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“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (Gaudium et Spes, 1)
Abiertos a la humanidad

Dios está en permanente éxodo hacia la humanidad. La Encarnación es el increíble hecho por el que Dios, en Jesús de Nazaret, quiso hacerse carne de nuestra carne e historia de nuestra historia. Por ello, nada humano es ajeno a la oración. Todo ha sido tocado por la mano del Amado, todo ha sido revestido de su hermosura.

Para orar no es indiferente la forma de vivir y de colocarse ante los demás. No todo da igual. Todo tiene cabida en nuestro mundo, pero hay formas de vivir y, por tanto de orar, que no tienen salida. “Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre” (Is 1,15).

Santa Teresa no se coloca ni ora al margen de lo que está pasando en el mundo de su tiempo: guerras de religión, persecución religiosa, millones de personas que no conocen a Jesús, hombres y mujeres que buscan a tientas el rostro de Dios… (Camino 1,2). Vive un apasionamiento por la humanidad, por la Iglesia. Se le mete dentro una historia, a la que mira con misericordia porque misericordioso es el Padre (cf. Lc 6,36)

¿Tiene algo que ver lo que está pasando en el mundo, o mejor, lo que les está pasando a los hermanos más necesitados con tu vida de oración?

La oración no es evasión

orar-con-el-corazon-abierto7La oración no es un refugio, ni tampoco una evasión. La oración está siempre abierta a la vida de la humanidad y conduce a la vida y a dar vida abundante.

En la oración no importan solo las palabras y los sentimientos; son importantes, sobre todo, los hechos. “No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 7,2).

El orante no solo se pregunta: ¿cómo es mi oración?, sino también: ¿cómo son mis obras?, ¿cómo es mi vida?

Santa Teresa reacciona ante lo que ve y ora, y se pregunta qué puede hacer. Se siente implicada, responsable, llamada a dar una respuesta. Primero se angustia ante la propia impotencia (C 1,2). Después, “confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo” (C 1,2) se dispone a hacer: “Determiné hacer eso poquito que era en mí” (C 1,1). Y para ella hacer es ser. “Que sean tales cuales yo las pintaba en mis deseos” (C 1,2).

¿Te conduce la oración a la vida? ¿Terminan en hechos tus palabras y sentimientos orantes?

Abrir espacios para Dios

c7d60-pentecostes015Muchas personas se sienten bloqueadas para el encuentro amistoso con Dios; necesitan que alguien les ayude a abrir brechas al misterio de Dios. Por otra parte, el estilo de vida impuesto por la sociedad moderna impide a las personas descubrir y cultivar lo que son de verdad para poderse abrir a Dios.

“La creación entera lanza un gemido universal y anda toda ella con dolores de parto hasta el momento presente” (Rom 8,22). La humanidad está a la espera de que alguien les ayude a ver que Dios no es un problema que hay que resolver, sino un misterio que hay que descubrir.

La humanidad se ha cansado de buscar a Dios. Los orantes, cual otros samaritanos junto a los caminos, se detienen y miran, prestan atención a esta humanidad ausente y abren caminos a Dios. Son como la lluvia que permite brotar a las semillas escondidas en la tierra

“Me pongo en camino para buscarte un techo. Hay muchas casas deshabitadas en las que yo te introduciré como invitado de honor” (Hillesum). “En el diálogo silencioso del corazón con Dios se preparan las piedras vivas con las que va creciendo el Reino de Dios” (Edith Stein).

Santa Teresa abre la realidad a Dios. Y pide ayuda para realizar junto con otros lo que no puede sola. Se implica e implica a los que viven con ella: “Todas ocupadas en oración” (C 1,2). “¡Oh hermanas mías en Cristo, ayudadme!” “No hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (C 1,5).

¿Cómo comunicas a una sociedad que se aleja de Dios la noticia alentadora del Evangelio?

Una oración encarnada
  • Es la que brota de una cotidianeidad respetada y asumida por sí misma, a la que se le hace una pregunta creyente, teologal: “Señor, ¿qué me quieres decir?” (cf Jn 6,28-29).
  • Es la que surge de una cotidianeidad leída a la luz de la Palabra de Dios. “El pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios” (Gaudium et Spes, 11).
  • Es la que nace de una cotidianeidad transfigurada. Las realidades temporales no son un mero intermediario para ir a Dios. Dios inhabita la realidad: constituye su corazón más íntimo. La oración cristiana, lejos de ser una fuga platónica de la realidad mundana, nos educa para ver en ella al Invisible y tratar con el Dios-con-nosotros.
  • Así es la primera oración de santa Teresa en el Camino:

“¡Oh Redentor mío, que no puede mi corazón llegar aquí sin fatigarse mucho! ¿Qué es esto ahora de los cristianos? ¿Siempre han de ser los que más os deben los que os fatiguen? ¿A los que mejores obras hacéis, a los que escogéis para vuestros amigos, entre los que andáis y os comunicáis por los sacramentos?” (Camino 1,2-3).

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LA PALABRA SE HIZO HUMANIDAD Y ACAMPÓ EN LA TIERRA DE LOS HOMBRES. DESDE ENTONCES TODO SER HUMANO LLEVA DENTRO LA SEMILLA DEL AMOR  DE DIOS-CON-NOSOTROS.
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