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La escena del Evangelio de este domingo tiene lugar en una casa muy querida por Jesús, en Betania, donde unos hermanos (Lázaro, Marta y María) gozaban de la amistad del Hijo de Dios. Se desarrolla un célebre diálogo entre las dos hermanas y Jesús, que no podemos leer desde una perspectiva reduccionista: María la mujer contemplativa “que no hace nada”, y Marta la mujer activa “que trabaja por las dos”.

María adopta una posición típica de un discípulo en Israel: escuchar la palabra del Maestro sentada a sus pies. Pero en una interpretación sesgada de esta actitud, en medio del apuro de la otra hermana “que no daba abasto”, pudiera parecer que María era una aprovechada, mientras que Marta era la disipada o acaso la víctima del privilegio de su hermana. Es decir, María escuchaba al Maestro y Marta pagaba el precio del lujo contemplativo de su hermana.

Sin embargo, lo que Jesús “reprocha” a Marta no es su actividad, sino que  rea­lice su trabajo sin paz y murmuración de no saber por quién, olvidando la única cosa necesaria, en el afán de tantas otras cosas que no lo son. Jesús no está propugnando la inhibición, sino invitando a la primacía absoluta de su Palabra. Esta escena que hoy contemplamos, con un diálogo tremendamente humano y comprensible, trata de alertarnos sobre los dos extremos que un discípulo de Jesús debería de evitar: tanto un modo de trabajar que nos haga olvidadizos de lo más importante, como un modo de contemplar que nos haga inhibidores de aquellos quehaceres que soli­dariamente hemos de compartir con los demás.

La tradición cristiana ha resumido esta enseñanza de Jesús en un binomio que recoge la actitud del verdadero discípulo cristiano: contemplativo en la acción y activo en la contemplación. Es decir, que todo cuanto podamos hacer responda a esa Palabra que previamente e incesantemente escuchamos, y al mismo tiempo, que toda verdadera escucha del Señor nos lance no a un egoísmo piadoso que tiene al mismo Dios como coartada, sino a una misión que edifique en la comunión con la Iglesia el proyecto de Dios, su Reino.

Mons.  Jesús Sanz Montes
 
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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe; dame serenidad y fuerza.

Señor, cuando yo mismo me pregunte quién soy y quién eres para mí; ayúdame a sentir Tu Amor.

Que crea, Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida.

Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos. Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo.

Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad.

Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino,
que mi fe sea mi vista.

Que no se cierren mis ojos,
que vea al mirar, que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé.

Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido. Amén.

Víctor MB

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