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Una de la devociones más hermosas que la Iglesia Católica ha fomentado y que ha echado raíces en el corazón de tantos pueblos del mundo entero es la adoración del Santísimo o contemplación de Jesús Eucaristía, un acto de fe que permite un conocimiento gratuito de Cristo y un adentrarse en los sentimientos de su corazón.

Conocer a Cristo significa encontrarnos con él. Así es cómo conocemos a las personas. Hay diferencia entre saber de alguien y conocerlo. Esto último sólo es posible cuando nos hemos encontrado personalmente con él. ¡Cuántas personas consagradas se han especializado hoy en toda clase de saberes, pero apenas conocen a Cristo! No han tenido tiempo para ello por lo que difícilmente van a poder comunicar lo que no han conseguido aprender. ¡Nadie da lo que no tiene!

Ciertamente este conocimiento de Cristo no nos lo puede transmitir en último extremo ni la reflexión, ni la meditación. Es, como en el caso del Espíritu, puro don de Dios que tenemos que pedir.

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“¿Por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti”. (Jn 13,37)

Yo sé que mi fe tiene sombras, lo sé.

Yo sé que mi amor tiene sombras, también lo sé.

Yo sé que mi esperanza tiene sombras, claro que lo sé.

Y mi ternura, también tiene sombras.

Mi tierra es tierra de penumbras.

 

¿De donde vienen mis desencuentros contigo, Señor?

Quiero dar mi vida por ti y no puedo. Te lo digo, pero no es verdad. 

¿Cómo despojarme de mis sombras e ir a ti, desnudo, como tú?

Enséñame tú, que te despojaste de todo y nos los diste todo.

Mis sombras, para ti. Tu luz, para mí.

¡Qué admirable intercambio! Sin ti no puedo nada.

 

Desde lo hondo de todas mis ausencias, te invoco, Señor.

Desde lo hondo de mis desesperanzas, te invoco, Señor.

Desde lo hondo de mi desconcierto, te suplico, Señor.

Desde lo hondo de mi fracaso, te grito, Señor.

Desde lo hondo de mi pobreza, alzo las manos hacia ti, Señor.

Desde lo hondo de mi soledad, ten piedad de mí, Señor.

Desde lo hondo de mi pecado, ten misericordia de mí, Señor.

Desde lo hondo de la nada, me abro a tu palabra que crea el ser.

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El libro-entrevista Luz del mundo recoge respuestas francas de Benedicto XVI al periodista Peter Seewald sobre el Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. La conversación ofrece claves sobre los retos de la sociedad actual y la fe y la crisis de la Iglesia. También aclara numerosas cuestiones en torno a cuestiones concretas.

El periodista que realizó el libro-entrevista, el alemán Peter Seewald, destaca en el prefacio del libro que “nunca antes en la historia de la Iglesia un pontífice había respondido preguntas en la forma de una entrevista directa y personal”.

Para el periodista, “cuando se le escucha de ese modo y se está sentado frente a él, se percibe no sólo la precisión de su pensamiento y la esperanza que proviene de la fe, sino que se hace visible de forma especial un resplandor de la Luz del mundo, del rostro de Jesucristo, que quiere salir al encuentro de cada ser humano y no excluye a nadie”.

“En la crisis de la Iglesia, se cifra para él una enorme oportunidad, la de redescubrir lo auténticamente católico -añade Seewald-. Para él la tarea es mostrar a las personas a Dios y decirles la verdad.

El libro-entrevista de Benedicto XVI Luz del Mundo ha vendido 75.000 ejemplares en España en menos de tres semanas desde que saliera a la venta el pasado 24 de noviembre.

Presentamos  a continuación algunas de las frases más destacadas del libro.

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“El mayor sufrimiento del hombre le viene de su falta de visión” (Juan Pablo II)

Caminamos por esta vida dando numerosos pasos. Pasos que se suman progresivamente y que poco a poco van marcando nuestro itinerario vital. Al final de un año, podemos apreciar cuántos pasos hemos dado en nuestras vidas, cuántos de ellos han sido certeros y cuántos han sido dados sin derrotero alguno.

Cuando se nubla la meta y se difumina ante nuestra vista el fin tras el que corríamos, la ceguera del sinsentido comienza a oscurecernos. Al mirar la ribera de nuestra existencia vemos con asombro la cantidad de pasos perdidos y las huellas sin rumbo. Vemos que, muchas veces, hemos jadeado en vano, que hemos andado sin avanzar, que hemos vivido sin amor momentos tan preciosos como fugaces.

Ahora, con los pies ampollados y doloridos del trayecto recorrido en este año, es cuando comprendemos que lo importante no era el dar muchos pasos, ni la velocidad de las zancadas, sino el horizonte que quisimos conquistar con cada uno de ellos. En medio del crucero del ayer, del hoy y del futuro, percibimos con claridad la necesidad de una mirada amplia que rompa la frontera de lo inmediato y episódico.

¿A dónde vamos? Contemplando las huellas dejadas a nuestras espaldas, la respuesta, tal vez, será el no saber. Podría ser que al plantearnos esta pregunta encontremos que hemos caminado sin una meta clara haciendo de nuestras vidas un laberinto sin rumbo fijo. También podría ser que con alegría y gratitud veamos que los pasos dados están todos, o la mayoría, dirigidos al Cielo y a la eternidad.

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Santa Teresa se comparó a sí misma a un castillo. Se vio como si ella y cualquier persona fuera igual que un castillo. Una imagen que en su tiempo se encontraba en cualquier pueblo y por cualquier camino. Castilla, tierra de castillos.

Cuando a los sesenta y dos años nuestra Santa se puso a escribir un libro sobre la aventura de la fe y de su intimidad personal con Dios, un libro que fuera como el retrato de su alma, comenzó diciendo que su alma y “la nuestra es como un castillo todo de diamante o muy claro cristal”.

Esa imagen centró todo el argumento de su libro. Dio unidad de sentido a todas las ideas dispersas que se le fueron ocurriendo. Y como se iba a valer de las diversas estancias en que se divide un castillo por dentro, para describir los distintos espacios que uno tiene que recorrer hasta llegar a la unión con Dios, lo llamó el Libro de las Moradas o del Castillo Interior.

Ella y cualquier persona puede compararse también a un castillo, porque por dentro de sí hay como unas moradas ocupadas por quien uno sabe.

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Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (Jn 19,40-42). 

Tras la muerte la vida se detiene.

Todo queda en silencio, a la espera de la última palabra. ¿Sabré callar en este día santo?

¿Sabré acallar el ruido impetuoso de mis culpas que se me han echado impidiéndome la huida?

¿Sabré acallar mis palabras fáciles y falsas, que tantas veces han cubierto de apariencia mis caminos?

¿Sabré acallar mis pensamientos, que entretienen mi vida en las afueras?

¿Sabré acallar mi amor, para que crezca, libre, en los adentros?

¿Sabré acallar mis triunfos, con los que he presumido, con orgullo, en las alturas?

¿Sabré acallar mis dudas, mis besos traicioneros?

¿Sabré acallar todos mis cuidados, dejándolos entre las azucenas olvidados?

 

Un grupo de mujeres se ponen en camino hacia la vida. La muerte no tiene la última palabra. El corazón enamorado les hace barruntar lo que no ven. Parecen locas, pero son pioneras de la vida.

En el silencio les ha crecido el amor, ¡el callado amor! El callado amor, que vela por no poder olvidar al Amado. El callado amor, que grita, el que más, contra la muerte. El callado amor, que es el más solidario con las víctimas.

 

Ya se oyen las palabras del Amado, incapaz el sepulcro de esconderlas. Mi Amado mete la mano en la hendidura y hace que se estremezcan mis entrañas.

“Levántate, amada mía, esposa mía. Ven a mí”. Que la alegría rompa tu silencio en Aleluyas.     

La cruz es una señal visible del rechazo de Dios por parte del hombre. El Dios vivo ha venido en medio de su pueblo mediante Jesucristo, su Hijo Eterno que se ha hecho hombre: hijo de María de Nazaret.

Pero “los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Han creído que debía morir como seductor del pueblo. Ante el pretorio de Pilato han lanzado el grito injurioso: “Crucifícale, crucifícale” (Jn 19,6).

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del Hijo de Dios por parte de su pueblo elegido; la señal del rechazo de Dios por parte del mundo. Pero a la vez la misma cruz se ha convertido en la señal de la aceptación de Dios por parte del hombre, por parte de todo el Pueblo de Dios, por parte del mundo.

Quien acoge a Dios en Cristo, lo acoge mediante la cruz. Quien ha acogido a Dios en Cristo, lo expresa mediante esta señal: en efecto se persigna con la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho, para manifestar y profesar que en la cruz se encuentra de nuevo a sí mismo todo entero: alma y cuerpo, y que en esta señal abraza y estrecha a Cristo y su reino.

Cuando en el centro del pretorio romano Cristo se ha presentado a los ojos de la muchedumbre, Pilato lo ha mostrado diciendo: “Ahí tenéis al hombre” (Jn 19,5). Y la multitud responde: “Crucifícale”.

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del hombre en Cristo. De modo admirable caminan juntos el rechazo de Dios y el del hombre. Gritando “crucifícale”, la multitud de Jerusalén ha pronunciado la sentencia de muerte contra toda esa verdad sobre el hombre que nos ha sido revelada por Cristo, Hijo de Dios.

Ha sido así rechazada la verdad sobre el origen del hombre y sobre la finalidad de su peregrinación sobre la tierra. Ha sido rechazada la verdad acerca de su dignidad y su vocación más alta. Ha sido rechazada la verdad sobre el amor, que tanto ennoblece y une a los hombres, y sobre la misericordia, que levanta incluso de las mayores caídas.

Y he aquí que este lugar, donde -según una tradición- a causa de Cristo los hombres eran ultrajados y condenados a muerte -en el Coliseo-, ha sido puesta la cruz, desde hace mucho tiempo, como signo de la dignidad del hombre, salvada por la cruz; como signo de la verdad sobre el origen divino y sobre el fin de su peregrinar; como signo del amor y de la misericordia que levanta de la caída y que, cada vez, en cierto sentido, renueva el mundo.

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“Se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe;
luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos,
secándoselos con la toalla que se había ceñido” (Jn 13,4-5).

 

Tu vida, en esta noche, es acorralada, perseguida, calumniada. Fuera de la cena hay demasiado odio contra la verdad y la vida.  Pero, dentro, también tus amigos te dan la espalda. Y yo también estoy en esta escena.

¿Qué harás Tú, Jesús, en esta hora? Contigo están los íntimos, los tuyos.  ¿Cómo dirás tu parábola del Reino en esta noche? ¿Cómo hablarás a los tuyos de tu Padre?

En la cena que recrea y enamora, allí abres tu pecho y lo das todo. Tu amor, ¡hasta el extremo!, va brotando de tu fuente. Sin quedarte nada en los adentros, todo lo pones en manos de los tuyos.

Como grano de trigo que se esconde en la tierra, así escondes tu rostro para lavar los pies a tus amigos. Dices tu amor, poniéndote en medio, como un siervo. ¡Qué sorprendente tu gesto, el de esta noche!

Los pies de los tuyos, Mis pies… incapaces ya de caminar. Pies ateridos por el dolor y la tristeza de esta hora oscura. Pies manchados por el pecado de la cobardía y el miedo. Pies lavados por el agua de tu amor, pies besados una y otra vez con tu perfume.

¿Aceptaré ser amado de esta manera? ¿Dónde quedan mis deseos de ser grande? Me quedo mudo por el asombro. ¡Qué manera la tuya de decirme el amor, de contar cómo es tu Abbá!

Un poco de pan, un poco de vino, como el niño aquel en la explanada del lago. Lo partes y lo das: “Tomad y comed”. Y das también el vino. Y el Cenáculo, la casa del Espíritu, queda sobrecogido ante tanto amor.  

¡Demasiados gestos para tus amigos en la noche! Ni siquiera los rumiarán junto a los olivos, en el huerto. Pero tu amor se abre paso, como luz que alumbra el corazón. De tanto recibir, algún día se les despertará el amor.

¡Qué tardío soy de darte todo a Ti, que me das todo! Ven, Espíritu, y recuérdame siempre los Amores del que, por mí, se hizo el último de todos, partió su pan y me lo ofreció para el camino. 

“¿Por qué no puedo acompañarte ahora? 

Daré mi vida por ti”. (Jn 13,37) 

 

Yo sé que mi fe tiene sombras, lo sé.

Yo sé que mi amor tiene sombras, también lo sé.

Yo sé que mi esperanza tiene sombras, claro que lo sé.

Y mi ternura, también tiene sombras.

Mi tierra es tierra de penumbras.

 

¿De donde vienen mis desencuentros contigo, Señor?

Quiero dar mi vida por ti y no puedo. Te lo digo, pero no es verdad.  

¿Cómo despojarme de mis sombras e ir a ti, desnudo, como tú?

Enséñame tú, que te despojaste de todo y nos los diste todo.

Mis sombras, para ti. Tu luz, para mí.

¡Qué admirable intercambio! Sin ti no puedo nada.

 

Desde lo hondo de todas mis ausencias, te invoco, Señor.

Desde lo hondo de mis desesperanzas, te invoco, Señor.

Desde lo hondo de mi desconcierto, te suplico, Señor.

Desde lo hondo de mi fracaso, te grito, Señor.

Desde lo hondo de mi pobreza, alzo las manos hacia ti, Señor.

Desde lo hondo de mi soledad, ten piedad de mí, Señor.

Desde lo hondo de mi pecado, ten misericordia de mí, Señor.

Desde lo hondo de la nada, me abro a tu palabra que crea el ser.

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Cristo sufre más que nosotros por la humillación de sus sacerdotes y por la aflicción de su Iglesia; si la permite, es porque conoce el bien que puede brotar de ella, de cara a una mayor pureza de su Iglesia.

¡Si hay humildad, la Iglesia saldrá más resplandeciente que nunca de esta guerra! El encarnizamiento de los medios de comunicación – lo vemos también en otros casos – a la larga obtiene el efecto contrario al deseado por ellos.

La invitación de Cristo: “Venid a mi, vosotros todos que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”, estaba dirigido, en primer lugar, a quienes tenía alrededor suyo y hoy a sus sacerdotes.

“Venid a mi y encontraréis descanso”: el fruto más bello de este Año Sacerdotal será una vuelta a Cristo, una renovación de nuestra amistad con él. En su amor, el sacerdote encontrará todo aquello de lo que humanamente se ha privado, y “cien veces más”, según su promesa.

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¿Qué hacer entonces? Salir… ponernos en éxodo (el Éxodo es el libro que la Iglesia nos propone leer en la Cuaresma), adentrarnos en nuevos caminos, no sabidos ni experimentados, recorrer geografías inexploradas.

El éxodo hacia nuestros centros vitales, hacia la propia vocación, hacia una profunda espiritualidad, nos capacitará para afrontar los nuevos confines y fronteras. Esto no es fácil, pero es necesario, si queremos vivir. Si no lo hacemos, no solo se desmoronarán las obras que antaño levantamos, sino que se desmoronará nuestra propia vida personal y comunitaria y crecerá el malestar en la convivencia de unos con otros.

El éxodo al desierto puede ser ocasión de retomar el camino con esperanza. Dedicar un día a hacerlo más consciente no es pérdida de tiempo, es un momento vocacional. La vocación auténtica es más necesaria que nunca: aquella vocación que ha escuchado y respondido y, por tanto, está dispuesta a caminar, en todos los sentidos, en medio de la noche.    

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“Que no sabemos lo que nos pasa. Eso es lo que nos pasa” (Ortega y Gasset)

En esta época de cambio o cambio de época necesitamos entendernos, lo que requiere una forma de vivir más abierta y reflexiva, y encontrar quien nos dé luz para entendernos y nos enseñe el arte de vivir y a manejarnos bien en las situaciones que nos toca vivir aquí y ahora. Pensar que nos entendemos sin entender a los demás, es desatino, porque nos pertenecemos los unos a los otros.

La cultura que nos rodea, centrada fuertemente sobre el sujeto, ha contribuido a difundir el valor y la dignidad de la persona humana; esto es un gran avance. Pero cuando la libertad se hace arbitraria y la autonomía de la persona se entiende como independencia de los demás hermanos, entonces nos encontramos ante formas de idolatría, que no solo no nos dan libertad sino que nos esclavizan.

“No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto. Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios” (Sal 80). 

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.