Es el caso de este año 2010, que, cuando el 25 de julio cae en domingo, se celebra el Año Santo Jacobeo. Es un momento especial para recorrer el Camino de Santiago, tercer lugar santo de peregrinación para los cristianos, detrás de Jerusalén y Roma. Es un año de gracias especiales que la Iglesia otorga por medio de la peregrinación a Compostela, gracias que se refieren a la misericordia de Dios, al perdón de los pecados y a la conversión.

Son numerosísimos los testimonios de peregrinos que reconocen que el haber peregrinado a Santiago de Compostela ha marcado en su vida un antes y un después. La fuerza transformadora del encuentro con Dios, del encuentro con los hermanos, de la oración, del encuentro con uno mismo en el silencio y en el esfuerzo compartido, en la meditación callada y en la escucha de Dios y de los demás, es tremenda.

Es cierto que no necesitamos de acontecimientos extraordinarios para encontrar a Dios y para convertir nuestra vida hacia Él, pero es igualmente cierto que Dios elige cada momento y cada lugar como cree conveniente, y que nosotros podemos favorecer o no favorecer ese encuentro. Qué duda cabe que el recorrer el Camino de Santiago ha sido y es un hecho extraordinario del que Dios se sirve para atraer a sus hijos alejados. En este sentido, abundan también los testimonios de muchas personas que han comenzado ese camino por deporte o por admirar el arte románico del norte de España, y han terminado viviendo una experiencia religiosa extraordinaria.

Santiago Apóstol fue, sobre todo, testigo del Señor. Fue llamado por Jesús, junto a su hermano Juan, a orillas del Lago de Galilea cuando ambos se encontraban en las faenas propias de la pesca. Santiago formó parte no sólo de los doce, sino también de ese pequeño grupo de tres con los que Jesús se retiraba en ciertos momentos. Así, le vemos junto a Pedro y Juan en la Transfiguración o en la oración de Jesús en Getsemaní. Se trata, pues, de un testigo privilegiado de la predicación y de la actuación de Jesús en su vida pública. Él presenció, porque Jesús así lo quiso, momentos y escenas que otros no pudieron ver con sus ojos ni oír con sus oídos.

Siempre que celebramos la fiesta de un apóstol recordamos el origen de nuestra fe. Una fe que, como recitamos en el Credo, es apostólica porque nace del testimonio que los apóstoles nos dieron sobre Jesús. La Iglesia nace en la Pascua después de la resurrección del Señor, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y éstos comienzan a predicar la resurrección de Jesús.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos aporta valiosos datos históricos sobre el comienzo de la vida de la Iglesia y de las primeras comunidades cristianas. Entre esos datos, está el del martirio del apóstol Santiago, decapitado por orden de Herodes. Es posible que, al ser el único de los doce cuyo martirio recoge Lucas en los Hechos, fuera también el primero de los apóstoles en compartir el cáliz del Señor. Excepto Juan, todos los apóstoles irían, uno a uno, muriendo violentamente por predicar a Jesús. Las persecuciones de más de tres siglos de duración, nos hacen recordar que la fe cristiana se abrió paso por la valentía y el coraje que Dios dio mediante su Espíritu Santo a los primeros cristianos.

Pese a los apresamientos y detenciones, a los juicios sumarios, pese a vivir la fe clandestinamente y pese a las ejecuciones particulares y colectivas, los primeros cristianos extendieron la buena noticia de Jesús por todo el mundo entonces conocido. Y gracias a ellos, el conocimiento del Evangelio ha llegado hasta nosotros. Aunque –tengámoslo presente- ha llegado con sangre. Y según una antigua tradición, la Hispania romana fue evangelizada por el Apóstol Santiago. Por esta razón y por la ayuda de la intercesión del Apóstol en la Reconquista, se le considera Patrono de España.

Que él siga intercediendo, junto con María, para que nuestra fe no se apague y para que, en medio de nuestras dificultades, sigamos anunciando hoy el Evangelio, en nuestra patria y en todo el mundo, con la misma valentía y coraje con que lo hicieron los apóstoles en medio de violentas persecuciones.