“Eso que pretendes y lo que más deseas no lo hallarás por esa vía tuya ni por la alta contemplación, sino en la mucha humildad y rendimiento de corazón”.

San Juan de la Cruz. Dichos de luz y amor, 40.

 

A lo largo de los siglos no ha cejado el empeño del ser humano por conocerse, por descubrir lo más genuino y esencial de sí mismo. Cada época ha acentuado de alguna manera lo que ha considerado lo más distintivo de la persona. Quizá en Occidente nos ha deslumbrado sobre todo el poder de la inteligencia humana, llegando a los extremos de una razón desencarnada, instrumental, inhumana al fin.

Sin embargo, nadie podrá negar nunca desde la humilde experiencia del vivir la fuerza que en nuestra existencia tiene el deseo. Somos seres que desean, movidos constantemente por la carencia de lo que, a pesar de todo, no sabemos nombrar. Seres en constante búsqueda de una plenitud que se nos hurta, vamos tras la seducción de mil y una cosas, promesas para un deseo que no acaba de saciarse.

Juan de la Cruz conoce la fuerza del deseo, él mismo ha vivido, como todos los místicos y místicas de la historia, en pos de un único deseo en el que han centrado su persona entera. Nos llega el eco de su voz a través de los siglos para recordarnos que el deseo solamente encuentra su senda de felicidad cuando se dirige a un único horizonte, el horizonte de Dios. Entonces deja de ser una fuerza que nos desgarra, nos frustra y nos pierde en un bosque oscuro de objetos pues que, por desgracia, puede incluso tomar por objeto lo más sagrado: a Dios mismo y la persona del prójimo.

El deseo se hace luminoso y verdaderamente vivo en el movimiento perpetuo que le lleva más allá de sí mismo, más allá de su propia satisfacción, más allá de lo inmediato hacia el Misterio santo, hacia la vida de Dios Trinidad que late y nos llama a través de toda la realidad. No importa ya que el deseo no se pueda apagar nunca porque lo que importa es justamente que nos mueve constantemente hacia adelante, hacia el futuro, hacia la promesa divina que se nos ha anticipado cumplida en Jesucristo. Así lo entendió también, de modo clarividente, el místico Agustín, el del corazón inquieto, cuando pudo descubrir que sólo en Dios descansa el ser humano, siempre deseante.

Quien ha intuido que, ciertamente, el deseo puede ser también dinamismo de infinito, tendrá que buscar el camino para saciarlo. Una vez más, la palabra de Juan de la Cruz nos llega dulce y firme al tiempo para darnos luz. Sorprendentemente, el gran místico nos dice que no valen nuestros planes, métodos, modos y proyectos. Más todavía, nos despierta del sueño que secretamente albergamos: la contemplación y la mística como satisfacción de nuestro íntimo deseo. ¿Cuál es, entonces, el secreto? “Mucha humildad y rendimiento del corazón”, responde Juan.

El deseo se sosiega sólo en el encuentro con el Señor, pero sólo se encuentra por el camino de la humildad. No podría se de otro modo pues ¿quién puede pensar en hallar al Dios que se hace Niño por caminos de grandeza? ¿Quién puede pretender acoger al Amor que se abaja intentando elevarse más allá de su propia condición? ¿Cómo abrazar al Hijo que se encarna rechazando la realidad de su propia humanidad, de su propia carne? Pues que eso será la humildad, el acoger el propio barro como Él lo ha acogido para hacerlo no ídolo, sino carne traspasada por la Vida divina.

El Misterio trinitario que se nos muestra pequeño y pobre en el Niño de María transforma nuestra miseria en lugar de Dios. Y se abajará por amor hasta derramarse dando vida y dando la vida en la cruz. Imposible no estremecerse hasta el fondo de las entrañas, imposible no quedar en silencio adorante, imposible no entregarle el corazón a ese Dios que se nos hace tan íntimamente cercano, al que se puede tocar, abrazar, besar y, ¡ay!, rechazar y matar. Quien descubre que se hace tan cercano que desea Él mismo ser la Vida de nuestra vida, deseará intensamente entregarle todo su ser como Él quiera, donde Él quiera.

¿Deseas hallar a Dios? Pues recuerda las palabras de Juan de la Cruz: “Eso que pretendes y lo que más deseas no lo hallarás por esa vía tuya ni por la alta contemplación, sino en la mucha humildad y rendimiento de corazón”.