“Me dirijo a vosotros a fin de que prestéis vuestra contribución para que la música, inserta en la Iglesia en la celebración de los misterios, sea verdaderamente sacra, es decir, tenga una predisposición a su sublime finalidad religiosa, y sea verdaderamente artística, capaz de mover y transformar los sentimientos del hombre en canto de adoración y súplica a la Santísima Trinidad

Juan Pablo II

“En el ars celebrandi desempeña un papel importante el canto litúrgico. Con razón afirma san Agustín en un famoso sermón: «El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es función de alegría y, si lo consideramos atentamente, función de amor».

El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La Iglesia, en su bimilenaria historia, ha compuesto y sigue componiendo música y cantos que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto.

A este respecto, se ha de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración.

Por consiguiente, todo – el texto, la melodía, la ejecución – ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos litúrgicos. Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones tan loables, deseo que se valore adecuadamente el canto gregoriano como canto propio de la liturgia romana”.

Benedicto XVI, (Sacramentum caritatis, N. 42)