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En este texto seleccionado de Edith Stein se nos invita a conocer nuestra propia interioridad para abrirnos a la gracia y aceptar con disponibilidad la voluntad de Dios en cada amanecer.
“Lo que nosotros podemos y tenemos que hacer es: abrirnos a la gracia. Esto significa renunciar totalmente a nuestra propia voluntad, para entregarnos totalmente a la voluntad divina, poniendo nuestra alma, dispuesta a recibirle y dejarse modelar por El, en las manos de Dios. Este es el contexto primario que nos permite vaciarnos de nosotros mismos y alcanzar un estado de paz interior.
Nuestra interioridad se ve colmada por propia naturaleza de muy diversas maneras hasta tal punto, que una cosa empuja a la otra y todas ellas mantienen el alma en un movimiento constante; a menudo incluso en conflicto y perturbación. Las obligaciones y preocupaciones del día se acumulan en nuestro entorno en el momento mismo de despertarnos por la mañana, si es que no interrumpieron ya la tranquilidad de la noche. En ese momento se plantean ya cuestiones tan incómodas como estas: ¿Cómo puedo sobrellevar tantas cosas en un solo día? ¿Cuándo podré hacer esto o aquello? ¿Cómo puedo solucionar tal o cual problema? Parece que quisiéramos lanzarnos agitadamente o precipitarnos sobre los acontecimientos del día, para poder tomar las riendas en las manos y decir: ¡hecho!
Pero realmente importante es no dejarse turbar en ese momento: mi primera hora en la mañana le pertenece al Señor. Hoy quiero ocuparme de las obras que el Señor quiere encomendarme y El me dará la fuerza para realizarlas. De esa manera quiero subir al altar del Señor. Aquí no está en juego mi propia persona o mis cuestiones personales, pequeñas y sin importancia, aquí se trata de la gran ofrenda expiatoria. Yo puedo participar de ella para purificarme y llenarme de alegría y para ofrecerme en el altar con todas mis obras y mis sufrimientos.

El Evangelio de Pascua nos habla de una mujer, Maria Magalena, que llora, llena de desconcierto, como si la muerte de Jesús hubiera sellado el fracaso de todas sus esperanzas. Sin embargo, mientras que, por miedo, los apóstoles de Jesús se han encerrado, ella va a la tumba. Este gesto expresa no solamente su duelo, sino también una espera,, por muy confusa que ella esté . Es la espera de un amor, que ningún sufrimiento por grande que sea puede hacer desaparecer por completo.
Entonces Jesús, el Resucitado, viene hacia ella. Ocurre de una manera completamente inesperada, no triunfalmente, sino tan humildemente que ella no le reconoce, ella le toma por el jardinero. Y Jesús la llama por su nombre, « María », esto va a cambiarlo todo. María reconoce en su corazón la voz de Jesús. Ella se vuelve hacia él y le llama a su vez : « Rabbuní, Señor. » Una vida nueva comienza en ella , tiene confianza en que Jesús está cerca , aunque su presencia sea en adelante diferente. Luego el Resucitado la envia: « Vete donde mis hermanos y diles que ¡he resucitado! » Su vida recibe un sentido nuevo, ella tiene una tarea que cumplir.
También nosotros, somos como María Magdalena junto a la tumba. Como en ella, hay en nosotros una espera, con frecuencia, cuestiones que no están resueltas. La espera, la experimentamos a veces como una carencia o un vacio. La manifestamos quizá mediante un grito de angustia o sin palabras, con un simple suspiro. Desde ahí nuestro ser comienza a abrirse a Dios. Es la espera, aunque confusa, de una comunión, que nos ha hecho vivir ya de la confianza en Dios.

«¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?»
Ninguna pregunta me ha impresionado en la vida tanto como ésta. Solamente ha habido un Hombre en el mundo que podía responderme, planteando una nueva pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si luego se pierde a sí mismo? O, ¿qué podrá dar el hombre a cambio de sí?»
¡No he escuchado jamás dirigirme ninguna otra pregunta que me dejara tan cortada la respiración como ésta de Cristo! ¡Ningún hombre puede sentirse afirmado mejor, con la dignidad de quien tiene un valor absoluto que está por encima de cualquier logro suyo! ¡Nadie en el mundo ha podido jamás hablar así! Solamente Cristo se toma toda mi humanidad en serio. Es lo que llenaba de estupor a Dionisio el Areopagita (siglo V): «¿Quién podrá hablarnos del amor singular que tiene Cristo al hombre, desbordante de paz?».
Era una sencillez de corazón lo que me hacía sentir y reconocer como algo excepcional a Cristo, con esa certeza inmediata que produce la evidencia indiscutible e indestructible de ciertos factores y momentos de la realidad, que, cuando entran en el horizonte de nuestra persona, nos golpean hasta el fondo de nuestro corazón. Reconocer lo que es Cristo en nuestra vida afecta entonces por entero a la conciencia con la que vivimos: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».
“Me levantaré, iré a mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”
¿Quién no ha metido la pata hasta el fondo alguna vez? Con uno mismo, con sus seres queridos, hasta con Dios… y sin que haya mucha excusa ni explicación. ¿Qué hacer ante ello?
Hay mucha gente que “lo soluciona” por su cuenta con Dios. Hay otra mucha que, como insistimos tanto en que Dios nos perdona todo, ha perdido la capacidad de percibir el mal causado… Hay quien lo identifica únicamente con incumplir normas, y quien cree que llamamos pecado a cosas que no lo son.
A veces hay que detenerse y pensar en aquello que, en nuestras vidas, supone una barrera en la relación con Dios, con nuestro mundo, con sus gentes o incluso con nosotros mismos. Aquello con lo que destruimos la voluntad de Dios para nosotros.
Decimos que pecamos “de pensamiento, palabra, obra…”. Y es verdad, algunas veces lo que pensamos, decimos o hacemos está mal. Hacemos daño a otros. (O se lo haríamos). Generamos dinámicas hirientes, con juicios a veces acerados e injustos (de pensamiento), con críticas mordaces (de palabra), negándonos a darles una oportunidad (de obra). Pecamos al convertirnos en el centro de nuestra vida, como si todo girase en torno a cada uno de nosotros. ¿No hay alguna vez que mis sentimientos se vuelven el único grito que oigo, mis deseos la única motivación y mis necesidades el único horizonte?
Tal vez en muchos casos no está tanto el acento en el tipo de vida que llevamos. Es fácil encontrarse con gente que, con honestidad, te dice que no siente que haga cosas muy malas… Y puede ser que sea así. Pero es importante pensar no sólo en lo que hacemos, sino en lo que dejamos sin hacer.
Si por miedo o por indiferencia, desaprovechamos la vida. Si, por comodidad, no somos capaces de dar aquellos pasos que sentimos que tendríamos que dar. Si, por egoísmo, dejamos de tender una mano, decir una palabra que nos pueda implicar, abrazar una situación complicada… entonces tal vez esté ahí nuestro pecado.
“El que haya oído y no haya puesto en práctica es similar a aquel hombre que edificó su casa sobre arena”. (Lc 6, 49)

A Dios le gusta la humildad, “porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad” (Santa Teresa). La vida nos presenta a menudo suficientes situaciones para instalarnos en la soberbia, para creernos mejores que los demás. Pero la vida nos ofrece también muchas oportunidades para ser humildes. La oración es una de ellas. Nos pone como discípulos ante Jesús. Lo que cuenta no es cómo nos vemos nosotros o como vemos a los demás; lo que cuenta es cómo nos ve y cómo nos quiere Dios.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. (Salmo 24)
Aventúrate a ser guiado por Jesús, camina en su luz. Dile al Señor cada mañana que te enseñe sus caminos. No pierdas tiempo en intentar acomodar a Dios a tu vida; hazlo al revés y encontrarás el gozo. Lee con calma la Palabra de Dios. Es una forma excelente de aprender. Descúbrele al Señor tu pecado. También ahí quiere mostrar su ternura.
El Señor nos enseña a orar y a vivir. Oración y vida van juntas, se dan la mano.“Si estás en éxtasis y tu hermano te necesita, deja tu éxtasis y vete a prestar ayuda al hermano. El Dios que dejas es menos seguro que el Dios que encuentras” (Ruysbroeck). El Señor nos enseña a orar y a vivir de forma agradecida: “La vida me había tirado por tierra, pero el encuentro con Cristo me ha dado fuerzas para retomarla otra vez, agradecidamente… He aprendido a amar la vida desde que sé para qué vivo” (Edith Stein).

Tiempo ordinario: es el tiempo que va desde el Bautismo del Señor hasta la Cuaresma y desde Pentecostés hasta el Adviento. La Iglesia celebra el Misterio Pascual de Jesucristo vivo en nuestro mundo.
La energía de la tierra, húmeda, oscura y fría, ha reventado el trigo, por el tallo y la raíz, hacia la Vida.
Un sí a la vida, una acogida, pone en marcha un milagro. ¡Algo crece!
Unas manos abiertas son la tierra, la semilla escondida es el amor de un Dios, que todo lo renueva.
En la experiencia cotidiana de los días, en el ruido, el dolor y la alegría, en el proceso lento de los pueblos, alguien regala lo que nace entre sus manos: la bondad, la paz, la vida.
Tiempo ordinario… el tiempo de cada día, el del trabajo, la escuela, las idas y las venidas. Las prisas y los afanes desgastan nuestra energía.
Tiempo ordinario… el tiempo de cada día, el de las bombas, la guerra, la paz, la lucha, la vida. El dolor y el egoísmo quieren cerrar la alegría.
Tiempo ordinario… el tiempo de cada día, en el que Dios te busca, y camina en tu camino. Susurra en tus oídos, una Palabra de dicha.
¡Ábrele el corazón, deja que habite tu vida!, que pacifique tu casa, que de sentido a tus días. Que su amor te haga libre, gratuito, creativo.
Es siempre el misterio de Pascua el que se hace presente en cada jornada del tiempo ordinario, con la Eucaristía que es la Pascua cotidiana y consagra así cada fragmento del tiempo de la Iglesia como liturgia de alabanza y presencia salvadora de Cristo en medio de la comunidad.

Desde el valle de las lágrimas, desde Gaza bañada en su sangre, una sangre que ha sofocado la felicidad en el corazón de un millón y medio de habitantes, os dirijo estas palabras de fe y esperanza. No utilizaré la palabra “amor”, esa palabra se ha quedado atragantada incluso en nuestras gargantas de cristianos. Los sacerdotes de la Iglesia levantan el estandarte de la esperanza para que Dios se apiade y compadezca de nosotros dejando para Él un resto en Gaza, y de esta forma no se apague la lámpara del cristianismo que encendió, en los comienzos de la Iglesia, el diácono Felipe. Que la compasión de Cristo eleve nuestro amor a Dios, aunque en estos momentos se encuentre en un “estado crítico”.
Desde mi corazón de sacerdote y párroco os pido que recéis por el alma de nuestra hija, nuestra querida hija de la escuela de la Sagrada Familia, la primera cristiana fallecida en esta guerra: Cristina Wadi al-Turk. Murió la mañana del sábado 2 de enero de 2009 a causa del miedo y del frío. Las ventanas de su casa estaban abiertas para proteger a los niños del efecto de la onda expansiva en los cristales. Los cohetes pasaban por encima de su casa, afectando a todos los vecinos y haciendo que todo se moviera amenazadoramente. No pudo soportar todo eso y se fue a quejarse al Creador y a pedirle una nueva casa y un refugio donde no hubiera llanto ni cohetes, ni gemidos sino alegría y felicidad.
Queridos hermanos en Cristo, lo que veis en vuestras pantallas de televisión y lo que oís no es en absoluto todo el sufrimiento real por el que está pasando nuestro pueblo de Gaza. Ni la televisión ni la radio pueden transmitir en toda su amplitud lo que está pasando en nuestra tierra. El asedio de Gaza es un huracán que crece por momentos hasta convertirse en un crimen contra la humanidad. El pueblo de Gaza hoy, lleva su tragedia al juicio de la conciencia de cada hombre “de buena voluntad”. El tiempo venidero será el tiempo del juicio justo de Dios.

A veces me preocupa vivir dándote por sentado. Nos vamos conociendo, y me es familiar tu palabra. Sé que hablas del prójimo, y puedo repetir de memoria tus bienaventuranzas. Veo tu cruz en dibujos y cuadros. Rezo con ella. Voy a misa, y a veces el rito me es tan familiar que se me va la cabeza a mil cosas.
No es mala voluntad, sino la confianza, que es así. Pero hoy me pregunto si no te me estarás volviendo tan habitual que dejo de percibir la forma, siempre distinta, en que tu evangelio puede sacudirme.
Y es que tu palabra, viva en Jesús, susurrada por tu espíritu, recogida en la Biblia y transmitida en la historia, no deja de ser como un río embravecido que se puede saltar cualquier defensa. Una parábola que atraviesa el tiempo para hablar de mí. Una declaración de amor que me sacude, porque siento que acuna mi flaqueza. Un grito de envío que me lanza a las gentes, para curar, compartir y amar…
Tu palabra también puede provocar; exige, invita, llama… me enfrenta con mis contradicciones. Me asusta si me veo demasiado incapaz de seguirte. O me inquieta si intuyo en el camino dificultad o renuncia.
Una revelación que ilumina mis incertidumbres o que me llena de alegría. Por eso te pido que me ayudes a seguir escuchando. Para que no te me conviertas en hábito o ruido de fondo. Para que tu evangelio sea siempre buena noticia que habla de los otros, de ti, de mi, de todo…
Es una palabra que habla de seguimiento y radicalidad, de pasión y entrega, de muerte y de Vida. Una palabra hermosa y difícil.
Por eso te pido que no me dejes domesticarla. No me permitas poner sordina a tu voz en mis oídos. No me dejes defenderme ni excusarme. Dame valentía para dejar que tu palabra cale hondo, para vivirte en serio, para dejar que tu amor me desnude un poco, para darme a tu manera.
No le reces a Dios mirando al cielo, ¡mira hacia adentro!
No busques a Dios lejos de ti, sino en ti mismo…
No le pidas a Dios lo que te falta: ¡búscalo tú mismo!, y Dios lo buscará contigo, porque ya te lo dio como promesa y como meta para que tú lo alcances…
No reproches a Dios por tu desgracia; ¡súfrela con Él! y Él sufrirá contigo; y si hay dos para un dolor, se sufre menos…
No le exijas a Dios que te gobierne a golpe de milagros desde afuera; ¡gobiérnate tú mismo! con responsable libertad, amando, y Dios te estará guiando ¡desde adentro y sin que sepas cómo!..
No le pidas a Dios que te responda cuando le hablas; ¡respóndele tú!, porque Él te habló primero; y si quieres seguir oyendo lo que falta escucha lo que ya te dijo…
No le pidas a Dios que te libere, desconociendo la libertad que ya te dió. ¡Anímate a vivir tu libertad! y sabrás que sólo fue posible porque tu Dios te quiere libre…
No le pidas a Dios que te ame, mientras tengas miedo de amar y de saberte amado. ¡Ámalo tú! y sabrás que si hay calor es porque hubo fuego, y que si tu puedes amar es porque Él te amó primero.
San Agustín
No está fácil hoy esto de creer en Ti, Señor. Porque hay tantos gritos, tantas palabras, tantas verdades, tantas historias que te oscurecen, te tapan, te silencian…Se hace a veces difícil no convertirte en rutina o en historia sabida, pero no vivida. Y a veces tengo la sensación, en esto de la fe, de ir peleándome un poco con todo, conmigo mismo, contigo o con un mundo que me llama de tantas maneras, invitándome a vivir sin evangelio, ni prójimo, ni cruz… Ayúdanos a creer, con pasión, con valentía, con hondura, con amor…
A veces cuesta hablar en tu nombre. O decir que creo en Ti. A veces me hacen sentir un bicho raro. En clase, en el trabajo, hasta en la familia, por tomarte demasiado en serio. Por buscar que tu evangelio sea algo más que un rumor. Da miedo la burla, y golpea la indiferencia. Y, sin embargo, no me dejes perder el coraje, la sed, la pasión, la búsqueda. No dejes que venza el silencio ni la comodidad. Ayúdame a creer en Ti.
Señor, perdona que te lo diga. A veces tu evangelio es exigente, y me asusta vivirlo. A veces no me lo pones fácil. A veces callas tanto, descolocas mis expectativas, no te siento, no te encuentro, no te entiendo… Y casi pienso que juegas conmigo… Hasta que me doy cuenta de que esa es tu grandeza. Desbordar, una y otra vez, lo que intuyo. Aparecer, siempre nuevo. Irte desnudando de capas, para mostrarte ante mí cada vez más hondo, más simple, más Amor. No permitas que deje de buscarte. Ayúdame a creer en Ti.
Porque a veces paso de Ti, me pierdo en trabajos, estudios, relaciones, proyectos… pero olvidando que, detrás de todo late tu manera de amar, de ser, de soñarme. Porque mi ego se infla (y Tú disminuyes), cuando debería ser al revés. Porque me instalo en lo ya sabido y dejo que se enfríe el amor por Ti.
Pero, afortunadamente, tú rompes todas las inercias y desbaratas todas las defensas. Tú dominas las corrientes y las tormentas. Y sigues presente, ganándome poco a poco, cautivándome, seduciéndome día a día y enviándome a vivir en este mundo, a tu manera. GRACIAS.
Que nunca nos falte el aliento para seguirte. Que no nos falte el deseo, el sueño, la ilusión para construir espacios de justicia, de misericordia, de encuentro.Que no falten las fuerzas, aunque sean pocas, o los amigos para apoyar el cansancio. Que no falte la fe en Ti, Dios de misericordia. Que no falte la esperanza, ni el amor. Que si faltan, todo parece gris. Pero si están, siempre se intuyen caminos. Pon, Señor, en nuestras vidas, coraje, pasión y horizonte.
Que no falte el amor a tu manera. A los desamados. A los tristes. A buenos –los amables- y malos –los que necesitan que alguien ame y transforme sus sombras. Amor a los justos –que reflejan tu justicia- e injustos –que, equivocados, se alejan de Ti. Amor cotidiano, frágil, encarnado en las cosas pequeñas de cada día. En la familia, en los estudios, en el trabajo. Amor que a veces emociona y otras es canto tranquilo, que serena y empuja. Amor que a veces me romperá un poco. Que no nos falte amar como Tú.
Que no falte el empuje para dar pasos. Para ponerme en marcha día a día. Para vivir a tu manera. Para pasar de las palabras a los hechos. Para alejarme de lo vacío. Para plantar cara a lo injusto. Para buscar, construir, actuar. Que no falte la valentía para arriesgar a veces, en nombre de aquellos por quienes nadie arriesga nada. Que no falte la capacidad de salir de los terrenos conocidos para descubrir un mundo que va mucho más allá de lo que ya conozco. Que no falte la inquietud por hacer de mi mundo cotidiano, ese de cada día, y sus rutinas, algo diferente y evangélico.
Que no falte el Espíritu que inspira y empuja, que alienta y seduce, que sugiere y grita. Que no falte tu voz que habla sin palabras, que resuena muy dentro y muy fuera (a veces). Que no falte tu destello intuido en tantos otros brillos.Que no falte tu Palabra que, cuando se escucha, nos despierta y nos pone en camino, hablando de prójimo, hermano, bienaventuranza. Que no falte tu fuerza que vuelve poderosa nuestra debilidad.
El Corazón
Dicen que es del tamaño de mi puño cerrado.
Pequeño, entonces,
pero basta
para poner en marcha todo esto.
Es un obrero
que trabaja bien,
aunque anhele el descanso,
y es un prisionero
que espera vagamente
escaparse.
El corazón tiene sus razones que la razón no puede comprender. El corazón tiene su propia dimensión de ser, que es completamente oscura para la mente. El corazón es más elevado y más profundo que la mente, está más allá de su alcance. Parece alocado. El amor siempre parece alocado porque no es utilitario. La mente es utilitaria. Lo utiliza todo para algún fin: esto es lo que significa ser utilitario. La mente tiene un propósito y está orientada hacia un fin; lo convierte todo en un medio. Y el amor no puede convertirse en un medio, ése es el problema. El amor mismo es el objetivo.
Los locos siempre demuestran una sabiduría sutil, y los sabios siempre se comportan como locos. Antiguamente, todos los grandes emperadores siempre tenían un bufón en la corte. También tenían a hombres muy sabios, consejeros, ministros y primeros ministros, pero siempre tenían un loco.
¿Por qué? Porque hay cosas que los llamados hombres sabios no pueden entender, que sólo un loco puede entender, porque los supuestos sabios son tan necios que su astucia y su inteligencia les cierran la mente. Un loco es simple, y era necesario porque muchas veces los supuestos sabios no decían las cosas al emperador por miedo. Un loco no teme a nadie, hablará sin importarle las consecuencias.
Así es como actúa un loco: de manera simple, sin pensar en los resultados. Un hombre inteligente siempre piensa en los resultados antes de actuar. En primer lugar piensa y luego actúa. El loco actúa sin pensárselo antes.
Cuando alguien alcanza la realización última, no es como vuestros sabios. No puede ser como ellos. Puede que sea como vuestros locos, pero no puede ser como vuestros sabios.
Cuando San Francisco se iluminó, solía llamarse a sí mismo «el loco de Dios». El papa era un hombre sabio y, cuando San Francisco fue a verlo, incluso él pensó que aquel hombre se había vuelto loco. San Francisco vino a ver al papa y el papa pensó que aquel hombre estaba loco. Pero los árboles, los pájaros y los peces pensaban de otro modo. Cuando San Francisco iba al río, los peces daban saltos de alegría para celebrar su venida. Miles de personas fueron testigos de este fenómeno: millones de peces saltaban simultáneamente; el río entero se llenaba de peces saltarines. San Francisco había venido y los peces se sentían felices. Y los pájaros le seguían donde quiera que iba; iban a posarse en sus piernas, en su cuerpo, en su regazo. Entendían a este loco mejor que el papa. Incluso los árboles que se habían secado y estaban a punto de morir reverdecían y volvían a florecer cuando se acercaba San Francisco. Los árboles entendían bien que aquel loco no era un loco ordinario: era el loco de Dios.








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