Cuando pienso en un joven de hoy que se está abriendo a la vida, me embarga una ternura infinita: ¿cómo se orientará en esta babel llena de oportunidades y de desafios en la que le toca vivir?

Basta ver la televisión, o acercarse a un puesto de periódicos o a una librería, para ver la variedad de opciones que tiene ante sí. Acertar es empresa ardua.

Pero si es conmovedor pensar en un chico ante semejante desafío, me asombra aún más que quien nos ha puesto en la realidad no haya tenido ningún reparo en correr semejante riesgo. Hasta el punto de escandalizar a quienes quisieran ahorrárselo a sí mismos y a los otros, sean éstos hijos, amigos, o alumnos.

El Misterio, sin embargo, no nos ha lanzado a la aventura de la vida sin proveernos de una brújula con la que poder orientarnos. Esta brújula es el corazón.

En nuestro tiempo el corazón es reducido a sentimiento, a estado de animo. Pero todos podemos reconocer en la experiencia que el corazón no se deja reducir, no se conforma con cualquier cosa. “El hombre está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente”, dice el Papa en su Mensaje. Nosotros lo sabemos bien.

Por eso, quien toma en serio su corazón, hecho para lo grande, empieza a tener un criterio para comprenderse a sí mismo y la vida, para juzgar la verdad o la falsedad de cualquier propuesta que se asome al horizonte de su vida. “Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría”.

 ¿Hay algo que esté a la altura de nuestras exigencias más profundas, que pueda responder a nuestro anhelo, grande como el infinito? Muchos responderán que tal cosa no existe, vista la decepción que en tantas ocasiones han experimentado al poner su esperanza en lo que estaba destinado a defraudarles. Pero ninguno de nosotros puede evitar esperar.

¿Es irracional esta espera? Entonces, ¿por qué esperamos? Porque es la cosa más racional: ninguno de nosotros puede asegurar que no existe. Pero sólo descubriremos que existe si tenemos la oportunidad de encontrar algo que verdaderamente corresponda a nuestra espera. Como los primeros que encontraron a Jesús: “jamás hemos vista una cosa igual”.

Desde que este hecho entró en la historia, nadie, que haya tenido noticia de él, ha podido o podrá estar tranquilo. Todo el escepticismo no podrá eliminarlo de la faz de la tierra. Estará allí, en el horizonte de su vida, como una promesa que constituye el mayor desafío que haya tenido que afrontar. “Quien me sigue recibirá el ciento por uno y la vida eterna”.

Sólo quien tenga la audacia de comprobar en la vida la promesa que contiene el anuncio cristiano podrá descubrir su capacidad de responder a su espera. Sin esta verificación no podrá existir una fe a la altura de la naturaleza racional del hombre, es decir, capaz de seguir interesándole.

Julián Carrón