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https://creerparaver.wordpress.com/2008/09/06/corregir-es-amar/

También este domingo el Evangelio nos mete en la cena última de Jesús con sus discí­pulos, en la que Él hará la gran síntesis de su revelación: el Padre amado, el Espíritu prome­tido, el amor hasta la entrega total como su manifestación suprema.

Jesús propone un ex­traño modo de comprobar el amor verdadero hacia su Persona: guardar sus mandamientos, es decir, todo lo que su Palabra y su Persona han ido desvelando de tantas formas. No se trata de un “código de circu­lación” ética o religiosa, sino un modo nuevo e integral de vivir la existencia ante Dios, ante los demás, ante uno mismo.

No nace de la curiosidad por lo que Él hizo y dijo. Muchos vieron y escucharon al Maestro en su andadura humana, y tantos de ellos no entendieron nada. Era necesario que este nuevo modo de vivir la existen­cia, naciera de lo Alto, del Espíritu, como explicará el mismo Jesús en otra noche de confidencias al inquieto Nicodemo.

Por eso el Señor, tras haber dicho a los más suyos que amarle y guardar sus mandamientos es la fidelidad cristiana, les prometerá el envío de ese Espíritu. No hacemos una selección de sus enseñanzas en un cristianismo “a la carta”, en un cómodo “sírvase vd. mismo” dentro del bazar religioso. Para entender a Jesús hay que amarle, pero sólo ama quien no censura nin­guno de los factores que componen la vida y la palabra de la persona amada.

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El relato evangélico de este domingo, narra el entrañable momento en el que ya se vislumbra de la despedida de Jesús de sus discípulos. Y como todo adiós, cuando éste se da entre personas que se han que­rido, que han sido vulnerables a su recíproco amor, produce una resistencia, la amable rebe­lión de no querer aceptar una separación insufrible. Ese “no perdáis la calma” en labios de Jesús sale al paso de la comprensible zozobra, miedo quizás, de la gente que más ha compartido con el Señor su Persona y su Palabra. 

Toda la vida del Señor, fue una manifestación maravillosa de cómo lle­gar hasta Dios, cómo entrar en su Casa y habitar en su Hogar. La Persona de Jesús es el icono, la imagen visible del Padre invisible.

Y esto es lo que tan provocatorio resultaba a unos y a otros: que pudiera uno allegarse hasta Dios sin alarde de estrategias complicadas, sin ex­hibición de poderíos, sin arrogancias sabihondas: que Dios fuera tan accesible, que se pudiera llegar a El por caminos en los que podían andar los pequeños, los enfermos, los pobres, los pecadores… Y esto será en definitiva lo que le costará la vida a Jesús.

Ya no es un Rostro tremendo el de Dios, que provoca el miedo o acorrala en una virtud hija de la amenaza y de la mordaza. Quien ha visto y ha oído a Jesús, ha contemplado y escuchado al Padre, Quien cree en Jesús, cree en su Padre. El camino de Jesús, es el camino de la bienaventuranza, el de la verdad, el de la justicia, el de la misericordia y la ternura.

Pero tal revelación no se reduce a un manifestar imposibles que nos dejarían tristes por su inalcan­zabilidad. Jesús no sólo es el Camino, sino también el Caminante, el que se ha puesto a andar nuestra peregrinación por la vida, vivirlo todo, hasta haberse hecho muerte y dolor abandonado.                                                                                                                                                                                                                                                

Jesús no se limitó a señalarnos “otro camino” sino que nos abrazó en el suyo, y en ese abrazo nos posibilitó andar en bienaventuranzas, en perdón, en paz, en luz y verdad, en gracia. El es Camino y Caminante… más grande que todos nuestros tropiezos y caídas, mayor que nuestras muertes y pecados.

Los cristianos no somos gente diferente, ni tenemos exención fiscal para la salvación, sino que en medio de nuestras caídas y dificultades, en medio de nuestros errores e incoherencias, que­remos caminar por este Camino, adherirnos a esta Verdad, y con-vivir en esta Vida: la de Quien nos abrió el hogar del Padre haciendo de nuestra vida un hogar en la que somos hijos ante Dios y hermanos entre nosotros.

Mons. Jesús Sanz Montes, OFM

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El cuarto domingo de Pascua se conoce como el del Buen Pastor: El pastor que da la vida; el pastor que se hace pasto para alimentar nuestra indigencia. Jesús es, como nos dirá el evangelio de este domingo, Pastor y Puerta para acceder a la luz, a la libertad, a la Vida.

La imagen del pastor es inseparable de la de las ovejas. “Tengo otras ovejas que no están en el redil. Las traeré y escucharán mi voz”. Esas ovejas podemos ser cualquiera: cristianos bautizados, que empezaron a alejarse en el día de la tormenta y hoy vagan en la indiferencia religiosa; jóvenes que pasaron por la confirmación y, tras el rito, desaparecieron; tal vez los hijos a quienes se inculcó la fe y hoy los vemos ajenos a todo lo que huela a religioso; pueden ser personas que piensan que Dios es un obstáculo para la liberación del hombre…

La increencia y la indiferencia son un reto a nuestra acción evangelizadora. Quien entienda la tarea evangelizadora como proselitismo, es lógico que tenga miedo a herir, que no llegue nunca al anuncio explícito de Jesucristo, muerto y resucitado. Quien haya experimentado que la acción pastoral está encaminada a que las ovejas tengan vida y vida en plenitud”no podrá silenciar el Evangelio. La fe es una oferta que se ofrece a la libertad del hombre, pero a nadie se le impone.

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El evangelio de este domingo —el tercero de Pascua— es el célebre relato llamado de los discípulos de Emaús. En él se nos habla de dos seguidores de Cristo que, el día siguiente al sábado, es decir, el tercero desde su muerte, tristes y abatidos dejaron Jerusalén para dirigirse a una aldea poco distante, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino, se les unió Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron.

Sintiéndolos desconsolados, les explicó, basándose en las Escrituras, que el Mesías debía padecer y morir para entrar en su gloria. Después, entró con ellos en casa, se sentó a la mesa, bendijo el pan y lo partió. En ese momento lo reconocieron, pero él desapareció de su vista, dejándolos asombrados ante aquel pan partido, nuevo signo de su presencia. Los dos volvieron inmediatamente a Jerusalén y contaron a los demás discípulos lo que había sucedido.

La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Hay diversas hipótesis, y esto es sugestivo, porque nos permite pensar que Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna.

En la conversación de los discípulos con el peregrino desconocido impresiona la expresión que el evangelista san Lucas pone en los labios de uno de ellos: «Nosotros esperábamos…» (Lc 24, 21). Este verbo en pasado lo dice todo: Hemos creído, hemos seguido, hemos esperado…, pero ahora todo ha terminado. También Jesús de Nazaret, que se había manifestado como un profeta poderoso en obras y palabras, ha fracasado, y nosotros estamos decepcionados.

Este drama de los discípulos de Emaús es como un espejo de la situación de muchos cristianos de nuestro tiempo. Al parecer, la esperanza de la fe ha fracasado. La fe misma entra en crisis a causa de experiencias negativas que nos llevan a sentirnos abandonados por el Señor. Pero este camino hacia Emaús, por el que avanzamos, puede llegar a ser el camino de una purificación y maduración de nuestra fe en Dios.

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En el tercer domingo de Adviento, la Liturgia propone un pasaje de la Carta de Santiago, que comienza con esta exhortación: “Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor” (5, 7).

Me parece particularmente importante, en nuestros días, subrayar el valor de la constancia y de la paciencia, virtudes que pertenecían al bagaje normal de nuestros padres, pero que hoy son menos populares, en un mundo que exalta, más bien, el cambio y la capacidad para adaptarse a situaciones siempre nuevas y diversas.

Sin nada que quitar a estos aspectos, que también son cualidades del ser humano, el Adviento nos llama a potenciar esa tenacidad interior, esa resistencia de espíritu, que nos permiten no desesperar en la espera de un bien que tarda en llegar, sino más preparar su venida con confianza operante.

“Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca” (Santiago 5, 7-8).

La comparación con el campesino es muy expresiva: quien ha sembrado en el campo tiene ante sí meses de espera paciente y constante, pero sabe que la semilla mientras tanto cumple con su ciclo, gracias a las lluvias de otoño y primavera.

El agricultor no es fatalista, sino que es un modelo de esa mentalidad que une de manera equilibrada la fe y la razón, pues, por una parte, conoce las leyes de la naturaleza y cumple bien con su trabajo, y, por otra, confía en la Providencia, dado que algunas cosas fundamentales no dependen de él, sino que están en las manos de Dios. La paciencia y la constancia son precisamente síntesis entre el compromiso humano y la confianza en Dios.

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La cercanía de la Navidad siempre despierta en el corazón de los cristianos la alegría. Por eso, a este tercer domingo de Adviento se le conoce como Gaudete. En él la Iglesia enciende las luces de la Navidad y comienza la fiesta. Nos dice: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca».

Sin embargo, el Evangelio que se escuchará en la Eucaristía puede dar la impresión de que mucho no colabora a la alegría. En él nos encontramos de nuevo con Juan el Bautista, pero en horas bajas. En realidad, la situación de Juan ha cambiado mucho desde la semana pasada. Ahora es muy precaria, está en la cárcel. Ya no es el profeta de tono poderoso que predicaba en el desierto. De un modo dramático se está cumpliendo lo que él mismo dijo: «Conviene que yo disminuya para que Él crezca».

En la debilidad del misterio del dolor y de la injusticia, Juan pasa por su noche oscura y tiene incluso dificultades para reconocer a Aquel que él mismo había anunciado. Por eso, envía a sus discípulos a que le pregunten, en su nombre, a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?»

En la respuesta que dará Jesús es donde realmente aparece la razón de la alegría que hoy anuncia la Iglesia. Jesús responde a la pregunta de Juan el Bautista con su vida. Les dice a los discípulos que le cuenten a su maestro lo que han visto y oído. Está seguro de que Juan le reconocerá como el Mesías por sus obras y palabras.

Este gran profeta, el último del Antiguo Testamento, el más grande de todos los que prepararon la llegada del reino de Dios, recordará lo dicho por Isaías, uno de sus predecesores, y quizás caiga en la cuenta de lo que quiere decirle Jesús: «Los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan. Y los pobres son evangelizados».

Pero es posible también que, en principio, esta respuesta no fuera la esperada por Juan, porque quizás las obras de Jesús no respondían del todo a sus expectativas. En realidad, él lo había anunciado con otros rasgos.

Sin embargo, no se escandaliza ante un Mesías misericordioso, bueno, acogedor y amigo de los pobres. Como todo buscador de Dios, Juan está humildemente abierto a la sorpresa y a la novedad; y, por eso, conocer a este Mesías no es para él una frustración; al contrario, es motivo de una gran alegría: en Jesús ha podido conocer el corazón de Dios y, ahora que participa de la condición de los pobres y los débiles, se sentiría alentado y feliz.

La alegría de la Navidad que hoy anuncia la Iglesia tiene precisamente su raíz y su fuerza en reconocer que Dios viene a nosotros en la sencillez, la humildad y el amor de Jesucristo.

Mons. Rodrígues Magro

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Con la solemnidad de Cristo Rey se termina todo el ciclo del año litúrgico, centrando la atención en Nuestro Salvador y Redentor, Cristo, que está en el horizonte de nuestras esperanzas y vida.

Os propongo hacer un ejercicio de repaso de las oportunidades regaladas por Dios durante este año, oportunidades de misericordia, amor y salvación. Comprobad que no hemos estado solos: Jesús ha salido siempre a nuestro encuentro, nos ha ofrecido seguridad, ha estado con nosotros en la barca, nos ha invitado a su mesa, nos ha lavado los pies y ha caminado entre nosotros. El Señor Jesús, Maestro y compañero de viaje, está más cercano a nosotros que nosotros mismos. 

En la Declaración Dominus Iesus, se dice que «debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único Salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en Él su plenitud y su centro» (n.13). Así es la realeza de Jesucristo.

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Publicamos algunos de los pasajes más importantes de la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini”, de Benedicto XVI, en la que recoge las conclusiones del Sínodo de los Obispos del mundo, celebrado en el Vaticano en octubre de 2008, sobre “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”. 

Objetivo: Deseo indicar algunas líneas fundamentales para revalorizar la Palabra divina en la vida de la Iglesia, fuente de constante renovación, deseando al mismo tiempo que ella sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial” (n. 1)

Religión de la Palabra, no del libro:La fe cristiana no es una ‘religión del Libro’: el cristianismo es la ‘religión de la Palabra de Dios’, no de ‘una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo” (n. 7):

Tradición y Escritura: “Es la Tradición viva de la Iglesia la que nos hace comprender de modo adecuado la Sagrada Escritura como Palabra de Dios. (n. 17)

Sagrada Escritura, inspiración y verdad: “La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. De ese modo, se reconoce toda la importancia del autor humano, que ha escrito los textos inspirados y, al mismo tiempo, a Dios como el verdadero autor (n. 19).

Dios escucha al hombre: “Es decisivo desde el punto de vista pastoral mostrar la capacidad que tiene la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre ha de afrontar en la vida cotidiana […] La pastoral de la Iglesia debe saber mostrar que Dios escucha la necesidad del hombre y su clamor (n. 23).

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A estas alturas del año litúrgico ya esperamos un Evangelio con este corte apocalíptico. Se nos ha ido preparando para esto, especialmente para centrar la mirada en Jesús, de donde nos viene la salvación.

 Si Jesús les recriminó a sus discípulos la falta de fe, cuando le gritaban porque pensaron que se hundía la barca, es natural que nos esté pidiendo a todos nosotros confianza, serenidad, paciencia y perseverancia.

 Se nos advierte de varios peligros, no menores, sobre los que hemos de estar alerta, que estemos preparados porque se presentarán falsos profetas; otro peligro es que les prestemos oídos a sus falsas doctrinas…

A propósito de esto, podemos resaltar la advertencia que nos hacía el mismo Papa Benedicto XVI, en el mes de junio pasado: «Con todo, las persecuciones, a pesar de los sufrimientos que provocan, no constituyen el peligro más grave para la Iglesia. El daño mayor, de hecho, lo sufre por lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, corrompiendo la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro».

El evangelista san Lucas es sumamente cuidadoso con el lenguaje y dulcifica bastante las cosas, pero en este caso es contundente: Nadie os debe apartar de la fidelidad al Señor: ni la belleza externa, ni los lujos, ni siquiera los desastres naturales…; no debemos alejarnos del Señor ante las persecuciones, o ante los oscuros presagios de traiciones y odios, incluso aunque sean vuestros padres o hermanos los que vayan contra vosotros.

Sin duda que habla con claridad, cuando leemos: «Haced el propósito de no preparar vuestra defensa…», porque el mismo Señor saldrá a nuestro encuentro dándonos las palabras oportunas… ¡Menuda fortaleza nos pide! Pero el consuelo y la esperanza vienen enseguida, cuando nos asegura que tenemos asegurada la protección divina.

Es un tema preferido de san Lucas lo que podría parecer una paradoja: evangelizar a los cristianos de su época, sí, así de simple, pero tiene una explicación, y es que él estaba notando en muchos una cierta dejadez, rutina, tentaciones de dejarlo todo, dejarse llevar…; es decir, que habían perdido la tensión primera.

¿No les parece que tenemos el mismo problema dos mil años después? ¿Qué nos pasa? La solución que pensó él fue que se debía escuchar de nuevo a los testigos, cuidar la interioridad de los cristianos de su época, porque los veía vacíos. Lo que deben hacer es volver a escuchar. La escucha de la Palabra es una Bienaventuranza.

La fe en la victoria de Cristo es un fuerte apoyo para los cristianos que están en apuros, pero, para esto, es necesario saber escuchar y permanecer.

 

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La escena del Evangelio de este domingo tiene lugar en una casa muy querida por Jesús, en Betania, donde unos hermanos (Lázaro, Marta y María) gozaban de la amistad del Hijo de Dios. Se desarrolla un célebre diálogo entre las dos hermanas y Jesús, que no podemos leer desde una perspectiva reduccionista: María la mujer contemplativa “que no hace nada”, y Marta la mujer activa “que trabaja por las dos”.

María adopta una posición típica de un discípulo en Israel: escuchar la palabra del Maestro sentada a sus pies. Pero en una interpretación sesgada de esta actitud, en medio del apuro de la otra hermana “que no daba abasto”, pudiera parecer que María era una aprovechada, mientras que Marta era la disipada o acaso la víctima del privilegio de su hermana. Es decir, María escuchaba al Maestro y Marta pagaba el precio del lujo contemplativo de su hermana.

Sin embargo, lo que Jesús “reprocha” a Marta no es su actividad, sino que  rea­lice su trabajo sin paz y murmuración de no saber por quién, olvidando la única cosa necesaria, en el afán de tantas otras cosas que no lo son. Jesús no está propugnando la inhibición, sino invitando a la primacía absoluta de su Palabra. Esta escena que hoy contemplamos, con un diálogo tremendamente humano y comprensible, trata de alertarnos sobre los dos extremos que un discípulo de Jesús debería de evitar: tanto un modo de trabajar que nos haga olvidadizos de lo más importante, como un modo de contemplar que nos haga inhibidores de aquellos quehaceres que soli­dariamente hemos de compartir con los demás.

La tradición cristiana ha resumido esta enseñanza de Jesús en un binomio que recoge la actitud del verdadero discípulo cristiano: contemplativo en la acción y activo en la contemplación. Es decir, que todo cuanto podamos hacer responda a esa Palabra que previamente e incesantemente escuchamos, y al mismo tiempo, que toda verdadera escucha del Señor nos lance no a un egoísmo piadoso que tiene al mismo Dios como coartada, sino a una misión que edifique en la comunión con la Iglesia el proyecto de Dios, su Reino.

Mons.  Jesús Sanz Montes
 
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Queridos hermanos y hermanas, siempre necesitamos oír decir del Señor Jesús lo que a menudo les repetía a sus amigos: “No tengáis miedo”.

Como Simón Pedro y los demás, debemos dejar que su presencia y su gracia transformen nuestro corazón, siempre sujeto a la debilidad humana. Debemos saber reconocer que perder algo, incluso a uno mismo por el verdadero Dios, el Dios del amor y de la vida, es en realidad ganar, reencontrarse más plenamente.

Quien se confía a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, y no se pueden quitar una vez que Dios las ha dado. ¡Vale por tanto la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo! El dolor que nos causa es necesario para nuestra transformación.

Es la realidad de la cruz: por eso en el lenguaje de Jesús el “fuego” es sobre todo una representación del misterio de la cruz, sin el cual no existe el cristianismo. Por eso, iluminados y confortados por estas palabras de vida, elevemos nuestra invocación: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Enciende en nosotros el fuego de tu amor!

Sabemos que ésta es una oración audaz, con la que pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama -y sólo ésa- tiene el poder de salvarnos. No queramos, por defender nuestra vida, perder la eterna que Dios nos quiere dar. Necesitamos el fuego del Espíritu Santo, porque sólo el Amor redime.

Benedicto XVI,  de la Homilía de la Santa Misa de la solemnidad de Pentecostés, 2010.

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.