Cuando te pido que me escuches y tú empiezas a aconsejarme, no estás haciendo lo que te he pedido. Cuando te pido que me escuches y tú empiezas a decirme por qué yo no debería sentirme así, no estás respetando mis sentimientos. Cuando te pido que me escuches y tú piensas que debes hacer algo para resolver mi problema, estás decepcionando mis esperanzas.

¡Escúchame! Todo lo que te pido es que me escuches, no que me hables ni que te tomes molestias por mí. Escúchame, sólo eso. Es fácil aconsejar. Pero yo no soy un incapaz. Tal vez me encuentre desanimado y con problemas, pero no soy un incapaz. Cuando tú haces por mí lo que yo mismo puedo y tengo necesidad de hacer, no estás haciendo otra cosa que atizar mis miedos y mi inseguridad. Pero cuando aceptas simplemente, que lo que siento me pertenece a mí, por muy irracional que sea, entonces no tengo por qué tratar de hacerte comprender más, y tengo que empezar a descubrir lo que hay dentro de mí. Seguramente es por esto por lo que la oración funciona: Dios está siempre ahí para escuchar.

 R. O’Donnell, “El mosaico de la misericordia”

“Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor” (Lc 2,22-23).

  • La fuente ofrece el agua, la tierra entrega su hondura, el árbol regala su fruto. ¿Qué da el ser humano?
  • María presenta lo nuevo. Ofrece en gratuidad a Jesús, como luz y salvación. Sólo quien aprende a regalar, siente en su interior la fuente escondida de la que brota todo don.
  • El silencio de Dios es el fenómeno más fuerte de Occidente. Presentar a Dios es el mayor servicio al mundo de hoy. “La nueva evangelización, como la de siempre, será eficaz si sabe proclamar desde los tejados lo que ha vivido en la intimidad con el Señor” (Juan Pablo II).

 

    “Ser testigo es crear misterio, es vivir de tal modo que tu vida resulte inexplicable si Dios no existe” (Cardenal Suhard)

En la penumbra de la sacristía de la Santa Cruz de Coimbra, mirando el cuadro de Vasco Fernándes, ella coge mi mano y dice que el don de lenguas no fue más que un simple prodigio. Que el verdadero milagro consistió en que los apóstoles salieron, hablaron al corazón de la gente, y la gente entendió.

RICARDO REIS

Tal vez no es fácil verle. No es tangible ni lo podemos medir. No es paloma ni lengua de fuego, aunque esas imágenes a veces se usen para referirse a El. El Espíritu de Dios está sin dejarse ver, inspira sin imponer, propone sin forzar. Despierta en cada uno de nosotros ilusiones, proyectos, deseos… Nos da energías y nos muestra caminos para avanzar. A veces crees verlo claro, y otras te parece que se oculta. A veces no puedes dudar de su presencia, y otras gritas: “¿Dónde te has metido?” Pero ahí está. Y pone, en la tierra que somos, semilla que puede dar mucho fruto. Aunque a veces no parezca estar creciendo nada.

 

“A cada uno se le otorga el don del espíritu para el bien común”( 1 Cor 12,7)

Unión, reconciliación, comunicación, comunión… Hay muchas palabras que hablan de esa unidad entre las personas, entre las historias, entre los pueblos. Y es tan necesaria… porque hay muchos motivos para la discordia, para la distancia y para la ruptura. Rencores viejos, diferencias de carácter, episodios enquistados, malentendidos que no llegamos a aclarar… Enséñanos a tender puentes, a enlazar manos, a llenar los silencios vacíos con nuevas palabras de encuentro y fraternidad.

 

“El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15,13)

Es sorpredente la capacidad del ser humano para levantarse, una y otra vez. Admiro eso en tantas personas, capaces de luchar cuando uno pensaría que ya todo está perdido. Para esperar contra toda esperanza, para seguir creyendo, y amando, y sonriendo. Esa humanidad nuestra tiene que estar muy llena de ti, un Espíritu de Vida. Tú haces que en la oscuridad uno pueda seguir creyendo en la luz –aun si por un rato falta; que en la adversidad uno pueda alzarse, erguir la cabeza, enjuagar sus lágrimas y continuar el camino. Tú nos haces fuertes.

El relato de Hechos de los Apóstoles comienza diciendo: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar». De estas palabras deducimos que Pentecostés preexistía… a Pentecostés. En otras palabras: había ya una fiesta de Pentecostés en el judaísmo y fue durante tal fiesta que descendió el Espíritu Santo. No se entiende el Pentecostés cristiano sin tener en cuenta el Pentecostés judío que lo preparó. En el Antiguo Testamento ha habido dos interpretaciones de la fiesta de Pentecostés. Al principio era la fiesta de las siete semanas, la fiesta de la cosecha, cuando se ofrecía a Dios la primicia del trigo; pero sucesivamente, y ciertamente en tiempos de Jesús, la fiesta se había enriquecido de un nuevo significado: era la fiesta de la entrega de la ley en el monte Sinaí y de la alianza.

Si el Espíritu Santo viene sobre la Iglesia precisamente el día en que en Israel se celebraba la fiesta de la ley y de la alianza es para indicar que el Espíritu Santo es la ley nueva, la ley espiritual que sella la nueva y eterna alianza. Una ley escrita ya no sobre tablas de piedra, sino en tablas de carne, que son los corazones de los hombres. Estas consideraciones suscitan de inmediato un interrogante: ¿vivimos bajo la antigua ley o bajo la ley nueva? ¿Cumplimos nuestros deberes religiosos por constricción, por temor y por acostumbramiento, o en cambio por convicción íntima y casi por atracción? ¿Sentimos a Dios como padre o como patrón?

El secreto para experimentar aquello que Juan XXIII llamaba «un nuevo Pentecostés» se llama oración. ¡Es ahí donde se prende la «chispa» que enciende el motor! Jesús ha prometido que el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan (Lc 11, 13). Entonces, ¡pedir! La liturgia de Pentecostés nos ofrece magníficas expresiones para hacerlo: «Ven, Espíritu Santo… Ven, Padre de los pobres; ven, dador de los dones; ven, luz de los corazones. En el esfuerzo, descanso; refugio en las horas de fuego; consuelo en el llanto. ¡Ven Espíritu Santo!».

   Tres adolescentes subieron a un autobús que hacía un largo recorrido desde Nueva Jersey al sur, hasta Florida. Entre los pasajeros había un hombre pobremente vestido, sentado en un rincón, solo y en silencio. En la primera parada bajaron todos para estirar las piernas, todos menos aquel hombre. Cuando volvieron a subir, uno de los tres muchachos le dirigió amablemente algunas palabras, a las que respondió sonriendo tímidamente.

   En la siguiente parada, mientras todos bajabn de nuevo, uno de los muchachos, al ver que aquel hombre seguía allí sentado, le dijo: “Baje usted también a dar una vuelta con nosotros y así estira las piernas”. El hombre aceptó la invitación, y los tres lo invitaron a tomar algo juntos. “Nosotros vamos a Florida para disfrutar del sol de este fin de semana. Nos han dicho que aquello es muy bonito”.

“Sí”, confirmó el hombre. “Florida es bonita”.

“¿Usted ha estado allí?”.

“¡Oh! sí, hace tiempo vivía allí”.

“¿Aún tiene su casa y su familia en Florida?”.

El hombre titubeo: “Bueno… no estoy seguro”, respondió finalmente.

“¿Cómo es que no lo sabe?”, insistió el muchacho.

   Vencido por su cordialidad y franqueza, el hombre contó a los tres su situación:

“Hace muchos años fui condenado a un largo período de detención en una cárcel federal. Tenía una hermosa mujer y dos niños maravillosos. Le dije: “Cariño, no me escribas. Tampoco yo te escribiré. No quiero que nuestros hijos sepan que su padre está en prisión. Si quieres pide el divorcio y encuéntrate otro marido… una persona que sea también un buen padre para ellos”. Ignoro si mi mujer lo ha hecho. Yo mantuve el propósito y durante estos años no le escribí nunca. Sólo la semana pasada, cuando tuve la certeza de que me dejarían en libertad, le envié una carta a nuestra vieja dirección en Jacksonville. “Si todavía vives aquí y recibes esta carta -le dije- si no has encontrado a otro y si crees que es posible que vuelva contigo, házmelo saber de la forma que te explicaré a continuación. Subiré al autobus que atraviesa toda la ciudad, y tú, para decirme que sí, toma una tela blanca y cuélgala del viejo roble que está al lado del final del trayecto”.

   Cuando el autobús se encontraba a pocos kilometros de Jacksonville, los tres muchachos fueron a sentarse al lado del hombre, con la cara pegada a la ventanilla. EL roble se encontraba aún donde éste había dicho. Los tres se pusieron de pie con un grito de alegría, abrazándose y bailando en medio del pasillo. “¡Mire!”, le decían. “¡Mire usted también!”.

   En el árbol estaba colgada no sólo una tela blanca, sino toda una colada del mismo color que lo cubría por entero. El milagro se había realizado. El bien había triunfado sobre el mal. La misericordia había conseguido suplantar al rencor. La promesa había sido mantenida.

 

De la misma forma Dios responde a nuestra vida: olvidando el pasado y cancelando las páginas negras que podamos haber escrito día tras día. Como el padre del hijo pródigo. Él está siempre dispuesto a la renovación, a la paz, a la comunión. Hay una sola condición: abandonarse confiados al encuentro con Él y con los demás. Su fidelidad debe ser, para todos nosotros, una invitación y un estímulo. Con el sol que se levanta, nuestra mirada se ilumina nuevamente, y toda nuestra vida vuelve a cobrar vigor. Y la esperanza se transforma en realidad. Una realidad sin ocaso.

El 14 de octubre del año pasado echó a andar este blog que nombré como Creer para ver. Han pasado ya algo más de siete meses y continúo con la misma ilusión que el primer día, para seguir llenándolo de palabras e imágenes. Como sabréis este no es un blog personal o intimista, donde se escriben de puño y tecla experiencias personales (Los hay maravilosos, ¿verdad?) Es más bien una ”revista” -por tratar de definirlo- donde edito aquello que me ayuda a ahondar en mi relación con Dios y con la Iglesia de la que formó parte.

 

 

Me alegra saber que en la actualidad ya hemos (todos los que pasais por aquí) recibido más de 15.000 visitas. Fortuitamente o  a próposito, habéis entrado aquí. Algunos habrán pasado de largo, unos habran repetido más de una vez y otros sé que lo haceis a menudo. A los que dejaís un comentario, por pequeño que sea, doblemente gracias. Porque nos enriquecéis con vuestras líneas de cariño y hondura personal. A tí, que dejas aquí la huella de tu alma, GRACIAS. A todos los que leéis Creer para ver, por pararos un rato en este rincón humilde de la red, GRACIAS. De corazón.

Y como regalo os invito a saborear esta Palabra. Quizás descubráis más el sentido del título de este blog: CREER PARA VER. [Pinchad abajo]

Un gran abrazo de Paz.

Víctor MB.

 

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Nadie dijo que fuera fácil. Jesús nos seduce, y nos provoca, nos instala y nos desinstala, nos llena de calma y nos mete de lleno en la tormenta. También el Resucitado aparece de modo enigmático. No se le reconoce, y cuando se le reconoce, se vuelve a ir. Te enciende por dentro, y luego no aparece, se le adivina en algunos momentos y se le añora en otros. Y quizás esa tensión es lo más necesario para mantenernos vivos tras sus huellas.

 Así me siento a veces, Señor. Asombrado por la lógica de tu evangelio, pero poco incapaz para aplicarla. Deseoso de amar sin límites, pero sin saber muy bien cómo salir de mi amor pequeño. Sobrecogido por la verdad que se adivina en las bienaventuranzas, pero al tiempo seducido por esas otras promesas de este mundo. Así me vivo, Señor, tratando de entenderte desde las entrañas y el corazón, de respirar al ritmo de tu latido en las vidas. Queriendo reconocerte en el día a día. Y, reconociéndote, amarte y seguirte.

Así vivo el evangelio. En ocasiones me llena de coraje, de impulso, de energía. Entonces parece que no hay obstáculo grande. Cada proyecto parece asequible. Y siento que, contigo, todo lo puedo. Gritar tu nombre, luchar por tu Reino, amar al prójimo, gastar la vida… y otras veces me asusta todo eso.
Me da miedo el silencio, la soledad, el fracaso, el rechazo, la pobreza o el dolor.
Me asusta buscarte y no encontrarte. Me aterra perderte. Y así me vivo, Señor, dando pasos, a veces vacilante, otras seguro. Queriendo seguir tu camino. Y, encontrándote, sentirme en casa.

Hay ocasiones en que te siento fuerte en mí. Otras en que no me siento capaz de nada.
Días en que Tú eres mi fortaleza, mi baluarte, mi roca, mi seguridad, mi resurrección; otras en que eres mi grito, mi llanto, mi cruz y mi herida. Y otras en que ni te siento. Hay días en que creo que mis brazos pueden ser refugio y casa para acoger a quien se sienta hambriento de prójimo. Y otras en que esos brazos míos ni se levantan para pedir ayuda.

   En el Evangelio Jesús habla del Espíritu Santo a los discípulos con el término «Paráclito», que significa consolador, o defensor, o las dos cosas a la vez. En el Antiguo Testamento, Dios es el gran consolador de su pueblo. Este «Dios de la consolación» se ha «encarnado» en Jesucristo. El Espíritu Santo, siendo aquel que continúa la obra de Cristo y que lleva a cumplimento las obras comunes de la Trinidad, no podía dejar de definirse, también Él, Consolador, «el Consolador que estará con vosotros para siempre», como le define Jesús. La Iglesia entera, después de la Pascua, tuvo una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor, aliado, en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos, en la vida de cada día. En Hechos de los Apóstoles leemos: «La Iglesia se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación (¡paráclesis!) del Espíritu Santo» (9,31).Debemos ahora sacar de ello una consecuencia práctica para la vida. ¡Tenemos que convertirnos nosotros mismos en paráclitos! Si bien es cierto el cristiano debe ser «otro Cristo», es igualmente cierto que debe ser «otro Paráclito». El Espíritu Santo no sólo nos consuela, sino que nos hace capaces de consolar a los demás. La consolación verdadera viene de Dios, que es el «Padre de toda consolación». Viene sobre quien está en la aflicción; pero no se detiene en él; su objetivo último se alcanza cuando quien ha experimentado la consolación se sirve de ella para consolar a su vez al prójimo, con la misma consolación con la que él ha sido consolado por Dios. No se conforma con repetir estériles palabras de circunstancia que dejan las cosas igual («¡Ánimo, no te desalientes; verás que todo sale bien!»), sino transmitiendo el auténtico «consuelo que dan las Escrituras», capaz de «mantener viva nuestra esperanza» (Rm 15,4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, en clima de oración, son capaces de obrar a la cabecera de un enfermo.

¡Es Dios quien está consolando a esa persona a través de ti!

En cierto sentido, el Espíritu Santo nos necesita para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero no tiene boca, manos, ojos para «dar cuerpo» a su consuelo. O mejor, tiene nuestras manos, nuestros ojos, nuestra boca. La frase del Apóstol a los cristianos de Tesalónica: «Confortaos mutuamente» (1Ts 5,11), literalmente se debería traducir: «sed paráclitos los unos de los otros». Si la consolación que recibimos del Espíritu no pasa de nosotros a los demás, si queremos retenerla egoístamente para nosotros, pronto se corrompe. De ahí el porqué de una bella oración atribuida a San Francisco de Asís, que dice: «Que no busque tanto ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar…».

A la luz de lo que he dicho, no es difícil descubrir que existen hoy, a nuestro alrededor, paráclitos. Son aquellos que se inclinan sobre los enfermos terminales, sobre los enfermos de Sida, quienes se preocupan de aliviar la soledad de los ancianos, los voluntarios que dedican su tiempo a las visitas en los hospitales. Los que se dedican a los niños víctimas de abuso de todo tipo, dentro y fuera de casa.

A menudo necesito, Señor, un faro, una guía, algo o alguien que me recuerde dónde habitas, cómo hablas, cómo amas. Necesito tu luz en mis sombras. Tu palabra en mis silencios. Tu plenitud en mis vacíos y tu fortaleza en mi miedo. Necesito tus ojos para verme reflejado en ellos (y verme bueno). Tus manos que acaricien mis tormentas. Tu vida que venza mis pequeñas muertes. Necesito tu luz en mi vida, Señor…

A veces me veo así. Caminando inseguro. En esos días en que parece que pierdo suelo firme, y me quedo un poco a la intemperie. Cuando muerde un poco más la soledad, o la inseguridad, o parece que las heridas que uno lleva escuecen más de la cuenta. Cuando mis días parecen estériles. En esas ocasiones la duda lo tiñe todo, y no consigo vencer a mis fantasmas. Entonces me pesa el trabajo, o los estudios, o las relaciones; los proyectos en los que se baten mis jornadas me parecen más grises; tú parece que callas, y llamo: “¿Dónde estás?”

Y sin embargo, sé que estás ahí. Estás ahí mirándome con cariño. Hablándome con paciencia. Abrazándome con ternura, aunque a veces ni me dé cuenta. Estás ahí invitándome, una vez más, a sonreír por dentro y por fuera, porque la vida puede ser hermosa, (y hay que hacerla hermosa para todos). Estás, y te me asomas en los rostros de mi vida; en el cansancio de quien me pide ayuda; en la cercanía de mi amigo; en la tristeza de quien necesita mi alegría; en la canción que libera un vendaval de pasión en mi interior; en la oración tranquila; en la tormenta que sólo se vence con coraje. Estás, abriendo sepulcros y mostrando caminos.

Aquí, en este País de libertad, quiero proclamar con fuerza que la Palabra de Cristo no elimina nuestras aspiraciones a una vida plena y libre, sino que nos descubre nuestra verdadera dignidad de hijos de Dios y nos alienta a luchar contra todo aquello que nos esclaviza, empezando por nuestro propio egoísmo y caprichos. Al mismo tiempo, nos anima a manifestar nuestra fe a través de nuestra vida de caridad y a hacer que nuestras comunidades eclesiales sean cada día más acogedoras y fraternas.

Sobre todo a los jóvenes les confío asumir el gran reto que entraña creer en Cristo y lograr que esa fe se manifieste en una cercanía efectiva hacia los pobres. También en una respuesta generosa a las llamadas que Él sigue formulando para dejarlo todo y emprender una vida de total consagración a Dios y a la Iglesia, en la vida sacerdotal o religiosa.

Queridos hermanos y hermanas, les invito a mirar el futuro con esperanza, permitiendo que Jesús entre en sus vidas. Solamente Él es el camino que conduce a la felicidad que no acaba, la verdad que satisface las más nobles expectativas humanas y la vida colmada de gozo para bien de la Iglesia y el mundo. Que Dios les bendiga.

Homilía de Benedicto XVI, Misa en el Yankee Stadium, Bronx, Nueva York
V Domingo de Pascua, 20 de abril de 2008

Algunos fragmentos de los mensajes del Papa Benedicto XVI en su Viaje Apostólico a Estados Unidos:

 La Iglesia desea contribuir a la construcción de un mundo cada vez más digno de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Está convencida de que la fe proyecta una luz nueva sobre todas las cosas, y que el Evangelio revela la noble vocación y el destino sublime de todo hombre y mujer. La fe, además, nos ofrece la fuerza para responder a nuestra alta vocación y la esperanza que nos lleva a trabajar por una sociedad cada vez más justa y fraterna. Como vuestros Padres fundadores bien sabían, la democracia sólo puede florecer cuando los líderes políticos, y los que ellos representan, son guiados por la verdad y aplican la sabiduría, que nace de firmes principios morales, a las decisiones que conciernen la vida y el futuro de la Nación.

 (Ceremonia de bienvenida en Washington D.C., 16 de abril)
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El secularismo obliga a la Iglesia a reafirmar y perseguir todavía más activamente su misión en y hacia el mundo. Como ha puesto de manifiesto el Concilio, los laicos tienen una misión particular en este ámbito. Estoy convencido de que lo que necesitamos es un mayor sentido de la relación intrínseca entre el Evangelio y la ley natural por una parte y, por otra, la consecución del auténtico bien humano, como se encarna en la ley civil y en las decisiones morales personales. En una sociedad que tiene justamente en alta consideración la libertad personal, la Iglesia debe promover en todos los ámbitos de su enseñanza —en la catequesis, la predicación, la formación en los seminarios y universidades— una apología encaminada a afirmar la verdad de la revelación cristiana, la armonía entre fe y razón, y una sana comprensión de la libertad, considerada en términos positivos como liberación tanto de las limitaciones del pecado como para una vida auténtica y plena. En una palabra, el Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales. La “dictadura del relativismo”, al fin y al cabo, no es más que una amenaza a la libertad humana, la cual madura sólo en la generosidad y en la fidelidad a la verdad.

… … …

La fe no puede sobrevivir si no se alimenta, si no es “activa en la práctica del amor” (Ga 5,6). ¿La gente tiene hoy dificultad para encontrar a Dios en nuestras iglesias? ¿Quizás nuestra predicación se ha vuelto sosa? ¿No será que todo esto se debe a que muchos han olvidado, o no aprendieron nunca, cómo rezar en y con la Iglesia?

No hablo aquí de las personas que dejan la Iglesia en busca de “experiencias” religiosas subjetivas; éste es un tema pastoral que se ha de afrontar en sus propios términos. Pienso que estamos hablando de personas que han perdido el camino sin haber rechazado conscientemente la fe en Cristo, pero que, por una u otra razón, no han recibido fuerza vital de la liturgia, de los Sacramentos, de la predicación. Y, sin embargo, la fe cristiana es esencialmente eclesial, como sabemos, y sin un vínculo vivo con la comunidad, la fe del individuo nunca crecerá hasta la madurez.

(Encuentro con los obispos, 16 de abril) 

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El mundo necesita el testimonio. ¿Quién puede negar que el momento actual sea decisivo no sólo para la Iglesia en América, sino también para la sociedad en su conjunto? Es un tiempo lleno de grandes promesas, pues vemos cómo la familia humana se acomuna de diversos modos, haciéndose cada vez más interdependiente. Al mismo tiempo, sin embargo, percibimos signos evidentes de un quebrantamiento preocupante de los fundamentos mismos de la sociedad: signos de alienación, ira y contraposición en muchos contemporáneos nuestros; aumento de la violencia, debilitamiento del sentido moral, vulgaridad en las relaciones sociales y creciente olvido de Cristo y de Dios. También la Iglesia ve signos de grandes promesas en sus numerosas parroquias sólidas y en los movimientos vivaces, en el entusiasmo por la fe demostrada por muchos jóvenes, en el número de los que cada año abrazan la fe católica y en un interés cada vez más grande por la oración y por la catequesis. Pero, al mismo tiempo, percibe a menudo con dolor que hay división y contrastes en su seno, descubriendo también el hecho desconcertante de que tantos bautizados, en lugar de actuar como fermento espiritual en el mundo, se inclinan a adoptar actitudes contrarias a la verdad del Evangelio.

(Homilia de la Misa en el National Stadium de Washington, 17 de abril) 

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Las Naciones Unidas siguen siendo un lugar privilegiado en el que la Iglesia está comprometida a llevar su propia experiencia “en humanidad”, desarrollada a lo largo de los siglos entre pueblos de toda raza y cultura, y a ponerla a disposición de todos los miembros de la comunidad internacional. Esta experiencia y actividad, orientadas a obtener la libertad para todo creyente, intentan aumentar también la protección que se ofrece a los derechos de la persona. Dichos derechos están basados y plasmados en la naturaleza trascendente de la persona, que permite a hombres y mujeres recorrer su camino de fe y su búsqueda de Dios en este mundo. El reconocimiento de esta dimensión debe ser reforzado si queremos fomentar la esperanza de la humanidad en un mundo mejor, y crear condiciones propicias para la paz, el desarrollo, la cooperación y la garantía de los derechos de las generaciones futuras.

(A la Asamblea general de las Naciones Unidas, 18 de abril)

 

En el tiempo de Pascua celebramos la resurrección de Jesús pero hacemos también memoria gozosa de los primeros tiempos de la comunidad cristiana. No fueron fáciles pero son el modelo sobre el que la Iglesia se ha mirado siempre y debe seguir mirándose hoy.
Aquella primera comunidad comenzó caminando un poco a ciegas. Todo era nuevo. No había respuestas preparadas. Los desafíos eran constantes. Los problemas muchos. En los Hechos de los Apóstoles se repite a menudo veces que les guiaba el Espíritu. Es verdad. Pero la presencia del Espíritu no significa que aquellos pioneros de la fe no se vieran obligados a enfrentarse a los problemas que iban surgiendo, a lidiar con ellos y a buscar soluciones creativas que estuviesen de acuerdo con lo que habían aprendido de Jesús.

La primera lectura de este domingo muestra una situación concreta de conflicto: las viudas de los discípulos de lengua griega no se sentían atendidas como las de lengua hebrea, punta del iceberg de un conflicto mayor entre los judaizantes y los griegos. Una situación de auténtica crisis comunitaria. Y la propuesta de una solución: la creación de los diáconos, un ministerio en la comunidad. Los diáconos se encargarían de la administración y distribución de los bienes de la comunidad entre los necesitados.
Al diálogo y la propuesta de una solución práctica, sigue la oración y la imposición de manos. Todo lleva su orden. Así avanza la comunidad. Así se va haciendo Iglesia. Así ha llegado el Evangelio hasta nosotros, hecho experiencia viva en las vidas de los creyentes.

Durante sus veinte siglos de historia la comunidad cristiana se ha ido encontrando con problemas, desafíos, conflictos internos y externos… Es normal. Pero hay un elemento crucial, una razón que explica que haya seguido viva, un punto de unión entre los creyentes que impulsa la unidad y facilita el diálogo: la memoria de Jesús. Expresado en los términos del Evangelio de este domingo: Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús ha sido el Camino, la Verdad y la Vida de la comunidad cristiana y de cada uno de los creyentes. 
Las miradas de los creyentes confluyen en ese único punto y en él encuentran la fuerza y la motivación para seguir caminando y hacer realidad aquí y ahora el reino que predicó Jesús, para predicar y vivir la buena nueva de la reconciliación. Que Jesús sea el Camino no significa que no haya que dar cada uno de los pasos. Pero él es el guía que nos orienta.

A lo largo de la historia de la Iglesia ha habido muchos creyentes, hombres y mujeres, laicos y ministros ordenados, que, desde su fe en Jesús, Camino, Verdad y Vida, han dado respuesta a los desafíos, problemas y conflictos que se iba encontrando la comunidad. En diálogo, no siempre fácil, con el resto de la comunidad. De algunos han quedado sus nombres. Son, por ejemplo, los grandes fundadores de órdenes y congregaciones religiosas. Otros han quedado en el anonimato y sus obras han sido más pasajeras aunque no menos valiosas en su momento. Todos han hecho realidad el Evangelio, lo han llevado a vida diaria. 
Hoy, porque seguimos vivos, seguimos encontrando nuevos desafíos y problemas, nuevos conflictos. El Evangelio nos sigue invitando a dar respuestas concretas, a no quedarnos en la teoría. En la oración, la reflexión, el diálogo y el discernimiento comunitario será como iremos descubriendo las respuestas y las soluciones que nos vayan indicando el camino concreto a seguir. Siempre con la Palabra en el centro, como criterio último y definitivo.

En la comunidad cristiana los creyentes no deben tener miedo a los problemas. Y menos a las soluciones creativas que nos ayuden a dar respuestas concretas en el aquí y ahora de nuestro mundo. Igual que los apóstoles crearon el ministerio del diaconado para servir a los pobres, crearemos otros ministerios y servicios para dar respuesta a las necesidades que encontremos en el camino. 
La comunidad cristiana es una comunidad siempre en diálogo, siempre en búsqueda, siempre al servicio de la construcción del Reino, siempre teniendo a Jesús como Camino, Verdad y Vida. Como dice la segunda lectura: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa”.

 LECTURAS DEL V DOMINGO DE PASCUA (pulse abajo)

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 Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. Es tan distinto saber de Dios como una rutina, una doctrina o una teoría… y saber de Dios como una presencia real que ha tocado mi vida. Es la diferencia entre leer una partitura y escuchar la música, entre leer un ensayo sobre el afecto o dar un abrazo a la persona amada. A Dios estamos llamados a conocerlo como presencia, a descubrirlo cerca. No como una teoría o una leyenda, no como un mito ni como un cuento. Dios presente, vivo en ti y en mí, en sus criaturas, susurrándonos palabras de Evangelio, de Reino, de Vida….

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El Evangelio de este II Donmigo de Pascua no es un relato pascual más. No se trata sólo de contarnos cómo Jesús se apareció, después de muerto, a los discípulos de diversas maneras. El Evangelio de hoy nos muestra una forma diferente de encontrarnos con Jesús resucitado, de llegar a sentir la esperanza y la vida nueva que su Resurrección representa para nosotros. 
Tomás es el personaje que nos permite conocer ese camino nuevo, que marca las pistas para seguirlo. Es precisamente la incredulidad de Tomás la que nos permite descubrir ese camino nuevo y diverso, con una luz diferente. Es un camino que nos permite descubrir el verdadero ser de Dios, manifestado en Jesús de Nazaret. Es un camino que nos saca de las veredas habituales y rutinarias para deslumbrarnos con otra posibilidad de vivir, con otro estilo de vida. Al modo de Dios.
Las palabras de Tomás –“Si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en el costado, no creo”– le dan pie a Jesús en el Evangelio para lanzarnos un desafío:  “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado”. Es el Resucitado el que habla así. Pero se refiere a su cuerpo dolorido, torturado, sangrante. Se refiere a sus heridas abiertas. Una vez más la cruz y el sufrimiento se cruzan en el camino del cristiano que lleva a la resurrección. Jesús Resucitado se manifiesta precisamente al meter la mano en las heridas del Jesús muerto, del Jesús que ha recogido en su cuerpo torturado todo el dolor del mundo y de la historia, de aquellos a los que les ha tocado siempre la peor parte de esta historia nuestra.

pobreza-b.jpgQuizá éste sea el mensaje central del Evangelio de este segundo domingo de Pascua. Al Jesús Resucitado no le encontramos en la paz de las iglesias. Hay que salir a lo hondo de este mundo. Hay que meter la mano en las heridas de la historia. Hay que acercarse a los que les ha tocado la peor parte, a los pobres, a los marginados de todo tipo, a los que sufren por cualquier razón. Ahí, tocando la cruz, controlando el asco que podemos sentir, es como nos encontramos con el Señor Resucitado, con el Jesús al que el Padre ha devuelto la vida. Llegándonos a los lugares más oscuros de la historia, donde el pecado, el dolor y la muerte están demasiado presentes, dondrre no cabe la esperanza, es como encontraremos al que es la fuente de toda esperanza, al que nos hace mirar más allá de la muerte, con una perspectiva que no es la de los hombres sino la perspectiva de Dios.
Tocando las heridas de nuestros hermanos y hermanas, será como podremos escuchar de los labios del mismo Jesús la palabra que sanará nuestro corazón: “Paz a vosotros”. En medio del dolor de nuestros hermanos, asumido como nuestro, podremos escuchar la palabra de Pedro en la segunda lectura. Sabremos que hemos nacido de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible y
nos sentiremos capaces de vivir con alegría aunque nos toque sufrir en pruebas diversas.

Sintiendo a todos los hombres y mujeres como hermanos y hermanas en el corazón, seremos capaces de recrear aquella comunidad primera en la que todos vivían unidos y lo tenían todo en común. Como nos decía la Gaudium et Spes en su primer párrafo: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.” Y ahí precisamente es donde experimentamos a Jesús Resucitado y escuchamos una vez más su voz, que nos llena de esperanza: “Paz a vosotros”.

Fernando Torres CMF

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La Pascua 2008 en el Vaticano será recordada por un hecho extraordinario y de indudable valor simbólico. En la madre de todas las Vigilias, Benedicto XVI bautizó al periodista de origen egipcio, convertido del Islam, Magdi Allam, adjunto al director de Il Corriere della Sera, el diario de mayor tirada en Italia

No era fácil dar la noticia, pues no sólo se ponía en peligro la seguridad del escritor, de 55 años, sino de la misma celebración. Sólo poco antes de que comenzara en la noche la celebración en la que los cristianos reviven la resurrección de Jesús, el padre Federico Lombardi, director de la Oficina de Información de la Santa Sede, distribuía una nota en la que anunciaba el Bautismo de Allam, junto a otras siete personas procedentes de Italia, Camerún, China, Estados Unidos, y Perú.

Como es sabido, en el Islam la apostasía se castiga con la pena de muerte. Pero Allam ya ha sido condenado a muerte desde hace años por sus escritos. Se han emitido fatwas denunciando que, como musulmán, se había convertido en enemigo del Islam. Vive en Italia desde hace 35 años, adonde vino para realizar sus estudios universitarios, y desde hace un lustro se ve obligado a moverse con protección policial.

dd4e03e5-f20f-8c66-aefe7e1408f6c88f.jpgEl padre Lombardi, al explicar los motivos del Bautismo, aclaró que, «para la Iglesia católica, toda persona que recibe el Bautismo, tras una profunda búsqueda personal, una decisión plenamente libre y una adecuada preparación, tiene el derecho a recibirlo. Magdi Allam, que ha asumido el nombre de Cristiano, ha explicado en una carta los motivos de su conversión. Revela los nombres de algunos amigos que le han acercado a la fe cristiana, pero quien ha tenido el papel decisivo ha sido Benedicto XVI, «a quien he admirado y defendido como musulmán por su maestría para plantear el lazo indisoluble entre fe y razón como fundamento de la auténtica religión y de la civilización humana, al que me adhiero plenamente como cristiano para inspirarme con nueva luz en el cumplimiento de la misión que Dios me ha reservado».

En su homilía, el Papa explicó que la conversión no es sólo la decisión de un día, sino una actitud de fondo que debe realizarse diariamente. La conversión -aclaró- consiste en «dirigir nuestra alma hacia Jesucristo y, de ese modo, hacia el Dios viviente, hacia la luz verdadera».

Paolo Mieli, director de Il Corriere della Sera, ha preguntado a Allam si no tiene miedo de ser asesinado tras  este gesto que fue transmitido por canales de televisión de los cinco continentes. El periodista responde:
«Sé lo que me espera, pero afrontaré mi suerte con la cabeza alzada, con la solidez interior de quien tiene la certeza de su propia fe. Y lo haré aún más tras el gesto histórico y valiente del Papa que, desde el primer instante en el que ha tenido noticia de mi deseo, ha aceptado inmediatamente impartirme personalmente los sacramentos de iniciación al cristianismo. Su Santidad ha lanzado un mensaje explícito y revolucionario a una Iglesia que hasta ahora ha sido demasiado prudente con la conversión de los musulmanes, absteniéndose de hacer proselitismo en los países de mayoría islámica y callando ante la realidad de los convertidos en los países cristianos. Por miedo. Por miedo de no poder tutelar a los convertidos ante su condena a muerte por apostasía y ante el miedo de las represalias sobre los cristianos residentes en los países islámicos. Pues bien, hoy Benedicto XVI, con su testimonio, nos dice que hay que vencer el miedo y no tener temor al afirmar la verdad de Jesús, también con los musulmanes».

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El angel que se apareció a las mujeres, la mañana de Pascua, les dijo: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” 

 ¡Ha resucitado, está vivo! La resurrección de Cristo es, para el universo del espíritu, lo que fue, según una teoría reciente, para el universo físico la “gran explosión”, el Big-bang, inicial, cuando un “átomo” de materia se trasformó en energía, poniendo en marcha todo el movimiento de expansión del universo que continúa después de billones de años.

En efecto, todo cuanto existe y se mueve dentro de la Iglesia – sacramentos, palabras, instituciones – saca su fuerza de la resurrección de Cristo. Es el nuevo fiat lux, ¡hágase la luz!, dicho por Dios. Tomas tocó con el dedo esta fuente de toda energía espiritual, que es el cuerpo de Resucitado, y recibió de ella tal “sacudida que al instante desaparecieron sus dudas y exclamó lleno de certeza: “¡Señor mío y Dios mío!. El propio Jesús, en aquella circunstancia, dijo a Tomas que hay un modo más dichoso de tocarlo, que es la fe: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Por tanto, el dedo con el que también nosotros podemos tocar al Resucitado es la fe.

Hermano o hermana, ¡Cristo ha resucitado! ¡Cree para ver!

 

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Hermanas y hermanos cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad: que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha muerto y resucitado por todos: ¡Él es nuestra esperanza! Esperanza verdadera para cada ser humano.

Hoy, como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al Padre, Jesús resucitado nos envía también a todas partes como testigos de su esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a la humanidad, también en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla al profeta: Él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los débiles y proclama la libertad a los esclavos, quien consuela a todos los afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en lugar de un corazón triste.

Si nos acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con Él una relación vital en una auténtica comunión de amor, que colme de su mismo amor nuestra existencia y nuestras relaciones interpersonales y sociales. Para esto la humanidad necesita a Cristo: en Él, nuestra esperanza, “fuimos salvados”.

Benedicto XVI,  del Mensaje Urbi et Orbe de Pascua 2008

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Exulten  los coros de los ángeles,

exulten los ministros de Dios
y que suenen las trompetas de victoria
por el triunfo de Jesús nuestro Señor.
 
Que se alegre y se goce esta fiesta,
inundada de tanta claridad,
que se sienta libre de la oscuridad,
porque las tinieblas El venció. 
 

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Lo descolgó, lo envolvió en una sábana y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca…” (Lc 23,53)
El espacio del silencio y de la espera. En el que parece que nada ocurre, (pero algo está germinando). El lugar del cansancio y cierta rendición. De una quietud callada. Hay muchos espacios en nuestro mundo que se asemejan a este. Muchos lugares donde parece que se palpa la derrota… Pues bien, ese sepulcro en el que yace la Vida a punto de estallar, en el que la Palabra espera para volver a ser proclamada con estruendo, es hoy icono de esperanza para todas esas realidades vencidas y atravesadas, que siguen esperando que se haga la luz.
Señor, enséñame a esperar. A creer en las promesas, en tus promesas. Enséñame a sentir que, aunque no lo vea, la losa que cubre tantas realidades está a punto de romperse. Dame fe, Señor.