También este domingo el Evangelio nos mete en la cena última de Jesús con sus discí­pulos, en la que Él hará la gran síntesis de su revelación: el Padre amado, el Espíritu prome­tido, el amor hasta la entrega total como su manifestación suprema.

Jesús propone un ex­traño modo de comprobar el amor verdadero hacia su Persona: guardar sus mandamientos, es decir, todo lo que su Palabra y su Persona han ido desvelando de tantas formas. No se trata de un “código de circu­lación” ética o religiosa, sino un modo nuevo e integral de vivir la existencia ante Dios, ante los demás, ante uno mismo.

No nace de la curiosidad por lo que Él hizo y dijo. Muchos vieron y escucharon al Maestro en su andadura humana, y tantos de ellos no entendieron nada. Era necesario que este nuevo modo de vivir la existen­cia, naciera de lo Alto, del Espíritu, como explicará el mismo Jesús en otra noche de confidencias al inquieto Nicodemo.

Por eso el Señor, tras haber dicho a los más suyos que amarle y guardar sus mandamientos es la fidelidad cristiana, les prometerá el envío de ese Espíritu. No hacemos una selección de sus enseñanzas en un cristianismo “a la carta”, en un cómodo “sírvase vd. mismo” dentro del bazar religioso. Para entender a Jesús hay que amarle, pero sólo ama quien no censura nin­guno de los factores que componen la vida y la palabra de la persona amada.


Difícilmente se pueden contar como propias las cosas que no hemos experimen­tado ni saboreado. Quien hace así, no sólo no contagia nada, sino que siembra el abu­rrimiento. No contar un historia ajena y prestada, sino relatar lo que ha su­puesto el paso de Dios por todos nuestros entresijos. Y esto es anunciar a Cristo. Y llenar de alegría el terruño que a diario pisan nuestros pies.

El cristiano que anuncia a Jesús, más que demostrar a su Señor lo que senci­llamente hace es mostrarle. Porque la razón de nuestra esperanza no es un dis­curso teórico de fría apologética, sino un anuncio sencillo y fuerte de lo que nos ha su­cedido: la oscuridad, la indiferencia, la violencia, el pecado y la muerte, han sido des­plazadas y arrancadas en noso­tros por el paso liberador de la Pascua de Jesús en nuestra vida.

Y esa liberación que nos ha sucedido a nosotros deseamos que suceda también absolutamente a todos. Los mandamientos cristianos son vivir la vida de Jesucristo por la fuerza del Espíritu de la Verdad. Predicamos a Cristo siendo testigos de la luz, de la misericordia, de la paz, de la gracia y de la vida que ha acontecido y acontece en nosotros tras el encuen­tro con Él. Él es nuestra regla y nuestra ley.

Mons. Jesús Sanz Montes, OFM

 

Evangelio según san Juan (14,15-21):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»