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“El mayor sufrimiento del hombre le viene de su falta de visión” (Juan Pablo II)

Caminamos por esta vida dando numerosos pasos. Pasos que se suman progresivamente y que poco a poco van marcando nuestro itinerario vital. Al final de un año, podemos apreciar cuántos pasos hemos dado en nuestras vidas, cuántos de ellos han sido certeros y cuántos han sido dados sin derrotero alguno.

Cuando se nubla la meta y se difumina ante nuestra vista el fin tras el que corríamos, la ceguera del sinsentido comienza a oscurecernos. Al mirar la ribera de nuestra existencia vemos con asombro la cantidad de pasos perdidos y las huellas sin rumbo. Vemos que, muchas veces, hemos jadeado en vano, que hemos andado sin avanzar, que hemos vivido sin amor momentos tan preciosos como fugaces.

Ahora, con los pies ampollados y doloridos del trayecto recorrido en este año, es cuando comprendemos que lo importante no era el dar muchos pasos, ni la velocidad de las zancadas, sino el horizonte que quisimos conquistar con cada uno de ellos. En medio del crucero del ayer, del hoy y del futuro, percibimos con claridad la necesidad de una mirada amplia que rompa la frontera de lo inmediato y episódico.

¿A dónde vamos? Contemplando las huellas dejadas a nuestras espaldas, la respuesta, tal vez, será el no saber. Podría ser que al plantearnos esta pregunta encontremos que hemos caminado sin una meta clara haciendo de nuestras vidas un laberinto sin rumbo fijo. También podría ser que con alegría y gratitud veamos que los pasos dados están todos, o la mayoría, dirigidos al Cielo y a la eternidad.

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Queridos hermanos y hermanas, os anuncio con gozo el mensaje de la Navidad: Dios se ha hecho hombre, ha venido a habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca, más aún, es el “Emmanuel”, el Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de Jesús.

Es un mensaje siempre nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras más audaces esperanzas. Especialmente porque no es sólo un anuncio: es un acontecimiento, un suceso, que testigos fiables han visto, oído y tocado en la persona de Jesús de Nazaret. Al estar con Él, observando lo que hace y escuchando sus palabras, han reconocido en Jesús al Mesías; y, viéndolo resucitado después de haber sido crucificado, han tenido la certeza de que Él, verdadero hombre, era al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de verdad.

“El Verbo se hizo carne”. Ante esta revelación, vuelve a surgir una vez más en nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible? El Verbo y la carne son realidades opuestas; ¿cómo puede convertirse la Palabra eterna y omnipotente en un hombre frágil y mortal? No hay más que una respuesta: el Amor. El que ama quiere compartir con el amado, quiere estar unido a él, y la Sagrada Escritura nos presenta precisamente la gran historia del amor de Dios por su pueblo, que culmina en Jesucristo.

En realidad, Dios no cambia: es fiel a sí mismo. El que ha creado el mundo es el mismo que ha llamado a Abraham y que ha revelado el propio Nombre a Moisés: Yo soy el que soy… el Dios de Abraham, Isaac y Jacob… Dios misericordioso y piadoso, rico en amor y fidelidad.

Dios no cambia, desde siempre y por siempre es Amor. Es en sí mismo comunión, unidad en la Trinidad, y cada una de sus obras y palabras tienden a la comunión. La encarnación es la cumbre de la creación. Cuando, por la voluntad del Padre y la acción del Espíritu Santo, se formó en el regazo de María, Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, la creación alcanzó su cima. El principio ordenador del universo, el Logos, comenzó a existir en el mundo, en un tiempo y en un lugar.

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“¿Qué otra cosa nos enseñó Jesús sino esta humildad? En esta humildad nos podemos acercar a Dios” (San Agustín).

Contemplando la escena del bautismo del Señor, podemos hablar con propiedad de la humildad de Dios pues,”si humildad significa bajar desde sí mismo por amor, Dios es humildad porque, desde la posición en que se encuentra, Dios no puede hacer otra cosa más que bajar; por encima de Él no hay nada; por tanto Él no puede subir, enaltecerse. Cuando hace algo fuera de sí mismo, Dios no puede sino abajarse, humillarse…La historia de la Salvación no es sino la historia de las sucesivas humillaciones de Dios…Dios es humildad” (P. R. Cantalamesa).

Este es el verdadero motivo por el que debemos ser humildes. Debemos ser humildes para ser hijos del Padre Dios, para aprender de Él. Pero debemos tener claro qué significa la humildad. Ante todo lo que no significa la humildad.

No es humildad tener un bajo concepto de sí mismo. La humildad no prohíbe tener conciencia de los talentos recibidos, ni disfrutarlos con corazón recto. Dice Santa Teresa: “No hagan caso de esas humildades, que les parece humildad no aceptar que el Señor les va dando dones. Entendamos bien que nos los da Dios sin ningún merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su Majestad; porque si no conocemos que recibimos, no despertamos al amor”. 

Y tampoco consiste en las apariencias externas que pueden manifestarse mediante palabras, gestos, formas de decir, o mediante una actitud servil que intentan causar la falsa sensación de persona humilde ante quien está viendo u oyendo.

La verdadera humildad va por otro camino. Es la virtud que modera los deseos desordenados de la propia excelencia, humildad es tener un conocimiento de sí mismo, verdadero ante Dios y ante los hombres. Así lo define Santa Teresa: “Humildad es andar en la verdad”.

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“Hemos visto salir su estrella, y venimos a adorarlo”, dicen los Magos. Los astros que, para los hombres de la Antigüedad representaban poderes temerosos, que pesaban sobre sus destinos, se convierten ahora en guías que anuncian el nacimiento de Cristo. La estrella que siguen los Magos conduce a Jesús, la verdadera Estrella de la mañana (cf Ap 2,28). En Él brilla la gloria del Señor, su luz atrae a todos los pueblos, su resplandor hace caminar a los reyes (cf Is 60,1-6). 

Podemos ver en la estrella un signo de la gracia de Dios, de la acción del Espíritu Santo, que “prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo” (Catecismo, 737). El hecho exterior de la revelación divina va acompañado de un hecho interior, de una actuación oculta de la gracia, que se adelanta y que nos ayuda, que mueve el corazón y que abre los ojos del espíritu. Y esta acción de la gracia es universal, llega a todo hombre de buena voluntad, también a los paganos. Como los Magos, todo hombre que busca a Dios tiene, debemos creerlo así, la posibilidad de encontrarlo. 

“La estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño”. La Salvación es Cristo. Es Jesús, nacido de María. Él es el Mesías de Israel, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. No hay sentido, ni meta, ni realización plena del hombre sin Cristo. Sólo Él nos reconcilia con Dios. Sólo Él ha vencido la muerte. Sólo Él es Cabeza de toda la creación amada por Dios. Sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida. 

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El perfil más preocupante del hombre de hoy es el déficit de esperanza. Algunos ven el mundo como “un inmenso cementerio de esperanzas” y dudan que el futuro traiga nada bueno.

Las noches que caen sobre la humanidad impiden ver lo nuevo que está brotando y hacen que muchos añoren y se agarren a lo viejo o se evadan atraídos por una futurología que deja prisionera la esperanza. Pero a la noche le sale al paso la esperanza.  

Ahí estamos los orantes, en tensión, con una historia de esperanza en el corazón, aunque a menudo sea muy humilde y se esconda en lo cotidiano de la vida. 

Ahí estamos, enormemente sorprendidos de que Dios nos ofrezca participar de su misma vida y de que, para ello, quiera soltar los manantiales retenidos en nuestro corazón. 

Ahí estamos, percibiendo cómo el Espíritu nos propone la cultura de la verdad, del bien y de la belleza, fuentes inagotables de alegría verdadera; escuchando en toda circunstancia el final anticipado de la historia: “Mirad que hago todo nuevo” (Ap 21,5). 

Ahí estamos, sabedores de que “el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (GS 31). 

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Algunos comentaristas hacen notar que los pastores, las almas sencillas, han sido los primeros en ir a ver a Jesús. Los sabios llegaron mucho más tarde. En efecto, los pastores estaban allí al lado, y los sabios vivían lejos. Debían recorrer un camino largo y difícil.

Pues bien, también hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Señor. Por decirlo así, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo fácilmente. Pero la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo. Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo.

Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él. Pero hay sendas para todos. El Señor va poniendo hitos adecuados a cada uno. Él nos llama a todos.

Benedicto XVI, 24-12-2009

En este tiempo Navidad, el mismo aire se llena de deseos, entremezclados sí, pero rondando en todos ese íntimo sueño que trae el nacer del Niño: Amor. Son muchas las formas del Amor, ese tan de nuestro Señor, el Señor de todos tanto si le acogen como si le rechazan. Y hablamos de paz, de justicia, de solidaridad, de fraternidad, de gozo y alegría…  Hablamos de Dios-con-nosotros.

Al acercarnos a este misterio de Dios hecho hombre, Edith Stein nos ofrece la profunda meditación de quien vivió intensamente en el corazón divino y en el corazón de la humana historia. Llega la luz, ¿podemos verla ya quebrando la oscuridad? Porque no podemos olvidar, si somos fieles a Cristo, las oscuridades que hoy como ayer cubren nuestro mundo. Hemos de mirarlas con toda la fuerza de su concreción. El pecado, el mal o el dolor no son abstracciones poéticamente trágicas, sino siempre rostros y nombres y situaciones que no podemos dejar caer en el olvido. Por eso, Edith, desde la fe exultante en el Dios encarnado, afirma: “La estrella de Belén es, incluso hoy, una estrella en la noche oscura.”

Cada año revivimos este misterio central de nuestra vida creyente: el Hijo de Dios se hizo Hombre. La Luz divina rasga la oscuridad que nos envuelve, que impregna nuestros corazones, nuestras relaciones, nuestra historia. Algo en la humanidad persiste cerrado ante el Amor: “Las tinieblas cubrían la tierra y Él vino como la luz que alumbra en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron.”

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Hay una frase de Dostoievski que me está acompañando en estos meses, a la hora de hablar del cristianismo a personas muy diferentes, tanto en Italia como en el extranjero: «Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, creer verdaderamente, en la divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios?». Esta pregunta es un reto para cada uno de nosotros. De cómo se responda a ella depende el éxito de la fe en nuestros días.

En un discurso de 1996, el entonces cardenal Ratzinger respondía que la fe seguirá siendo válida hoy «porque se corresponde con la naturaleza del hombre. En el hombre hay un anhelo y una nostalgia inextinguibles de lo infinito». Y además indicaba la condición necesaria: para poner de manifiesto todo el alcance de su pretensión, el cristianismo necesita encontrar la humanidad que late en cada uno de nosotros.

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“Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor”

 

Dondequiera que haya un “nosotros” que acoge el amor de Dios, allí resplandece la luz de Cristo, incluso en las situaciones más difíciles.

La Iglesia, como la Virgen María, ofrece al mundo a Jesús, el Hijo que ella misma ha recibido como un don, y que ha venido para liberar al hombre de la esclavitud del pecado. Como María, la Iglesia no tiene miedo, porque aquel Niño es su fuerza. Pero no se lo guarda para sí: lo ofrece a cuantos lo buscan con corazón sincero, a los humildes de la tierra y a los afligidos, a las víctimas de la violencia, a todos los que desean ardientemente el bien de la paz.

También hoy, dirigiéndose a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica, pero antes de nada de carácter moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos, la Iglesia repite con los pastores, queriendo compartir y ser fiel al hombre: “Vamos derechos a Belén” (Lc 2,15), allí encontraremos nuestra esperanza

Del Mensaje de Navidad de Benedicto XVI, 25-12-2009

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La Epifanía es la historia de un viaje de ida y vuelta. Dios vino a los suyos en pobreza y debilidad y los suyos no lo reconocieron ni lo recibieron. Este viaje es la Epifanía, la manifestación de Dios a los hombres. La vida del creyente es también la historia de un viaje, un viaje al encuentro de Dios. Si Dios sale a mi encuentro, yo también tengo que salir a su encuentro. Navidad es la cita del amor de Dios con cada uno de nosotros. Navidad es el viaje de Dios que sale a nuestro encuentro. ¿Hay sitio en tu corazón? ¿Estoy dispuesto a acudir a la cita del amor?

 

Todos de pequeños hemos jugado a lanzar piedras en algún estanque o algún lago. ¿Quién lanzaba la piedra más lejos? ¿Quién hacía más ondas? Jesús fue, por así decir, como una piedra lanzada en el Oriente. La primera onda alcanzó a los judíos. La segunda onda a los gentiles. La tercera y la cuarta… hasta llegar a nosotros. Y hasta que la última llegue a toda la humanidad y conecte con el acontecimiento Cristo. Ondas de amor y de luz emanan de la piedra Cristo y alcanzan a muchos hombres.

 

Este evangelio de los Magos debiera ser el evangelio de nuestra historia personal. No basta que digas: ¡qué hermosa la historia de los tres Reyes Magos!. ¡Qué suerte la de los tres Reyes guiados por la estrella!. ¡Qué suerte la de Jesús que le ofrecieron oro, incienso y mirra! No, tienes que dejarte tocar por el evangelio. Mi vida es una eterna pregunta: ¿Dónde está el Rey que ha nacido para ir a adorarle? Mi vida es esta búsqueda y este viaje hacia Dios. Búsqueda a pesar de las dificultades del camino, a pesar de que la estrella se oculte, a pesar de que la vida no me sonríe, a pesar de que el mundo parece hundirse, a pesar de los escándalos y las traiciones…

 

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Los Magos hicieron un largo viaje, la cita era en Belén, la cita era con el Rey, el jefe, el pastor de Israel, con un niño recién nacido. Los Magos que no tenían ni los profetas, ni las promesas, ni las tradiciones, ni la esperanza de un Mesías… se pusieron a viajar en busca de Dios. Los Magos, unos extranjeros, vinieron a enseñar a los judíos una estrella que brillaba en su propio cielo y no la habían visto. Los Magos, unos sacerdotes paganos, vinieron a enseñar a los judíos, los herederos, que el Señor ya había viajado hasta nosotros.

 

Los judíos, los sacerdotes, los escribas y Herodes siguieron estudiando la Biblia, pero no se pusieron en camino. Nunca hicieron el viaje al lugar de la cita, Belén, a la cita con Jesús. Los profesionales de la religión no encontraron al Dios de la vida. Su libro santo no les sirvió de nada. Porque Jesús no es un libro, es el Salvador. Más tarde estos profesionales rechazaron y mataron a Jesús y a sus seguidores.

 

Hermanos, hay que viajar al lugar de la cita del amor y con el amor. Hay que viajar y preguntar el camino como los Magos y no descansar hasta encontrar al Rey. Hay que viajar, sin regresar a los Herodes, que quieren matar el amor de Dios que llevamos todos dentro.  Hay que viajar al encuentro del Dios que nos ha visitado en su hijo. Hay que viajar sin maletas, con el corazón abierto para adorar a Dios.

 

“Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”.

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El Evangelio de la Navidad nos muestra con los pastores y con María cuál debe ser nuestra respuesta y nuestra actitud ante el pesebre de Cristo. Los pastores personifican la respuesta de fe ante el anuncio del misterio. Dejan «sin demora» su rebaño, interrumpen su descanso; todo pasa a un segundo plano frente a la invitación de Dios; María personifica la actitud contemplativa y profunda de quien, en silencio, contempla y adora el misterio: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón». Jesucristo eligió la pobreza; hay en ella un valor y una esperanza.  

La Navidad nos aparece en él como la fiesta del amor que se hace pobre por nosotros. El rey del cielo nace «en una gruta en el frío y en el hielo»; al creador del mundo «le faltan paños y fuego». Esta pobreza nos conmueve, sabiendo que fue el amor el que hizo pobre al Hijo de Dios. Se expresa el significado de la Navidad que el apóstol Pablo encerraba en las palabras: «Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8,9).

Hay infinitas formas de pobreza que, al menos una vez al año, vale la pena recordar, para no quedarnos siempre en la pobreza de los bienes materiales. Existe la pobreza de afectos, la pobreza de educación, la pobreza de quien ha sido privado de lo que le era más querido en el mundo, la pobreza de la esposa rechazada por el marido o del marido rechazado por la esposa; la pobreza de los esposos que no han podido tener hijos, de quien debe depender físicamente de otros. La pobreza de esperanza, de alegría. Finalmente la peor pobreza de todas, que es la pobreza de Dios.

Existen pobrezas, propias y ajenas, contra las cuales hay que luchar con todas las fuerzas, porque son pobrezas malas, deshumanizadoras, no queridas por Dios, fruto de la injusticia de los hombres; pero hay muchas formas de pobreza que no dependen de nosotros. Con estas últimas debemos reconciliarnos, no dejarnos aplastar por ellas, sino llevarlas con dignidad.

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Queridos hermanos y hermanas, este año se cierra con la conciencia de una crisis económica y social creciente, que interesa ya al mundo entero; una crisis que pide a todos más sobriedad y solidaridad para venir en ayuda especialmente de las personas y de las familias con dificultades más serias. La comunidad cristiana se está ya empeñando, y sé que la Cáritas diocesana y las demás organizaciones benéficas hacen lo posible, pero es necesaria la colaboración de todos, porque nadie puede pensar en construir por sí solo la propia felicidad. Aunque en el horizonte van apareciendo no pocas sombras en nuestro futuro, no debemos tener miedo. Nuestra gran esperanza como creyentes es la vida eterna en la comunión de Cristo y de toda la familia de Dios. Esta gran esperanza nos da la fuerza de afrontar y de superar la las dificultades de la vida en este mundo. La presencia maternal de María nos asegura esta noche que Dios no nos abandona nunca, si nos confiamos a Él y seguimos sus enseñanzas.

Queridos jóvenes, no tengáis miedo de la tarea apostólica que el Señor os confía, no dudéis en elegir un estilo de vida que no siga la mentalidad hedonista actual. El Espíritu Santo os asegura la fuerza necesaria para dar testimonio de la alegría de la fe y de la belleza de ser cristianos. Las crecientes necesidades de la evangelización requieren numerosos obreros en la viña del Señor: no dudéis en responderle con prontitud si Él os llama. La sociedad necesita ciudadanos que no se preocupen sólo de sus propios intereses, porque, como recordé el día de Navidad, “el mundo va a la ruina si cada uno piensa sólo en sí mismo”.

De la Homilía en las Primeras Vísperas del 31 de diciembre

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.