Ofrecemos algunos textos seleccionados del mensaje que el Papa Benedicto XVI ha transmitido a toda la Iglesia con su Viaje Apostólico a Portugal del 11 al 14 de mayo de 2010:

Queridísimos hermanos y jóvenes amigos, Cristo está siempre con nosotros y camina siempre con su Iglesia, la acompaña y la custodia, como Él nos dijo: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. ¡No dudéis nunca de su presencia!

Buscad siempre al Señor Jesús, creced en la amistad con él, recibidlo en la comunión. Aprended a escuchar su palabra y también a reconocerlo en los pobres. Vivid vuestra existencia con alegría y entusiasmo, seguros de su presencia y de su amistad gratuita, generosa, fiel hasta la muerte de cruz.        

Dad testimonio a todos de la alegría por esta presencia suya fuerte y suave, comenzando por vuestros coetáneos. Decidles que es hermoso ser amigo de Jesús y que vale la pena seguirlo.        

Con vuestro entusiasmo mostrad que, entre las muchas formas de vivir que el mundo hoy parece ofrecernos – aparentemente todas al mismo nivel –, la única en la que se encuentra el verdadero sentido de la vida y por tanto la alegría verdadera y duradera es siguiendo a Jesús.   

  

 Homilía en la Misa celebrada en Terreiro do Paço
   

Santa Misa en el Terreiro do Paço de Lisboa

Queridos amigos, la Iglesia considera como su misión prioritaria, en la cultura actual, tener despierta la búsqueda de la verdad y, en consecuencia, de Dios; llevar a las personas a mirar más allá de las cosas penúltimas y ponerse en búsqueda de las últimas.        

Os invito a profundizar en el conocimiento de Dios así como él se reveló en Jesucristo para nuestra plena realización. Haced cosas bellas, pero sobre todo haced que vuestras vidas sean lugares de belleza.         

 Discurso a los representantes del mundo de la cultura portugués

     

Amados hermanos sacerdotes, en este lugar que María ha hecho tan especial, teniendo ante nuestros ojos su vocación de fiel discípula de su Hijo Jesús, desde su concepción hasta la Cruz y después en el camino de la Iglesia naciente, considerad la extraordinaria gracia de vuestro sacerdocio.     

La fidelidad a la propia vocación exige valentía y confianza, pero el Señor también quiere que sepáis unir vuestras fuerzas; sed solícitos unos con otros, apoyándoos fraternalmente. Los momentos de oración y estudio en común, compartir las exigencias de la vida y del trabajo sacerdotal, son una parte necesaria de vuestra existencia. Cuánto bien os hace esa acogida mutua en vuestras casas, con la paz de Cristo en vuestros corazones. Qué importante es que os ayudéis mutuamente con la oración, con consejos útiles y con el discernimiento.     

Prestad una atención particular a las situaciones que debilitan de alguna manera los ideales sacerdotales o la entrega a actividades que no concuerdan del todo con lo que es propio de un ministro de Jesucristo. Por lo tanto, asumid como una necesidad actual, junto al calor de la fraternidad, la actitud firme de un hermano que ayuda a otro hermano a “permanecer en pie”.       

Vísperas con sacerdotes, religiosas, religiosos, seminaristas y diáconos
  

      

En nuestro tiempo, cuando en extensas regiones de la tierra la fe corre el riesgo de apagarse como una llama que se extingue, la prioridad más importante de todas es hacer a Dios presente en este mundo y facilitar a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que ha hablado en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor hasta el extremo, en Cristo crucificado y resucitado.       

Queridos hermanos y hermanas, adorad en vuestros corazones a Cristo Señor. No tengáis miedo de hablar de Dios y de mostrar sin complejos los signos de la fe, haciendo resplandecer a los ojos de vuestros contemporáneos la luz de Cristo que, como canta la Iglesia en la noche de la Vigilia Pascual, engendra a la humanidad como familia de Dios.        

Bendición de las antorchas de Fátima
 

     

“¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!”. Y sin embargo Jesús respondió: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.      

Pero ¿quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse fascinar por su amor? ¿Quién vela, en la noche de la duda y de la incertidumbre, con el corazón alzado en oración? ¿Quién espera el alba del nuevo día, teniendo encendida la llama de la fe?      

La fe en Dios abre al hombre el horizonte de una esperanza cierta que no decepciona; indica un sólido fundamento sobre el que apoyar, sin miedo, la propia vida; requiere el abandono, lleno de confianza, en las manos del Amor que sostiene el mundo.    

 Homilía en el Santuario de Fátima

       

     

Hermano mío y hermana mía, tú tienes “un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza” (Enc. Spe salvi, 39).      

Con esta esperanza en el corazón, podrás salir de las arenas movedizas de la enfermedad y de la muerte, y permanecer de pie sobre la roca firme del amor divino. En otras palabras, podrás superar la sensación de la inutilidad del sufrimiento que consume interiormente a las personas y las hace sentirse un peso para los otros, cuando, en realidad, vivido con Jesús, el sufrimiento sirve para la salvación de los hermanos.       

 A los enfermos en el Santuario de Fátima