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Pues esta vida, cuando se presenta colmada de alegrías, engaña a muchos; pero Dios no engaña a nadie. Porque cuando el hombre se convierte a Dios no sólo cambian sus gustos, sino también sus alegrías; no le son arrebatadas, sino que cambian. Y aunque en esta vida no poseamos todavía de manera completa nuestra felicidad, sin embargo la esperanza que tenemos de alcanzarla es tan segura que debe ser antepuesta a todos los placeres de este mundo…

San Agustín

Una de la devociones más hermosas que la Iglesia Católica ha fomentado y que ha echado raíces en el corazón de tantos pueblos del mundo entero es la adoración del Santísimo o contemplación de Jesús Eucaristía, un acto de fe que permite un conocimiento gratuito de Cristo y un adentrarse en los sentimientos de su corazón.

Conocer a Cristo significa encontrarnos con él. Así es cómo conocemos a las personas. Hay diferencia entre saber de alguien y conocerlo. Esto último sólo es posible cuando nos hemos encontrado personalmente con él. ¡Cuántas personas consagradas se han especializado hoy en toda clase de saberes, pero apenas conocen a Cristo! No han tenido tiempo para ello por lo que difícilmente van a poder comunicar lo que no han conseguido aprender. ¡Nadie da lo que no tiene!

Ciertamente este conocimiento de Cristo no nos lo puede transmitir en último extremo ni la reflexión, ni la meditación. Es, como en el caso del Espíritu, puro don de Dios que tenemos que pedir.

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El ángel que se apareció a las mujeres, la mañana de Pascua, les dijo: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”.

¡Ha resucitado, está vivo! La resurrección de Cristo es, para el universo del espíritu, lo que fue, según una teoría reciente, para el universo físico la “gran explosión”, el Big-bang inicial, cuando un “átomo” de materia se trasformó en energía, poniendo en marcha todo el movimiento de expansión del universo que continúa después de billones de años.

En efecto, todo cuanto existe y se mueve dentro de la Iglesia –sacramentos, palabras, instituciones– saca su fuerza de la resurrección de Cristo. Es el nuevo fiat lux, ¡hágase la luz!, dicho por Dios.

Tomás tocó con el dedo esta fuente de toda energía espiritual, que es el cuerpo de Resucitado, y recibió de ella tal sacudida que al instante desaparecieron sus dudas y exclamó lleno de certeza: “¡Señor mío y Dios mío!. El propio Jesús, en aquella circunstancia, dijo a Tomás que hay un modo más dichoso de tocarlo, que es la fe: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Por tanto, el dedo con el que también nosotros podemos tocar al Resucitado es la fe.

Hermano, ¡Cristo ha resucitado! ¡Cree para ver!

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN.

 

Lo descolgó, lo envolvió en una sábana y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca…” (Lc 23,53)

El espacio del silencio y de la espera. En el que parece que nada ocurre, pero algo está germinando. El lugar del cansancio y cierta rendición. De una quietud callada. Hay muchos espacios en nuestro mundo que se asemejan a este. Muchos lugares donde parece que se palpa la derrota…

Pues bien, ese sepulcro en el que yace la Vida a punto de estallar, en el que la Palabra espera para volver a ser proclamada con estruendo, es hoy icono de esperanza para todas esas realidades vencidas y atravesadas, que siguen esperando que se haga la luz.

Señor, enséñame a esperar. A creer en las promesas, en tus promesas. Enséñame a sentir que, aunque no lo vea, la losa que cubre tantas realidades está a punto de romperse. Dame fe, Señor.

Cuando pienso en un joven de hoy que se está abriendo a la vida, me embarga una ternura infinita: ¿cómo se orientará en esta babel llena de oportunidades y de desafios en la que le toca vivir?

Basta ver la televisión, o acercarse a un puesto de periódicos o a una librería, para ver la variedad de opciones que tiene ante sí. Acertar es empresa ardua.

Pero si es conmovedor pensar en un chico ante semejante desafío, me asombra aún más que quien nos ha puesto en la realidad no haya tenido ningún reparo en correr semejante riesgo. Hasta el punto de escandalizar a quienes quisieran ahorrárselo a sí mismos y a los otros, sean éstos hijos, amigos, o alumnos.

El Misterio, sin embargo, no nos ha lanzado a la aventura de la vida sin proveernos de una brújula con la que poder orientarnos. Esta brújula es el corazón.

En nuestro tiempo el corazón es reducido a sentimiento, a estado de animo. Pero todos podemos reconocer en la experiencia que el corazón no se deja reducir, no se conforma con cualquier cosa. “El hombre está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente”, dice el Papa en su Mensaje. Nosotros lo sabemos bien.

Por eso, quien toma en serio su corazón, hecho para lo grande, empieza a tener un criterio para comprenderse a sí mismo y la vida, para juzgar la verdad o la falsedad de cualquier propuesta que se asome al horizonte de su vida. “Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría”.

 ¿Hay algo que esté a la altura de nuestras exigencias más profundas, que pueda responder a nuestro anhelo, grande como el infinito? Muchos responderán que tal cosa no existe, vista la decepción que en tantas ocasiones han experimentado al poner su esperanza en lo que estaba destinado a defraudarles. Pero ninguno de nosotros puede evitar esperar.

¿Es irracional esta espera? Entonces, ¿por qué esperamos? Porque es la cosa más racional: ninguno de nosotros puede asegurar que no existe. Pero sólo descubriremos que existe si tenemos la oportunidad de encontrar algo que verdaderamente corresponda a nuestra espera. Como los primeros que encontraron a Jesús: “jamás hemos vista una cosa igual”.

Desde que este hecho entró en la historia, nadie, que haya tenido noticia de él, ha podido o podrá estar tranquilo. Todo el escepticismo no podrá eliminarlo de la faz de la tierra. Estará allí, en el horizonte de su vida, como una promesa que constituye el mayor desafío que haya tenido que afrontar. “Quien me sigue recibirá el ciento por uno y la vida eterna”.

Sólo quien tenga la audacia de comprobar en la vida la promesa que contiene el anuncio cristiano podrá descubrir su capacidad de responder a su espera. Sin esta verificación no podrá existir una fe a la altura de la naturaleza racional del hombre, es decir, capaz de seguir interesándole.

Julián Carrón

Meses de enero y febrero, crepusculares, silenciosos, con el misterio escondido dentro, abiertos a la luz que crece día a día.

Meses de enero y febrero, los del tiempo ordinario, con el trabajo y la fatiga de cada día, y la vida de familia donde se forma la trama de la vida.

Meses de enero y febrero, silenciosos en la naturaleza, íntimos para la familia junto al fuego, con las cosas pequeñas, detalles de alegría.

Meses de enero y febrero, cuando la savia se asoma y los cereales rompen la tierra en busca de la luz.

Meses de enero y febrero, belleza del aquí y ahora, conversaciones íntimas, cruces de caminos, paso imparable hacia la vida.

Meses de enero y febrero, Dios siempre en medio. Tareas de un mundo nuevo entre las manos: la paz, la comunión, la mesa compartida.

Quizás es una de las dimensiones más profundas de la vida. Experimentar la vulnerabilidad. Herir a quien amas. Fallarle a quien se fia de ti. Saber que no hay marcha atrás, que los gestos, o las palabras, o las acciones, ya han desencadenado huracanes…

Y, sin embargo, descubrir la otra lógica. No la del rencor y la venganza. No la del agravio sin salida. No la del reproche definitivo. Sino la disposición para ayudar a sanar. La de mantener los puentes tendidos. La de amar o ser amado.

Si alguna vez le has fallado a quien quieres sabes de qué te hablo. Entonces comprendes lo que es el dolor por las acciones. Entonces te das cuenta de lo humano que es el arrepentimiento. No sé, hoy en día hay muchas personas que siempre se reafirman en sus seguridades, no se arrepienten de nada, no lamentan nada…

Pero créeme, si alguna vez hieres a quien te importa, por tu propio egoísmo, entonces entenderás lo que es el pecado, y lo que es la necesidad de perdón

Y si alguna vez experimentas el perdón anhelado. Si alguien que podría cerrarte la puerta la mantiene abierta. Si quien conoce tu fragilidad y tu barro sigue mirándote con aprecio. Si quien comparte tu historia lo hace más allá de la noche y el día.

Si quien podría juzgarte con dureza te mira con misericordia, entonces entenderás un poco más a Dios… y su Evangelio.

  

En verano recibimos muchos mensajes para mirarnos al espejo. A ver si estás guapo, bronceado, delgado, fibroso o curvilínea. Y la mayoría de las veces esa mirada conduce al desaliento. De algún modo, también Dios es como un espejo que hay que aprender a mirar, porque nos muestra lo mejor del ser humano.

No es como el espejo de la pared, que solo me muestra lo externo, el rostro, el semblante, la expresión, el cuerpo… Si miro bien, en la mirada de Dios descubro quién soy. Pero no es fácil aprender a verme con Tu ternura.

Ya sé lo que veo. Lo de todos los días. Manías, deseos, motivos. Recuerdos, esperanzas. Complejos. Éxitos y fracasos. Vanidad. O autocrítica. Heridas. Ausencias. Buenos y malos momentos. Me pienso con las ideas de siempre. Conozco bien mis palabras. Sé cuáles son sinceras y cuáles no.

Sé lo que me gusta de mí y lo que me enerva. En el mapa de mi vida destacan con fuerza unos nombres, y otro se me pasan desapercibidos… si me miro con mis ojos. Si me miro con mis ojos sigo girando, eternamente en torno a mí mismo. (Yo, me, mí, conmigo…)

Vería, seguramente, algo distinto. Vería alguien muy amado. Vería posibilidades. Un proyecto. Una misión. Confiaría más.

Disfrutaría con lo que es regalo (en lugar de temer perderlo). Celebraría los nombres de mi vida con más libertad. Disfrutaría de las cosas pequeñas sin complicarlo todo. Adquiriría perspectiva para ver también alrededor. Tendría menos miedo. Quizás también vería las sombras reales, como oportunidad y llamada. Así que, Señor, muéstramelo. ¿Qué ves cuando me miras?

Probablemente también la vida sería mucho más honda, más plena. Aprendería a mirar con tu ternura a los otros –quizás incluso a quienes me resultan difíciles en el trato. Vibraría con las heridas de quienes se sienten abatidos. Me dolería la angustia del hambriento. Celebraría más las fiestas ajenas.

Intuiría el caudal de vida que corre por debajo de cada ser humano. Creería de veras en la gente. Descubriría lo amable en cada persona, que en todos hay algo amable. Encontraría motivos para tender la mano antes que para levantar muros.

A veces parece más fácil encontrarte en lo especial, en lo diferente, en lo extraordinario. En una experiencia única, en una amistad increíble, en un amor apasionante, en un acto de heroísmo, en una cruz tremenda…

Pero lo cierto es que también estás en lo cotidiano, en lo que ocurre cada día, en el hoy. Y es importante aprender a verte ahí.

Eres el Dios de lo normal, de las horas tranquilas, de las relaciones serenas, de los gestos sencillos, de las melodías familiares, de las pequeñas alegrías y de las renuncias discretas.

Aunque a veces me cuesta darme cuenta. Parece que siempre tiene uno que estar sintiendo mucho, viviendo mucho, experimentando algo nuevo, diferente. Parece que de otro modo estás encerrado en una vida vulgar.

Pero en realidad lo que es un poco tonto es valorar solo lo especial, o creer que eso es lo que da sentido a la vida.

Porque hay muchas vivencias cotidianas que, si lo pienso bien, son algo grande: El pan nuestro de cada día, la palabra, llena de posibilidades, el ocio, el trabajo, aprender, estudiar, las rutinas que van marcando los días, los términos medios, las inquietudes por cosas sencillas…

Ayúdame, Señor, a valorar lo normal.

A veces también se puede caer en la ceguera respecto a las presencias más habituales. Uno da por sentado a la familia, a muchos amigos, a gente cuya vida se cruza con la tuya sin tener que dejar una huella definitiva…. Y parece que si sus nombres no van a quedar grabados a fuego en el corazón uno deja de darse cuenta de lo mucho que importan.

Y uno deja de comprender cómo se teje la vida en conversaciones sencillas, en colaboraciones puntuales, en afectos tranquilos.

Ayúdame, Señor, a buscarte en las gentes de mi vida.

Sucedió en la última guerra mundial, en una gran ciudad alemana los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las “víctimas” fue el Cristo que presidía el altar mayor que quedó literalmente destrozado.

Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de mosaiquistas su Cristo bombardeado y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo… menos en los brazos. De éstos no había quedado ni rastro ¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacristía?

Decidieron devolverle al altar mayor, tal como había quedado, pero en lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que decía: “Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros”. Y allí está, invitando a colaborar con Él, ese Cristo de los brazos inexistentes.

Bueno, en realidad siempre ha sido así. Desde el día de la creación, Dios no tiene más brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él mismo había sembrado.

 

Pentecostés es la fiesta “del Espíritu”: del Espíritu de Jesús, del Espíritu en la Iglesia, del Espíritu de todo bautizado. Por eso cierra el Ciclo Pascual de los 50 días.

La Iglesia en sus comienzos estrena la fiesta del Espíritu Santo. Está presente en la comunidad primitiva: Los discípulos, las mujeres y, entre ellas, María la Madre de Jesús. Todos quedan llenos de Espíritu Santo. Y la Iglesia comienza el anuncio, su misión ante la humanidad.

Jesús regala el Espíritu, “exhaló su aliento sobre ellos”, repite el gesto primordial del Creador que alienta sobre el barro del primer ser humano y le da vida. Así ahora, el Espíritu brota de la boca de Jesús para dar vida nueva a nuevas criaturas, a una nueva creación.

Donde está el Espíritu no hay distinciones, a todos llena. El Espíritu a todos comunica su fuerza, su ánimo; en torno a él surge la nueva condición humana del amor. La plenitud del Espíritu nos va haciendo tomar conciencia de que somos una nueva creación, de que somos consagrados en la verdad y en la libertad.

Cristo sufre más que nosotros por la humillación de sus sacerdotes y por la aflicción de su Iglesia; si la permite, es porque conoce el bien que puede brotar de ella, de cara a una mayor pureza de su Iglesia.

¡Si hay humildad, la Iglesia saldrá más resplandeciente que nunca de esta guerra! El encarnizamiento de los medios de comunicación – lo vemos también en otros casos – a la larga obtiene el efecto contrario al deseado por ellos.

La invitación de Cristo: “Venid a mi, vosotros todos que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”, estaba dirigido, en primer lugar, a quienes tenía alrededor suyo y hoy a sus sacerdotes.

“Venid a mi y encontraréis descanso”: el fruto más bello de este Año Sacerdotal será una vuelta a Cristo, una renovación de nuestra amistad con él. En su amor, el sacerdote encontrará todo aquello de lo que humanamente se ha privado, y “cien veces más”, según su promesa.

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CREER PARA VER

Padre, en aquellos momentos en que cuestionan mi fe dame serenidad y fuerza… Señor, cuando yo mismo me pregunte quien soy y quien eres para mí ayúdame a sentir Tu Amor … Que crea Padre, como el ciego, que confíe en Ti, que espere en Ti y que descubra quién eres en mi vida… Que me aferre, Señor, al Padre que ama, que cuida y protege a sus hijos, Y me aleje de la imagen castigadora y distante del fariseo… Porque al final siempre eres ternura, entrega y generosidad… Que la oración sea mi agua de Siloé, que tu Palabra sea el encuentro en el camino… que mi fe sea mi vista… que no se cierren mis ojos, que vea al mirar… Que me deje hacer por Ti como el ciego de Siloé… Y que mi boca bendiga tu nombre por haber experimentado tu Amor recibido.
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