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El ángel que se apareció a las mujeres, la mañana de Pascua, les dijo: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”.

¡Ha resucitado, está vivo! La resurrección de Cristo es, para el universo del espíritu, lo que fue, según una teoría reciente, para el universo físico la “gran explosión”, el Big-bang inicial, cuando un “átomo” de materia se trasformó en energía, poniendo en marcha todo el movimiento de expansión del universo que continúa después de billones de años.

En efecto, todo cuanto existe y se mueve dentro de la Iglesia –sacramentos, palabras, instituciones– saca su fuerza de la resurrección de Cristo. Es el nuevo fiat lux, ¡hágase la luz!, dicho por Dios.

Tomás tocó con el dedo esta fuente de toda energía espiritual, que es el cuerpo de Resucitado, y recibió de ella tal sacudida que al instante desaparecieron sus dudas y exclamó lleno de certeza: “¡Señor mío y Dios mío!. El propio Jesús, en aquella circunstancia, dijo a Tomás que hay un modo más dichoso de tocarlo, que es la fe: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Por tanto, el dedo con el que también nosotros podemos tocar al Resucitado es la fe.

Hermano, ¡Cristo ha resucitado! ¡Cree para ver!

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN.

 

También este domingo el Evangelio nos mete en la cena última de Jesús con sus discí­pulos, en la que Él hará la gran síntesis de su revelación: el Padre amado, el Espíritu prome­tido, el amor hasta la entrega total como su manifestación suprema.

Jesús propone un ex­traño modo de comprobar el amor verdadero hacia su Persona: guardar sus mandamientos, es decir, todo lo que su Palabra y su Persona han ido desvelando de tantas formas. No se trata de un “código de circu­lación” ética o religiosa, sino un modo nuevo e integral de vivir la existencia ante Dios, ante los demás, ante uno mismo.

No nace de la curiosidad por lo que Él hizo y dijo. Muchos vieron y escucharon al Maestro en su andadura humana, y tantos de ellos no entendieron nada. Era necesario que este nuevo modo de vivir la existen­cia, naciera de lo Alto, del Espíritu, como explicará el mismo Jesús en otra noche de confidencias al inquieto Nicodemo.

Por eso el Señor, tras haber dicho a los más suyos que amarle y guardar sus mandamientos es la fidelidad cristiana, les prometerá el envío de ese Espíritu. No hacemos una selección de sus enseñanzas en un cristianismo “a la carta”, en un cómodo “sírvase vd. mismo” dentro del bazar religioso. Para entender a Jesús hay que amarle, pero sólo ama quien no censura nin­guno de los factores que componen la vida y la palabra de la persona amada.

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El relato evangélico de este domingo, narra el entrañable momento en el que ya se vislumbra de la despedida de Jesús de sus discípulos. Y como todo adiós, cuando éste se da entre personas que se han que­rido, que han sido vulnerables a su recíproco amor, produce una resistencia, la amable rebe­lión de no querer aceptar una separación insufrible. Ese “no perdáis la calma” en labios de Jesús sale al paso de la comprensible zozobra, miedo quizás, de la gente que más ha compartido con el Señor su Persona y su Palabra. 

Toda la vida del Señor, fue una manifestación maravillosa de cómo lle­gar hasta Dios, cómo entrar en su Casa y habitar en su Hogar. La Persona de Jesús es el icono, la imagen visible del Padre invisible.

Y esto es lo que tan provocatorio resultaba a unos y a otros: que pudiera uno allegarse hasta Dios sin alarde de estrategias complicadas, sin ex­hibición de poderíos, sin arrogancias sabihondas: que Dios fuera tan accesible, que se pudiera llegar a El por caminos en los que podían andar los pequeños, los enfermos, los pobres, los pecadores… Y esto será en definitiva lo que le costará la vida a Jesús.

Ya no es un Rostro tremendo el de Dios, que provoca el miedo o acorrala en una virtud hija de la amenaza y de la mordaza. Quien ha visto y ha oído a Jesús, ha contemplado y escuchado al Padre, Quien cree en Jesús, cree en su Padre. El camino de Jesús, es el camino de la bienaventuranza, el de la verdad, el de la justicia, el de la misericordia y la ternura.

Pero tal revelación no se reduce a un manifestar imposibles que nos dejarían tristes por su inalcan­zabilidad. Jesús no sólo es el Camino, sino también el Caminante, el que se ha puesto a andar nuestra peregrinación por la vida, vivirlo todo, hasta haberse hecho muerte y dolor abandonado.                                                                                                                                                                                                                                                

Jesús no se limitó a señalarnos “otro camino” sino que nos abrazó en el suyo, y en ese abrazo nos posibilitó andar en bienaventuranzas, en perdón, en paz, en luz y verdad, en gracia. El es Camino y Caminante… más grande que todos nuestros tropiezos y caídas, mayor que nuestras muertes y pecados.

Los cristianos no somos gente diferente, ni tenemos exención fiscal para la salvación, sino que en medio de nuestras caídas y dificultades, en medio de nuestros errores e incoherencias, que­remos caminar por este Camino, adherirnos a esta Verdad, y con-vivir en esta Vida: la de Quien nos abrió el hogar del Padre haciendo de nuestra vida un hogar en la que somos hijos ante Dios y hermanos entre nosotros.

Mons. Jesús Sanz Montes, OFM

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El cuarto domingo de Pascua se conoce como el del Buen Pastor: El pastor que da la vida; el pastor que se hace pasto para alimentar nuestra indigencia. Jesús es, como nos dirá el evangelio de este domingo, Pastor y Puerta para acceder a la luz, a la libertad, a la Vida.

La imagen del pastor es inseparable de la de las ovejas. “Tengo otras ovejas que no están en el redil. Las traeré y escucharán mi voz”. Esas ovejas podemos ser cualquiera: cristianos bautizados, que empezaron a alejarse en el día de la tormenta y hoy vagan en la indiferencia religiosa; jóvenes que pasaron por la confirmación y, tras el rito, desaparecieron; tal vez los hijos a quienes se inculcó la fe y hoy los vemos ajenos a todo lo que huela a religioso; pueden ser personas que piensan que Dios es un obstáculo para la liberación del hombre…

La increencia y la indiferencia son un reto a nuestra acción evangelizadora. Quien entienda la tarea evangelizadora como proselitismo, es lógico que tenga miedo a herir, que no llegue nunca al anuncio explícito de Jesucristo, muerto y resucitado. Quien haya experimentado que la acción pastoral está encaminada a que las ovejas tengan vida y vida en plenitud”no podrá silenciar el Evangelio. La fe es una oferta que se ofrece a la libertad del hombre, pero a nadie se le impone.

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El evangelio de este domingo —el tercero de Pascua— es el célebre relato llamado de los discípulos de Emaús. En él se nos habla de dos seguidores de Cristo que, el día siguiente al sábado, es decir, el tercero desde su muerte, tristes y abatidos dejaron Jerusalén para dirigirse a una aldea poco distante, llamada precisamente Emaús. A lo largo del camino, se les unió Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocieron.

Sintiéndolos desconsolados, les explicó, basándose en las Escrituras, que el Mesías debía padecer y morir para entrar en su gloria. Después, entró con ellos en casa, se sentó a la mesa, bendijo el pan y lo partió. En ese momento lo reconocieron, pero él desapareció de su vista, dejándolos asombrados ante aquel pan partido, nuevo signo de su presencia. Los dos volvieron inmediatamente a Jerusalén y contaron a los demás discípulos lo que había sucedido.

La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Hay diversas hipótesis, y esto es sugestivo, porque nos permite pensar que Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna.

En la conversación de los discípulos con el peregrino desconocido impresiona la expresión que el evangelista san Lucas pone en los labios de uno de ellos: «Nosotros esperábamos…» (Lc 24, 21). Este verbo en pasado lo dice todo: Hemos creído, hemos seguido, hemos esperado…, pero ahora todo ha terminado. También Jesús de Nazaret, que se había manifestado como un profeta poderoso en obras y palabras, ha fracasado, y nosotros estamos decepcionados.

Este drama de los discípulos de Emaús es como un espejo de la situación de muchos cristianos de nuestro tiempo. Al parecer, la esperanza de la fe ha fracasado. La fe misma entra en crisis a causa de experiencias negativas que nos llevan a sentirnos abandonados por el Señor. Pero este camino hacia Emaús, por el que avanzamos, puede llegar a ser el camino de una purificación y maduración de nuestra fe en Dios.

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Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

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Pentecostés es la fiesta “del Espíritu”: del Espíritu de Jesús, del Espíritu en la Iglesia, del Espíritu de todo bautizado. Por eso cierra el Ciclo Pascual de los 50 días.

La Iglesia en sus comienzos estrena la fiesta del Espíritu Santo. Está presente en la comunidad primitiva: Los discípulos, las mujeres y, entre ellas, María la Madre de Jesús. Todos quedan llenos de Espíritu Santo. Y la Iglesia comienza el anuncio, su misión ante la humanidad.

Jesús regala el Espíritu, “exhaló su aliento sobre ellos”, repite el gesto primordial del Creador que alienta sobre el barro del primer ser humano y le da vida. Así ahora, el Espíritu brota de la boca de Jesús para dar vida nueva a nuevas criaturas, a una nueva creación.

Donde está el Espíritu no hay distinciones, a todos llena. El Espíritu a todos comunica su fuerza, su ánimo; en torno a él surge la nueva condición humana del amor. La plenitud del Espíritu nos va haciendo tomar conciencia de que somos una nueva creación, de que somos consagrados en la verdad y en la libertad.

 

Escuchando de labios del Señor la invitación constante al amor como estilo de vida, vamos agotando las semanas de Pascua.
 
Jesús ha ascendido a los cielos, sus discípulos le han visto desaparecer entre las nubes, pero no les queda tristeza: Volvieron a Jerusalén con gran alegría, con una impactante experiencia: que el Maestro ha vencido la muerte y que en Él se han cumplido las Escrituras; que ya hay motivo para la esperanza y razones para comprometerse.
 
Los apóstoles conocían las maneras de actuar el Señor, las enseñanzas y la Palabra que predicó; les era notorio lo vivido cerca del Maestro, la exquisita obediencia al Padre, su auténtica y constante oración; también sabían de persecuciones, de su admirable humildad; habían sido testigos de los acontecimientos de dolor y muerte en cruz y, sobre todo, podían certificar que lo han visto resucitado.
 
Sin embargo, comienzan tiempos nuevos; serán ellos los que deban abrir nuevos surcos. El Señor ya les había advertido acerca de lo que les espera, les adelanta los acontecimientos para que no se atemoricen:
  
«Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo».
 
Les está diciendo que no teman, que lo que les va a suceder será obra de Dios, no de ellos, aunque ellos serán los primeros en sorprenderse de las maravillas que hará Dios a través de sus personas.
 

Comienza este Evangelio con una expresión que nos acerca implícitamente a la fe de Nuestra Señora: guardar la Palabra de Dios y dejar que Él nos ame haciendo morada en nosotros. María amó al Señor guardando sus Palabras y viviéndolas, por eso la llamarían todos bienaventurada, empezando por el mismo Jesús. Y por eso también su corazón fue constituido morada de Dios, donde encontrar su Presencia y donde escuchar su Voz.

Esta fue la grandeza de María y la más alta maternidad. Amar a Dios es guardar así su Palabra, como hizo María, dejando que haga y diga en nosotros, incluso más allá de lo que nuestro corazón es capaz de comprender.

Jesús hace una promesa fundamental: el Padre enviará en su nombre un Consolador (un Paráclito), el Espíritu Santo, para que enseñe y recuerde todo cuanto Jesús ha ido mostrando y diciendo, y que no siempre ha sido comprendido, ni guardado.

Justamente, la vida “espiritual” es acoger a este Espíritu prometido por Jesús, para que en nosotros y a nosotros enseñe y recuerde, tantas cosas que no acabamos de ver ni comprender en nuestra vida, tantas cosas que no hacemos en “memoria de Jesús”, y por eso las vivimos distraídamente, en un olvido que nos deja el corazón tembloroso y acobardado también, como el de aquellos discípulos, dividido por dentro y enfrentado por fuera.

La alusión que hemos hecho a María para comprender el trasfondo de este Evangelio no es una cuña banal e piadosa. La Palabra cumplida de Dios se hizo carne en la Santa Virgen.

Ella fue y es modelo de espera y de esperanza cuando todos se fueron huyendo a sus lágrimas, a sus ciudades, a sus quehaceres o a sus casas cerradas a cal y canto. Es como una “primera entrega” de lo que Dios regalaría a aquellos hombres, cuando con María reciban en Pentecostés el cumplimiento de eso que ahora se les prometía. Y lo que a ellos se les prometió también fue para nosotros.

No en vano el pueblo cristiano aprende a esperar este Espíritu Consolador con María, y a guardar las Palabras de Dios como ella en este tiempo de mayo florido.

Mons. Jesús Sanz Montes, ofm

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El texto que nos presenta el Evangelio de este domingo es casi una prolonga­ción del que escuchábamos el domingo pasado. Porque la consecuencia de sabernos pastoreados por Jesús, Buen Pastor de nuestras vidas, es justamente no ser noso­tros lobos para nadie. Y la consecuencia de estar en ese redil que son las manos del Padre, donde somos co­nocidos por nuestro nombre, es precisamente no ser extraños para nadie.

Este texto está tomado del Testamento de Jesús, de su Oración Sacerdotal. Todo a punto de cumplirse, como quien escrupulosamente se esmera en vivir lo que de él esperaba Otro, pero no como si fuera un guión artificial y sin entrañas, sino como quien realiza hasta el fondo y hasta el final un proyecto, un diseño de amor.

Y toda esa vida nacida para curar, para iluminar y para salvar, está a punto de ser sacrificada, en cuya entrega se dará gloria a Dios. Puede parecer hasta incluso morbosa esta visión de la muerte, o como siempre sucede, para unos será escándalo y para otros locura, risa y frivolidad para quien jamás ha intuido que el amor no consiste en dar muchas co­sas, sino que basta una sola: darse uno mismo, de una vez y para siempre.

En este contexto de dra­matismo dulce, de tensión serena, Jesús deja un mandato nuevo a los suyos: amarse recíprocamente como Él amó. Porque Jesús amó de otra manera, como nunca antes y nunca después. Esa era la novedad radical y escandalosa: amar hasta el final, a cada persona, en los momentos sublimes y estelares, como en los banales y cotidianos.

Porque lo apasionante de ser cristiano, de seguir a Jesús, es que aquello que sucedió hace 2000 años, vuelve a suceder… cuando por nosotros y por nuestra forma de amar y de amarnos, recono­cen que somos de Cristo. Más aún: que somos Cristo, Él en nosotros.

Es el aconte­cimiento que continúa. Quien ama así, deja entonces que Otro ame en él, y el mundo se va llenando ya de aquello que ese Otro –Jesús– fue y es: luz, bondad, paz, gracia, perdón, alegría… . Este es nuestro santo y seña, nuestra revolución: Amar como Él, y ser por ello reconocidos como pertenecientes a Jesús y a los de Jesús: su Iglesia.

Mons. Jesús Sanz Montes, ofm

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En este cuarto Domingo de Pascua, llamado “del Buen Pastor”, se celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones, que este año tiene como tema “El testimonio suscita vocaciones”, tema “estrechamente unido a la vida y a la misión de los sacerdotes y de los consagrados”.

La primera forma de testimonio que suscita vocaciones es la oración, como nos muestra el ejemplo de santa Mónica que, suplicando a Dios con humildad e insistencia, obtiene la gracia de ver volverse cristiano a su hijo Agustín, el cual escribe: “Sin duda creo y afirmo que por sus oraciones Dios me ha concedido la intención de no anteponer, no querer, no pensar, no amar otra cosa que la realización de la verdad.

Invito, por tanto, a los padres a rezar, para que el corazón de sus hijos se abra a la escucha del Buen Pastor, y “hasta el más pequeño germen de vocación… se convierta en árbol frondoso, colmado de frutos para bien de la Iglesia y de toda la humanidad”.

¿Cómo podemos escuchar la voz del Señor y reconocerlo? En la predicación de los Apóstoles y de sus sucesores: en ella resuena la voz de Cristo, que llama a la comunión con Dios y a la plenitud de vida, como leemos hoy en el Evangelio de san Juan: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10,27-28).

Sólo el Buen Pastor custodia con inmensa ternura a su grey y la defiende del mal, y sólo en Él los fieles pueden depositar absoluta confianza.

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Verdaderamente es impresionante este relato del evangelista Juan, cuando nos narra, a modo de apéndice, el ambiente de los discípulos de Jesús en Galilea, pasados los acontecimientos centrales de la fe, la muerte y la resurrección de Nuestro Señor.
  

Estoy convencido de que a estos hombres, en este tiempo de retiro, les vendrían miles de recuerdos de tantos momentos vividos tan cerca Jesús, especialmente en Galilea. ¿No recordaría Pedro cuando Jesús le asegura su oración para que no le venza en las pruebas el príncipe de este mundo, cuando les dice que «Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo»? Todavía no ha pasado mucho tiempo, pero ya conocen las persecuciones, y la oración de Cristo es indispensable, especialmente para Pedro, por el encargo que Jesús le confía, y las pruebas que les esperan.

Y es que Jesús fue preparando personalmente a todos los discípulos para la tarea que les iba a pedir, confirmándolos en la fe y abriendo su corazón para que le conocieran bien; pero la elección de Pedro fue especial; y su intencionalidad, evidente. El servicio de Pedro será confirmar a los hermanos en la fe y ayudarles a desarrollarla, para cuando vengan las pruebas: «Confirma a tus hermanos»; «Apacienta, pastorea a mis ovejas».
 
En una catequesis, nos recordaba el Papa Juan Pablo II que «Jesús es muy consciente de las dificultades de la fase histórica de la Iglesia, llamada a seguir el mismo camino de la Cruz, que Él recorrió. El cometido de Pedro, como cabeza de los Apóstoles, consistirá en sostener en la fe a sus hermanos y a toda la Iglesia.
  
Y, dado que la fe no se puede conservar sin lucha, Pedro deberá ayudar a los fieles en la lucha por vencer todo lo que haga perder o debilitarse su fe». Ésta es, pues, la finalidad a la que Pedro debe orientar su misión de confirmar y sostener en la fe: la comunión fraterna, en virtud de la fe.

En este momento histórico, los cristianos católicos estamos viendo cómo son las persecuciones y los caminos que recorren, cuando se pretende poner en el punto de mira al Santo Padre. Que sepa todo el mundo que nosotros reconocemos hoy, en la persona de Benedicto XVI, al elegido por el Señor para pastorear a la Iglesia, y cuando le miramos, decimos: ¡Ahí está Pedro!, fortalecido con la oración de Jesús, que lo libra de sus enemigos.
 
Reconocemos que su magisterio nos ayuda a crecer en la fe y nos anima a consolidar la comunión entre todos los hermanos; y le queremos.
 
Te ruego, querido y paciente lector, que hagas una oración al Señor resucitado por el Papa, hombre de Dios, hombre de Paz, para que sienta en su ministerio petrino cómo le necesitamos.
Mons.  José Manuel Lorca Planes

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.