezamos el camino de los domingos pascuales. Es evidente, según los Evangelios, que ninguno de los apóstoles de Jesús esperaba la resurrección.

Todas sus apariciones después de resucitado reflejan la incredulidad y asombro en discípulos y cercanos, para nada predispuestos psicológicamente en admitir algo tan sorprendente como único.

El ejemplo del apóstol Tomás no es el único y seguramente refleja la actitud de muchos otros. Hubo más de un Tomás entre los apóstoles y en las primitivas comunidades cristianas, como los hay también en nuestros días.

Quién de nosotros no han sentido o siente este peso de las dudas, a pesar de tener fe. Quién no desearía que esto de la Resurrección fuera algo más tangible, más demostrable, más razonable. Quién no ha querido meter el dedo en la llaga de Cristo y la mano en el costado para convencerse de que está vivo.  

Pero he ahí lo esencial de la fe: no ver para creer, sino creer para ver. No cree el que ve, sino que ve el que cree. Hay que dar el salto de la confianza. La fe es fiarse de Alguien, sabiendo bien de quién nos hemos fiado. Porque la fe no es tener certeza de todo, sino caminar en la confianza de que hay luz, aunque parezca a veces que vamos a ciegas.

Esta es la verdadera fe cristiana. No la fe de sólo los ritos, de los dogmas, de las leyes morales. La experiencia fundamental de la fe es esta confianza en Jesús, este encuentro salvador y transformador que cambia nuestra vida, nuestra escala de valores, nuestra mirada hacia el mundo.

Necesitamos hoy más que nunca testigos del Resucitado, no expertos en resurrección. La gente ya no cree a los maestros, sino a los testigos. Sólo creen a los que han “visto” la experiencia y la contagian en la alegría y el amor.

Revistámonos de esta luz del Resucitado presente en nuestras vidas, llenémonos de su Alegría, de su Paz. Fortalezcamos la fe titubeante y dejémosla insuflarse del fuego de su Presencia. Y nuestra vida hablará por si misma, porque no podremos callar esta maravillosa Noticia: Dios vive, Dios nos llama a la felicidad, Dios es fuente de alegría, en Dios venceremos a la muerte, la vida es Vida para siempre, el amor perdura en la eternidad.

Todo lo que hacemos y vivimos tiene sentido desde esta fe y desde este amor. Digámosle cada día el Señor Resucitado: “Creo, Señor, pero aumenta mi pobre y débil fe”

¡Feliz Pascua! Que tu vida irradie en las pequeñas cosas la Paz y la Alegría de Cristo, El que Vive.

Evangelio según san Juan (20,19-31):

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.