Escuchando de labios del Señor la invitación constante al amor como estilo de vida, vamos agotando las semanas de Pascua.
 
Jesús ha ascendido a los cielos, sus discípulos le han visto desaparecer entre las nubes, pero no les queda tristeza: Volvieron a Jerusalén con gran alegría, con una impactante experiencia: que el Maestro ha vencido la muerte y que en Él se han cumplido las Escrituras; que ya hay motivo para la esperanza y razones para comprometerse.
 
Los apóstoles conocían las maneras de actuar el Señor, las enseñanzas y la Palabra que predicó; les era notorio lo vivido cerca del Maestro, la exquisita obediencia al Padre, su auténtica y constante oración; también sabían de persecuciones, de su admirable humildad; habían sido testigos de los acontecimientos de dolor y muerte en cruz y, sobre todo, podían certificar que lo han visto resucitado.
 
Sin embargo, comienzan tiempos nuevos; serán ellos los que deban abrir nuevos surcos. El Señor ya les había advertido acerca de lo que les espera, les adelanta los acontecimientos para que no se atemoricen:
  
«Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo».
 
Les está diciendo que no teman, que lo que les va a suceder será obra de Dios, no de ellos, aunque ellos serán los primeros en sorprenderse de las maravillas que hará Dios a través de sus personas.
 
 
Las primeras comunidades cristianas han nacido de la fe en Cristo Jesús, a Quien se reconoce como el Mesías, el Señor exaltado. La fe de estas comunidades se deja notar por las distintas manifestaciones que dan de cara al exterior: en la predicación, en el testimonio de vida, en la persecución…
 
Un peligro que nos acecha, y no nos damos cuenta, es el que denunció el mismo evangelista san Lucas, al constatar un cierto cansancio de la comunidad cristiana, el cruzarse de brazos, bien por el largo recorrido que llevaba, o bien por haber tenido que soportar tantas dificultades, con el riesgo de caer en la monotonía, en la rutina o en la inconstancia.
 
El peligro es real, muchos están desmotivados y arrastrados por las influencias del mundo y de la sociedad hacia las tranquilas orillas de la comodidad, y justificándose en que no tenemos arreglo. Es necesario despertar, y el mismo mensaje evangélico, del que somos portadores, nos da seguridad, garantía y confianza, nos hace ver la verdad: Jesucristo es el único Salvador, a pesar de que en los medios de comunicación te propongan muchos salvadores.
 
Afrontemos el hoy de cada día con paciencia y con perseverancia; todavía es tiempo de conversión. Se trata de saber que, por medio de las tribulaciones, se llega al reino de Dios; y de estar vigilantes, para no caer en la tentación.
Mons.  José Manuel Lorca Planes

 

  

 

Conclusión del santo evangelio según san Lucas 24,46-53:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»

Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.