La cercanía de la Navidad siempre despierta en el corazón de los cristianos la alegría. Por eso, a este tercer domingo de Adviento se le conoce como Gaudete. En él la Iglesia enciende las luces de la Navidad y comienza la fiesta. Nos dice: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca».

Sin embargo, el Evangelio que se escuchará en la Eucaristía puede dar la impresión de que mucho no colabora a la alegría. En él nos encontramos de nuevo con Juan el Bautista, pero en horas bajas. En realidad, la situación de Juan ha cambiado mucho desde la semana pasada. Ahora es muy precaria, está en la cárcel. Ya no es el profeta de tono poderoso que predicaba en el desierto. De un modo dramático se está cumpliendo lo que él mismo dijo: «Conviene que yo disminuya para que Él crezca».

En la debilidad del misterio del dolor y de la injusticia, Juan pasa por su noche oscura y tiene incluso dificultades para reconocer a Aquel que él mismo había anunciado. Por eso, envía a sus discípulos a que le pregunten, en su nombre, a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?»

En la respuesta que dará Jesús es donde realmente aparece la razón de la alegría que hoy anuncia la Iglesia. Jesús responde a la pregunta de Juan el Bautista con su vida. Les dice a los discípulos que le cuenten a su maestro lo que han visto y oído. Está seguro de que Juan le reconocerá como el Mesías por sus obras y palabras.

Este gran profeta, el último del Antiguo Testamento, el más grande de todos los que prepararon la llegada del reino de Dios, recordará lo dicho por Isaías, uno de sus predecesores, y quizás caiga en la cuenta de lo que quiere decirle Jesús: «Los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan. Y los pobres son evangelizados».

Pero es posible también que, en principio, esta respuesta no fuera la esperada por Juan, porque quizás las obras de Jesús no respondían del todo a sus expectativas. En realidad, él lo había anunciado con otros rasgos.

Sin embargo, no se escandaliza ante un Mesías misericordioso, bueno, acogedor y amigo de los pobres. Como todo buscador de Dios, Juan está humildemente abierto a la sorpresa y a la novedad; y, por eso, conocer a este Mesías no es para él una frustración; al contrario, es motivo de una gran alegría: en Jesús ha podido conocer el corazón de Dios y, ahora que participa de la condición de los pobres y los débiles, se sentiría alentado y feliz.

La alegría de la Navidad que hoy anuncia la Iglesia tiene precisamente su raíz y su fuerza en reconocer que Dios viene a nosotros en la sencillez, la humildad y el amor de Jesucristo.

Mons. Rodrígues Magro

Evangelio según san Mateo 11, 2-11:

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de dos de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?»

Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»

Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios.

Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».

 

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