Con la solemnidad de Cristo Rey se termina todo el ciclo del año litúrgico, centrando la atención en Nuestro Salvador y Redentor, Cristo, que está en el horizonte de nuestras esperanzas y vida.

Os propongo hacer un ejercicio de repaso de las oportunidades regaladas por Dios durante este año, oportunidades de misericordia, amor y salvación. Comprobad que no hemos estado solos: Jesús ha salido siempre a nuestro encuentro, nos ha ofrecido seguridad, ha estado con nosotros en la barca, nos ha invitado a su mesa, nos ha lavado los pies y ha caminado entre nosotros. El Señor Jesús, Maestro y compañero de viaje, está más cercano a nosotros que nosotros mismos. 

En la Declaración Dominus Iesus, se dice que «debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único Salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en Él su plenitud y su centro» (n.13). Así es la realeza de Jesucristo.

En el evangelio de San Lucas que se proclama este domingo, se puede ver la falta de fe de muchos de sus contemporáneos, las burlas e ironías de algunos. Él guarda silencio. En la Pasión, Pilato le pregunta abiertamente: «¿Eres tú el rey de los judíos?»,  y la respuesta de Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí».

Las cosas planteadas por Dios son muy diferentes a las de los hombres; así que comenzad por borrar la imagen de los reyes de la tierra, a la hora de pensar en Jesús, porque no se trata de eso. Jesús es Rey clavado en la Cruz, su corona es de espinas y su cetro es insignificante. No tiene el Señor armas, ni ejércitos preparados para defenderle…, no los necesita. Su fuerza es el amor, un amor entregado, un amor redentor. Así es la realeza de Jesucristo.

La realeza de Jesús se distingue en la humildad, en la sencillez de vida. El relato evangélico muestra al Varón de dolores, en silencio frente a lo vulgar, pero contundente ante lo esencial: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso». 

¡Qué diferente es la mentalidad del mundo, que propicia el egoísmo, entre la picardía y la falta de escrúpulos, cuyas consecuencias se notan en las rivalidades, abusos, frustraciones! «En el reino de Dios se premia la modestia y la humildad», decía Juan Pablo II.

Dad gracias y bendecid a Dios, porque no se olvida de nosotros, pero no olvidéis que -en palabras de san Juan Crisóstomo- «los instrumentos de Dios son siempre los humildes». Que Dios os colme de bendiciones.

Mons. José Manuel Lorca Planes

 

 

EVANGELIO según San Lucas 23, 35-43:

En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: Éste es el Rey de los judíos. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».